“La claridad del dolor”: sobre La luz difícil de Tomás González

Hay libros que, sin pretenderlo, nos obligan a detenernos. No por su complejidad formal ni por un estilo desafiante, sino por la hondura con la que abordan las preguntas fundamentales de la existencia. La luz difícil (2011), del escritor colombiano Tomás González, es uno de esos libros. En poco más de 150 páginas, el autor construye una meditación serena, devastadora y profundamente luminosa sobre el amor, la pérdida y el derecho a una muerte digna.

Narrada desde la perspectiva de un pintor anciano que reconstruye, décadas después, los días finales de su hijo enfermo, La luz difícil avanza sin estridencias, con una prosa contenida que se sostiene en la precisión emocional y la sobriedad estética. David, el protagonista, rememora los momentos previos al suicidio asistido de su hijo Jacobo, quien tras un accidente quedó parapléjico y sumido en un dolor físico insoportable. La familia, en medio de la tormenta emocional, decide acompañarlo en su decisión de morir. No hay melodrama aquí, ni moralina: hay una ternura dura, una tristeza que se instala como una segunda piel, y una aceptación de lo irremediable.

González evita los lugares comunes del sentimentalismo y opta por un lenguaje donde cada palabra parece medida con un cuentagotas. La escritura avanza como el trazo firme de un pintor experimentado, capaz de ver la luz incluso en los momentos más sombríos. Esa “luz difícil” del título remite tanto a la tarea pictórica de David como a esa claridad que a veces emerge solo en los umbrales del dolor extremo, cuando todo lo superfluo desaparece.

El relato se sitúa en Nueva York, y aunque la ciudad aparece mencionada apenas de fondo, funciona como un telón de fondo simbólico: una urbe indiferente que continúa su curso mientras en un pequeño apartamento una familia se desgarra en silencio. El ferry de Staten Island, que aparece en la portada y en una escena clave del libro, opera como un umbral entre mundos: la vida y la muerte, la esperanza y la resignación, la presencia y la ausencia.

Una de las mayores virtudes de González es su capacidad para narrar lo inenarrable. El sufrimiento, la enfermedad, el suicidio, temas que suelen tratarse con dramatismo o evasión, aquí aparecen con una claridad serena, como si el narrador quisiera rendir homenaje a su hijo sin cargarlo de interpretaciones. Esa distancia amorosa es lo que permite que La luz difícil sea, contra todo pronóstico, un libro esperanzador. Porque lo que queda al final no es la muerte, sino el gesto de haber acompañado, de haber estado ahí, de haber amado.

Tomás González ha construido en esta novela breve una obra mayor, que se instala con delicadeza en la memoria del lector. La luz difícil es una invitación a mirar de frente la fragilidad humana, pero también la belleza que puede nacer de esa misma fragilidad. Una elegía sobria, un acto de amor convertido en literatura.

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