En mi época del colegio, durante los veranos, iba a bucear con snorkel en la punta entre las playas Brasilito y Conchal, en Guanacaste. Había que subir el cerro desde Brasilito y bajar al otro lado para entrar a los puntos de buceo por Conchal. Yo pasaba el cerro descalzo. Una vez, por descuido al pisar sobre hojas y ramas secas, se me clavó una espina en la planta del pie, justo bajo el hueso del talón. Me dolió hasta el tuétano. Se me clavó entera y no me la pude sacar. Por muchos días me dolió al caminar. Tenía que pisar solo con la parte anterior de la planta del pie para evitar un poco el dolor. Como no le llegaba a la espina con pinzas, pensé en cortarme para abrir la piel. No quería irme de Brasilito, un pueblito de pescadores, a buscar clínica. Pero me dio miedo hacerme una lesión peor y causarme una infección. Ahí dejé la espina.

Poco a poco el dolor agudo disminuyó hasta convertirse en molestia. Noté que un tejido duro y grueso, como una cápsula, se formaba alrededor de la espina. Después de un tiempo, ésta ya me dolía sólo si la presionaba por descuido, aunque veces la presionaba adrede y los nervios de un latigazo me informaban que ahí seguía.

La capsulita de tejido se engrosó, endureció y secó. Un día, de tan seco que estaba, el tejido muerto se abrió, despellejándome, y mi pie expulsó la espinita. La había cargado por tanto tiempo conmigo que la extrañé por varios días. Pero empecé a caminar bien y me olvidé de ella.

Cuando un desamor se te clava como una espina en el corazón, no lo podés sanar arrancándote la espina a la fuerza, de un jalón. Mucho menos podés sacártela con un cuchillo que te lo desgarre más. Tenés que dejar a la espina quieta: que el corazón mismo la encapsule y la expulse. Demora el proceso. Mucho. Mucho, mucho. Pero algún día sale.

De lo contrario, si forzás el jalonazo o aplicá el cuchillazo, te sucederá lo que al poeta Antonio Machado en sus Soledades:

“En el corazón tenía

la espina de una pasión;

logré arrancármela un día:

ya no siento el corazón”.

Hasta los atardeceres, ya sea en una playa guanacasteca o en un campo castellano, se volverán tristes para vos:

La tarde más se oscurece;

y el camino que serpea

y débilmente blanquea,

se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:

“Aguda espina dorada,

quién te pudiera sentir

en el corazón clavada”.

Dale tiempo al corazón para que solito bote a la espina. Si te la sacás a la fuerza, la extrañarás con un tajo abierto en el pecho.

© 2018, Daniel Campos. All rights reserved.

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Daniel Campos Badilla reparte su tiempo entre Brooklyn, Nueva York, y su natal San José, Costa Rica. Ha vivido también en Brasil. Es filósofo y profesor en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Publica crónicas urbanas semanales en ViceVersa Magazine (Nueva York). Su libro Loving Immigrants in America (Lexington Books, 2017) narra y reflexiona sobre sus vivencias como inmigrante latinoamericano. Ha publicado ensayos en La Nación y Semanario Universidad (Costa Rica). Sus textos exploran el encuentro y enriquecimiento mutuo entre literatura, filosofía y vida cotidiana. Twitter: @Daniel_G_Campos
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