La dictadura de Google o del fin de las palabras

Se cuenta que, durante los años más arduos de las purgas estalinistas en la Unión Soviética, la poeta Anna Ajmátova decidió quemar sus versos tras memorizarlos para que nadie pudiera encontrarlos. Después, los transmitió a la memoria de sus amigas para que estas los preservaran en el tiempo.

     Ajmátova tomó esta decisión cuando se enteró de que el mismo Stalin era uno de sus más fieles lectores. Saber que el hombre al que más temía, ese que podía ordenar su detención y su muerte en cualquier momento, conocía de primera mano sus ideas y sentimientos, le causaba un profundo terror.

     Para Ajmátova, las palabras eran el puente a su interior. Comprendía que la existencia está hecha de palabras, de ese código que con el paso de los siglos los seres humanos han perfeccionado y que hoy se encuentra en peligro.

     Quizá muchos piensen que no es así, quizá otros lo consideren una tontería y sin duda habrá algunos que no observen mayor importancia en este hecho ante un mundo plagado de imágenes.

     La historia señala el inicio de la civilización con la aparición de la escritura. Lo que revela la importancia que hemos dado a las palabras a lo largo de nuestra historia. Pero también en nuestras pequeñas historias. Las palabras siempre han tenido un lugar fundamental: aprender a hablar, leer, escribir, siempre han sido momentos que marcan un antes y un después en la vida.

     Hay otros momentos a los que damos menos relevancia, porque son casi tan imperceptibles como constantes durante la niñez: aprender palabras nuevas a partir del mundo que se expande ante cada nuevo descubrimiento. Y así sucesivamente, hasta que el proceso se ralentiza o, en algunos casos, se detiene.

     ¿Pero por qué están en peligro las palabras?

     En los últimos años, el sistema capitalista actual, acompañado y apoyado en la tecnología, ha decidido que las palabras tengan un límite, ya que no todas son necesarias, mientras que otras, a partir de ciertos intereses, han sido poco a poco transformadas en su significado.

     Es cierto que, en los últimos años, muchos de los que vivimos de las palabras hemos encontrado algún trabajo (comúnmente precario) gracias a las nuevas tecnologías. En general, este tipo de trabajos se te exige tener conocimientos sobre Optimización en Motores de Búsqueda (SEO en sus siglas en inglés), lo que implica una forma de redactar, además de conocer varias herramientas sobre el tema.

     ¿El objetivo? Aparecer en los primeros lugares en los buscadores, particularmente en Google. Empresa que, además, ofrece a las compañías las herramientas para conseguir este objetivo a través de análisis, gráficas y demás. Sin embargo, este objetivo es primario, en realidad todo se resume a un verbo: vender.

     Cualquiera podría decirme que cualquier negocio es libre para hacer lo necesario para subsistir. Pero en el mundo capitalista-liberal, la libertad está condicionada a un previo pago: si pagas serás el primero en el buscador, si no, tendrás que convencer al algoritmo. Algoritmo que cambia cada cierto tiempo, por lo que tienes que volver a empezar, según sus decisiones (o caprichos).

     Lo curioso es que cuando entras en el mundo SEO, donde abundan personas inteligentes, universitarias y, en algunos casos, críticas, no existe ningún tipo de cuestionamiento al respecto. Es como si Google fuera un ente natural ante el cual no podemos hacer otra cosa que resignarnos, como si se tratara de un terremoto o un huracán.

     Y curiosamente Google busca sólo una cosa: nuestras palabras. Porque ellas son el reflejo de lo que somos, de lo que queremos, de lo que deseamos. Esas que tanto denostamos a favor de las imágenes. Y lo peor, no tenemos miedo de hacerlo, como lo tuvo Ajmátova frente a Stalin. Quizá no nos lleven a un gulag, pero sí seguiremos alimentando un sistema de control al más puro estilo de Huxley: somos tan felices en prisión, que no necesitamos rejas.

     En este contexto, las palabras se convierten en mercancía. Es decir, con el tiempo, sólo las palabras que “vendan” serán las más valiosas, por no decir, las únicas que tengan un valor. Y quizá en un futuro no muy lejano las palabras también tendrán un valor mercantil, donde sólo podrán ser utilizadas tras un pago previo. ¿Por qué no? La red hace mucho tiempo que dejó de ser un espacio libre. En estos momentos nuestros datos son la llave para abrir las diferentes puertas de la red de redes. ¿Pero más adelante será suficiente?

     Pero el silencio tampoco es la solución.

     Quizá, antes de que nos ahoguemos en la corriente de las redes sociales, sería un buen momento de volver a los orígenes de la era tecnológica, cuando la red servía para comunicarnos, para informar, para acercarnos a los demás con curiosidad y dejar de lado las apariencias, el ansia de mostrar todo lo que hacemos en la vida diaria, de mostrar una felicidad inexistente, de enviar mensajes de odio, de imponer cada uno su verdad. Y todo eso a través de las palabras. Amémoslas como lo hizo Ajmátova, tanto que se negó a cedérselas al terror.

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos López-Aguirre

Carlos López-Aguirre es periodista y escritor mexicano. Su trabajo fue elegido para formar parte de la Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, 2012). En ficción, aparece en la selección de relatos Sospechosos Habituales – Las vueltas abiertas de América Latina (Demipage, 2017). Sus microrrelatos han ganado concursos en Editorial Tusquets o el periódico español El País. También han sido publicados en El Periódico de Catalunya y la revista El Rapto de Europa. Ha colaborado para periódicos como REFORMA de la Ciudad de México, El Colombiano de Medellín, así como en las revistas Yorokobu de Madrid, Tusitala y Librújula de Barcelona. Blog: http://expresionescronicas.wordpress.com

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