LA AMÉRICA QUE SE ESCRIBE CON EÑE

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      En Miami, en la calle 8, en Versailles, he escuchado las voces de los cubanos, su erre aspirada que parece ele, y su léxico tan especial: asere, bacán, por iniciar con una suerte de orden alfabético. En Miami, en supermercados de Miami Beach, he escuchado el deje, el tono de los argentinos y su particular voseo. En Miami, en una librería que ya no existe, muy conocida por los artífices de esta revista, he oído el musical eco caribeño de los venezolanos. En Miami, en la parte donde viven aquellos a los que oculta el glamour de la urbe, por debajo de calle 8, visitaba a mi mecánico, tan peruano como el hombre que me lo recomendó, compañero mío por entonces, y escuchaba las historias de su tierra. En Miami he asistido a charlas de escritores colombianos, de poetas nicaragüenses y, más de una vez, me he dejado caer por el consulado de México, nacionalidad de mi editor, radicado en Miami. Así podría seguir, así podrían seguir todos ustedes, también, hasta pasar por todas las nacionalidades, todos los ecos de los sonidos hispanos que pueblan la ciudad. Miami es el ágora, el punto de reunión de muchos de ellos, que provienen de realidades, de mundos distintos.

       Por eso, Miami es una de las ciudades protagonistas de ese libro, del que les quiero hablar hoy: Ñamérica, (Random House, 2021), de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), por su idiosincrasia, por su capacidad para unir todas las voces que se escuchan en Latinoamérica, en una extensión de unos cuantos kilómetros cuadrados. El libro es una crónica que resulta un compendio, el de todas las crónicas que el escritor argentino dedica a la parte del continente americano que escribe con eñe. Y de ahí participa Miami, tanto como CDMX, El Alto, Bogotá, Caracas, La Habana, Buenos Aires o Managua, por orden de aparición. Pero es algo más que una serie de postales. Está en la línea de otras obras anteriores del autor, ambiciosas, voluminosas —esta, 674 páginas, nada menos—, mezcla de estilos: crónica, ensayo, entrevista, narración de viajes, pero dirigidas por un propósito claro, como El hambre. En este caso, el propósito es navegar, reflexionar, en torno a la condición de Ñamérica, “la América que habla con esa letra, que con ella se escribe” (p. 26), esa parte del continente matizada por una cultura común, la de la lengua, siempre polémica, si es que eso es posible. Caparrós la arma a partir de imágenes vivas, de sus experiencias por el territorio, que narra con maestría, y con datos, informaciones, que el común de los mortales desconoce, y añade al texto una parte didáctica. Y así bucea por las corrientes que navegan en ese universo. La del migrante, en cinco oleadas, según el autor, ordenadas cronológicamente en el reloj oculto de aquellas tierras, de aquellas rocas, de aquellas selvas. La del catolicismo, que trajo una de esas oleadas, uno de esos grupos de migrantes, pero que, en la actualidad, según el cronista, está en retroceso. La de la desigualdad, el abismo entre ricos y pobres, que azota a esos países, los más desiguales del mundo, según cifras. Y eso le hace abundar en la economía que rige la región, las distintas regiones, y en sus coincidencias. Y conlleva otra corriente, otra tendencia, la de la violencia. Choca el dato que expone Caparrós: los 2 millones de fallecidos por muerte violenta que tuvieron lugar en Ñamérica durante el siglo XX, frente a los 85 de Europa, los 100 de Asia. Y, sin embargo, la violencia es un problema en los territorios que transita el autor, y que intenta radiografiar en sus raíces, políticas, económicas, estructurales, incluida una fascinante entrevista con dos cacos, dos delincuentes profesionales. También aparece la corriente del machismo, causante de buena parte de esa violencia, de ese dolor, que recorre la piel ñamericana, y que ahora se enfrenta, desde el feminismo, desde la lucha de las mujeres por su dignidad. Y la del carácter pop, el peso de la cultura popular, de su producción, en la imagen que lo hispano transmite, comunica al mundo, aunque esa producción, muchas veces, esté mediada por las grandes plataformas de producción de contenidos culturales —impagables las páginas dedicadas al reguetón, que introducen una profunda reflexión sobre la naturaleza de los fenómenos culturales populares (pp. 518-523)—. El libro concluye, en la última parte del libro, desde distintas perspectivas, con estrategias diferentes, en un ensayo sobre la realidad política, sobre sus conflictos, y sobre las perspectivas de futuro que abraza, que alberga, la región.

       No he podido evitar pensar en Miami durante toda la lectura, por lo mencionado inicialmente, y por más cosas. Por la corriente migrante que, por razones obvias, ha construido la ciudad, en distintas oleadas, también, protagonizada en buena medida, por hispanoamericanos. Por la corriente violenta, que fue la imagen, el ícono que enarboló la ciudad del sur de la Florida en las décadas de 1980 y 1990, con Scarface y Miami Vice. Por la corriente de la desigualdad, que me recuerda que no es lo mismo vivir en Brickell o Key Biscayne, que hacerlo en Overtown o Hialeah. Por el machismo, por la música popular que tanto se sobrerrepresentan en el reguetón, con factura en Miami, la mayoría de las veces —el tema de la religión es, sin duda, más difícil de valorar en la capital del sur de la Florida—. Por todo eso y por la residencia actual en España del autor, que menciona de continuo y que interpela a este reseñista también, todos deberíamos leer Ñamérica.