La amante y el perro

El color del sol siempre se ve carmín cuando llevamos los párpados cerrados. Cada día, la radiación en la ventana empuja a las sombras y las saca una a una de la habitación. Quienes aparecen en la fotografía sobre la mesa de noche, cambian de expresión cuando se enfrentan a la mañana. Sonríen, como agrupados para posar, luego de sobrevivir un espantoso accidente.

Las persianas de madera, que llevaban varios años rotas, filtraban una multitud de antenas olvidadas sobre los techos. La luz se desplaza por el piso, recogiendo la oscuridad, levantándola de los libros dispersos, las velas consumidas, las cartas abiertas; imitando como se acaba un funeral, con los dolientes caminando hacia afuera, vaciando el negro de la capilla. Las cosas que tienen vida durante la noche pronto dejarán de existir en las primeras horas; y otras, aparecerán en su lugar.

Noté que la máquina de escribir quedó como una bombilla de vidrio al caer del escritorio. Varias teclas alcanzaron la caja de zapatos al fondo, debajo del colchón; pero el vaso y la botella permanecieron íntegras junto a la lámpara.

Busco moverme del suelo, pero me siento rígido. Me cuesta. Estiro mis piernas con torpeza y me levanto del papel periódico. Está mordido en las esquinas, manchado de grasa y tinta barata. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me tocaste, desde la última vez que te acercaste. Bajé la cabeza y empujé la cara entre las patas del sofá para buscar las sobras de anoche. Algo que lanzaron, que dejaron allí. A la criatura se le alimenta para que permanezca viva. No por amor. Nunca por amor.

Pude sacar la carcasa con los dientes. La llevé de vuelta a la esquina y la recosté en el periódico. Tal y como sucede cuando se nos pasa la mano, al darle vuelta al torniquete para calzar el hueso; así la hice pedazos con la boca.

El aroma a basura calcinada me abrumaba. Tenía que ser jueves. Cada jueves encendían los hornos en el distrito industrial de la ciudad.

Las súplicas llamaron mi atención. Jugué a ser hombre por un momento. Los lamentos venían del pórtico. Debía descubrir lo que estaba pasando.

La niña era acompañada por su padre. Los bordes de mi lengua se llenaban de espuma. Los hombres esperaban cerca del auto, mirando la hora colgada de sus muñecas. Esperaban por ella y se la llevarían. La pequeña emitía gemidos entrecortados y yo dejaba mis marcas en la ventana.

Me sentí deforme, pero esa era una sensación familiar. Aquella persona imaginaria que solía ser se volvió irrelevante. Pegué las palmas contra el cristal, impactándolo con la cabeza. Salivaba de ira, capturado al extremo del marco. Sufro, porque siento que me pierdo entretanto los obligan a despedirse en la calle. Grite desde las vísceras que no se la llevaran, que los haré pagar por ello. Que si los alcanzo, los mataré a todos.

Pero solo escuchaban ladridos. En el fulgor volví a recordar más sobre quienes me compartieron antes de todo este horror. Otras familias. Otros lugares. Las olas retirándose de la orilla y todos brincando al agua. Las manos rozando mi cuerpo, ¿dónde estaban?, ¿a dónde se habían ido?. Lo último que reviví fueron lágrimas, chaquetas blancas y el cansancio sobre una mesa helada.

Giraron a mí y coincidieron entre ellos. Entrarán por la puerta. Correré a la sala. Los mantendré separados hasta arremeter contra el siguiente. Tan pronto crucen la puerta, hundiré mi hocico en la carne más blanda, en el cuello del primer varón.

Pero ella asomó su rostro primero. Suspendido, como paralizado por un disparo traslúcido, caí inmóvil. Entre los espasmos que siguieron, como retrocediendo de un fuego imaginario, la cabeza me rebotaba en el aire, empujando algo invisible hacia los lados, queriendo desprenderse del resto del cuerpo. Me entregué a ella, arrastrando las patas, el rabo pulsando la baldosa. Sus ojos lacrimosos bajo un laso que amarraba su cabello, su vestido favorito, tan diminuto como ella, también con las marcas de dientes en el bordillo.

La angustia se destilaba fuera de mí. La emoción me distrajo. No pude notar que el sol se estaba escondiendo. Con él, las figuras se retiraban para dejar pasar a las sombras. Aquellos a quienes amenacé de muerte, dejaban de existir. Solo la niña, solo nosotros, abrigados en la saliva y los mordiscos del otro.

Y el volumen de aquella criatura, muy cerquita de mí. Y sus risas nerviosas, mientras me acaricia con miedo las orejas, justo cuando regresaba la oscuridad.

 

@pabloerminy