La Better is on the road!

Hegel señaló que la potencia del espíritu se verifica en su capacidad para negarse a sí mismo. En su ámbito queda siempre patente la oquedad de su propia destrucción. La narrativa de John Templanza Better (Barranquilla, Colombia, 1978) surge de la simultaneidad de la luz y la oscuridad, del tiempo y el destiempo del espíritu, es decir, de lo que es o sucede hoy frente a lo que murió y revivió entonces; lo que finalmente le animó, ahora le parece insignificante. Este acercamiento y distanciamiento con la oscuridad que crea “el pasar” es lo que extrema su literatura, repleta de verdaderos despojos, que no son más que representantes del vacío y la soledad profunda que el mismo deja para hoy, tras la pasión humana que usó y agotó para ser.

Por eso y por más, John Templanza Better, autor de China White (2006), Locas de felicidad: crónicas travestis y otros relatos (2009), A la caza del chico espantapájaros (2016), Limbo (2020) y Fantasma (2020), debía contestar el Interrogatorio punk de #Underground en Suburbano.

Punk se trata de ser individual, de ir a la contra, de ponerse de pie una y otra vez y decir: “esto es lo que soy”; expresaba Joey Ramone. ¿Quién es John Templanza Better?

Pedro Lemebel dijo que soy una “narratriz”. Mario Bellatin escribió que soy la luz que ilumina a los desiluminados. Mis enemigos rumoran que soy un simple maricón, mis amigos dicen que soy un comediante. Para mis examantes soy un maldito verdugo. Los medios me han llamado poeta, cronista, novelista, etc. Quizá haya algo de todo eso en mí, el problema es que me llevo pésimo conmigo mismo, desconfío de ese tipo al otro lado del espejo, aunque llore e implore por ayuda sé que oculta algo en la pretina, tomará un poco más de tiempo descubrirlo, descubrirme.

Por otra parte, el doctor en zoología Greg Graffin (Bad Religion), afirma en A punk manifesto (2002), que esta ideología es el proceso de cuestionar y de comprometerse a la comprensión, que resulta en el progreso individual y extrapolación, guiaría hacia un progreso social. ¿Qué tipo de argumentos cuestiona John Templanza Better?

Cuando empecé a escribir tenía claro que no deseaba ser un autor de lo convencional, de ñoños está lleno el patio de recreo de la literatura nacional. Mis libros publicados cuestionan desde las técnicas clásicas de escritura hasta la hipocresía moral del colombiano. He tocado el tema LGBTI y la marginalidad sin anestesia, me he sumergido sin tanque de oxígeno en las atmósferas más enrarecidas, he vivido y padecido lo que escribo. No soy un burguesito al que le enseñaron en Iowa o Nueva York cómo se escribe. Mis referentes son las calles y callejones, los hostales de paso, los cuerpos visitados, la vida sin decorados. De escritores a sueldo está lleno este país, pero yo escupo ese vaso: mis letras son siempre gasolina para incendiar lo que haya que incendiar.

Si bastantes personas se sienten libres y son animadas a usar sus habilidades de observación y raciocinio, grandes verdades emergerán. ¿Qué tan libre te consideras?

Soy mi propia cárcel; pago en este feo cuerpo las culpas de muchos antes que yo. He intentado escapar un par de veces de allí, tal vez en ese par de estados de coma fui libre por breves instantes.

¿Qué fanzines recuerdas, que hayan reflejado el fenómeno de la Contracultura y el movimiento sexual en Colombia, y cuáles conservas?

Vengo de Barranquilla, una ciudad donde sólo existen dos cosas: carnaval y fútbol. Aunque hay gente que resiste, y eso que llaman cultura se abre paso en medio de tanta indiferencia. Con los escritores, Carlos Polo y Robinson Quintero, tuvimos un espacio y una revista literaria llamada Labra Palabra, fue un proyecto importante, escribieron ahí muchos autores importantes como Monsiváis, Lemebel, Carmen Berenguer, entre otros. La revista se acabó en formato impreso, creo que ahora continua en digital. Es bueno que siga presente y las voces nuevas tengan un lugar donde expresarse.

¿Según tu perspectiva, cómo se produce el movimiento punk en Colombia?

Medellín fue el epicentro del punk. Finalizando los setenta aparecen las primeras bandas. Una ciudad tan violenta como la de esos años necesitaba al punk. Los chicos y chicas de las comunas desaparecían o eran asesinados. Había que gritar entonces y que el país lo supiera En Rodrigo D no futuro (1990), la película de Víctor Gaviria, podemos ver con un lente más crudo aquella fugaz pero necesaria movida. En Bogotá el movimiento fue un pico más pequeño, se me viene a la cabeza Héctor Buitrago antes de Aterciopelados. Grupos como IRA aún sobreviven en Medellín.

¿Cuál es tu libro de cabecera?

Drácula, libro robado a Samuel Whelpley, el extraño librero que aparece en Limbo, mi novela más reciente.

¿Cuál fue la primera banda de punk que viste en vivo?

Los pollos podridos, un proyecto punk fallido en Barranquilla. Apestaban, literalmente, contar verdades sobre el sistema social político es como destapar un cadáver al aire libre.

¿Cuál es tu constructo personal de anarquía?

Espero nunca estar satisfecho ni conforme con nada. La escritura es mi única arma y siempre está cargada.

¿Qué tema elegirías para ser escuchado al final de tus días?

“The Devil” de PJ Harvey: “y todo aquello que una vez fue mi alegría, hoy luce tan insignificante”.

¿Qué tal te va el apelativo del “Pedro Lemebel colombiano”?

(Risas) Es un arma de doble filo. Es como volverse un apéndice del otro, una especie de parásito que bebe de la sangre del otro. Lemebel fue un monstruo incomparable, tuve su fuerte influencia, se siente en mi libro Locas de felicidad, ya que él me acompañó durante su escritura. Pero mi nombre es John Templanza Better, “el gran maricón colombiano” como me llamó la Alejandro Modarelli, la cronista argentina, reina del maraqueo bonaerense. A Lemebel y a mí nos hermana la rabia y seguir siendo la voz de los más oprimidos.

¿Asumes una marginalidad propia o fomentada por el sistema literario colombiano?

Vengo de la periferia, del barrio popular, soy hijo de la carencia, y lo que no tuve en cosas materiales lo tuve en el mundo alucinante de mi infancia. Esa es mi riqueza, mi esplendor. El sistema literario colombiano es popó reseca de gato. A mí me valen madre esos tristes funcionarios de la literatura, adictos al poder, muchos con las manos untadas de corrupción, da pena verlos en sus costosos festivales husmeándose el culo como caniches.

¿Cómo fue la primera vez que John Templanza Better se topó con la muerte?

Un par de sobredosis. Ahí estuvo mi madre sosteniéndose de las greñas para no caer en ese hueco pavoroso. La señora muerte me dio una buena lección,  al final pudimos brindar juntos por un lejano encuentro. Estoy enamorado, quiero vivir.

¿Es la muerte el limbo o el limbo son las drogas?

Un músico argento dijo que usaba drogas para tomar el sol, me pareció bello eso. Las drogas sólo deben darnos buenos momentos, recuerda que “Juana es adicción”  y en ese limbo nada es lindo. De la muerte casi nada sabemos.

¿Toda infancia es cruel?

Sí, es un estado natural de constante crueldad, hay algo maligno en ser niño,  recuerdo un texto de Sabines donde su hijo (creo) encuentra un conejito muerto y dice: “No se mueve, papá, está muy feo”. / —¿Lo tiramos a la basura?”.

¿Una literatura marcada por la orfandad?

Sí, lo he dicho varias veces, soy una casa de paso de huérfanos. Gente de paso que te habita, te desmantela, otros  pueblan el territorio interior, otros se marchan, otros llegan. Los huérfanos nos reunimos para compartir la nata, nuestras raciones de nube y cenizas. Compartimos nuestra nada.

¿“Yo, la peor de todas”?

Eso lo dije recientemente en una entrevista. Procuro ser el mejor hasta en lo peor que hago. Y obvio, un guiño a Sor Juana Inés, leo muchas vidas de santos, me obsesiona el tema, y Sor Juana se me hace punk pre-feminista.

 ¿Has hablado con La Abuela (Yajé), de ser así, qué te ha dicho?

No, hablo con mi abuela materna, una bruja muy poderosa. Me dice cosas como: “No seas  pendejo”, “el infierno existe, su fuego está repartido en miles de cuerpos que caminan la tierra” o “límpiate la nariz, mejor pasar desapercibido”. La extraño jodidamente.

En el 2009 publicaste el libro Locas de felicidad: crónicas travestis y otros relatos, que prologó Pedro Lemebel e incendió las buenas costumbres colombianas. Qué es lo más Hardcore aquí: sobrevivir a un cliente trastornado, aprender de la vida bajo el neón y las luces calientes de los antros, vivir con travestis en pensiones de a peso, consumir crack y ser revivido a la mañana siguiente por un perro.

Lo peor es una vida gris y aburrida, una vida sin sobresaltos. Me sucedió todo eso que mencionas pero no lo hice bandera ni me lo puse como un traje lastimero. Solo son escombros de mi picante biografía. Un melodrama en el que fui siempre protagonista, y viví para contarlo. Ese perro fantasma a veces me persigue en sueños, pero le enseño mis colmillos que nunca han parado de crecer y sale huyendo enseguida.

Quiero pensar que el libro es una especie de catábasis.

Lo importante es emerger, así sea moribundo o en modo zombie. La luz es siempre bienvenida, te recibe en los peores estados y te dan ganas de seguir respirando, dando golpes al vacío comí dice mi amiga Fabi Cantilo. Y la oscuridad invita a la experiencia (amiga o enemiga), es un animal que alimentarás hasta el fin como cantaba el exmenudo

¿Coqueteabas con Lemebel por Messenger?

¡No! Era mi amiga, mi prima, mi compañera de luchas. A Lemebel le gustaba “el macho”, el obrero, el amor pasajero y enculante, como a mí.

¿Cómo fue la presentación que hicieron juntos?

Pronto espero compartir ese material en redes. Fue una noche de enero de 2008, teatro lleno. Los dos sentados, ambos maquillados tipo Yeguas del Apocalipsis. Una mesa con Ron havana y Coke fría. Hablamos de su vida, sólo una luz cenital  nos alumbraba, era como estar sólo él y yo sobre un planeta de sombras. Pedro fumaba sus marlboros rojos, hizo tres pausas para leer tres de sus mejores crónicas mientras una pantalla proyectaba su performance cuando se enterró bajo ladrillos y luego prendía fuego sobre ellos. Estábamos retomados y “rejalados”, al final vino una ovación, nos besamos en la boca y nos abrazamos; ese teatro hoy está clausurado, algo de Pedro debe rondar allí todavía.

¿Por qué seguir escribiendo?

Escribo, con el mismo fervor que lo hacen en el mármol de las lápidas. Porque con cada palabra quiero cavar mi propio hueco, con cada acento, cada tilde, cada punto, con cada error ortográfico; quiero infligirme el dolor necesario, el justo a la medida de lo que escribo.

¿Qué es lo más punk que has hecho en toda tu vida?

A parte de esta entrevista, todo lo punk esta por venir, así que prepárense, la Better is on  da road!

 

Foto: Perra del mal.

Alfredo Padilla

Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Mesoamericana. Narrador. Autor de los libros Una pastilla más para que pase el dolor (Editorial Ponciano Arriaga, 2015), Monólogos de un niño inconforme (Casa Editorial Abismos, 2017) y Guadalajara Caníbal (Paraíso Perdido, 2018). Es colaborador de las revistas Yaconic, Letras Explícitas, Nexos, Playboy México, Vice en Español, Noisey MX, La Tempestad, Gatopardo, Penúltima (España), Yo también soy Indie (España), La Revue littéraire (Francia), Sabotage Magazine, G_lfa, Operación Marte, Cream, Marvin, Clarimonda, Juguete Rabioso, México Kafkiano, SOMA, Erizo, Revés, Siempre!, Crash, Desiertos Intactos y de los periódicos Diario Norte de Ciudad Juárez, Hoy Los Ángeles y Los Ángeles Times en Español (EEUU), así como del medio alternativo Escrituras Indie (Argentina) y de los fanzines Punkroutine y El vacío. Ha sido incluído en las Antologías Lados B. Narrativa de alto riesgo (Nitro-Press / Ponciano Arriaga, 2015) y Ocho narradores de San Luis Potosí (1980-1984) de la revista Punto de Partida de la Universidad Autónoma de México (2016). Escribe una columna quincenal para el sello editorial Suburbano de Miami, FL, titulada Underground.

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