La dama blanca

 

Al Máquina Samurái.

 

Mi rostro ha visto la Pampa, el occidente argelino, he paseado mi esencia por jardines de ensueño y comparsas tropicales. Se han prendado de mi niños moribundos, jeques pastosos, modistos de altura. Por mis tantos años han desfilado jugadores empedernidos, cronistas de lo imposible y soldados débiles, mi alma cálida y terrible los ha protegido de las bombas y las carreras perdidas. He visto congelarse a Admussen entre sábanas de polvo polar, he protegido a los insomnes y a los alienados. Mi manto poderoso registra los más grandes alaridos, he tomado parte en innumerables orgías en todos los tiempos y espacios. He volado, navegado, he viajado en bicicleta y en submarinos soviéticos. He tenido muchos hombres, ha todos los he violado, estrujado, poseído. He mantenido relaciones apasionadas con cientos de miles de mujeres, me las he bebido, les he secado el seno, marchitado el sexo y lastimado las ganas. Soy una amante cruel y pedigüeña, sin pudor he practicado el sexo con infantes y algún que otro perro.

Mi nombre ha pasado por todas las bocas, amantes fieles me han seguido a un abismo anunciado, se han rasgado las vestiduras beatas recatadas, exponiendo sus pasiones al viento. Habito en cualquier lugar, mi casa no tiene nombre, ni número, ni calle: soy ubicua, posesiva y volátil.

No le temo a la muerte, más bien es una aliada molesta que me priva de algunos placeres y comete asesinatos en mi nombre. Pero he hecho felices a unos cuantos, a esos  que me tuvieron y, de forma alevosa y bonachona, me ofrecieron a otros, explotando la parte más amarga de mi blancura.

Me han llamado en múltiples idiomas por un sin número de nombres y algunos insensatos me han ofrecido monumentos. No es un cumplido, pero soy amargamente placentera, y mi beso es irresistible, caliente y provocativo.

Te lo advierto, esos son mis caminos. Tú los tomas o los dejas:

solo te recuerdo que fui hoja mojada de rocío y ahora solo soy polvo, polvo blanco que entrará a tus pulmones para destruirte.