Kodama de hierro

 

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María Kodama demandó a Pablo Katchadjian por plagio. Un juez ha embargado los bienes del autor por un valor de cerca de 8 mil euros. Y si la apelación no prospera, Katchadjian podría ir a la cárcel.

Katchadjian, o de la apropiación como creación

El caso no hubiera salido a la luz si María Kodama, esa mujer que se empeña en convertirse en la Yoko Ono de la literatura, heredera única de la obra de Jorge Luís Borges, no se hubiera obsesionado por llevar hasta los tribunales a Pablo Katchadjian por su libro El Aleph engordado.

La historia le ha dado la vuelta al mundo. El autor argentino decidió publicar un libro en el cual sumaba 5 mil 600 palabras a las 4 mil originales del relato de Borges. La tirada de la publicación fue de apenas doscientos ejemplares, muchos se regalaron y los restantes se vendieron a menos de un euro. Esto sucedió en 2009, pero no fue hasta dos años después cuando Kodama se enteró y lo demandó por plagio. Después de varios juicios en diferentes instancias, un juez ha embargado los bienes del autor por un valor de cerca de 8 mil euros. Y si la apelación no prospera, Katchadjian podría ir a la cárcel.

Lo curioso del caso es que si Kodama no hubiera hecho nada, quizá el libro apenas hubiera sido conocido por los amigos y lectores de Katchadjian y no nos hubiéramos enterado del curioso experimento que llevó a cabo para la creación de El Aleph engordado. En la posdata al final del libro aclara el método, que fue la suma de las nuevas palabras, lo que repercutió en que los personajes se transformaran, las escenas cambiaran e incluso la prosa se viera alterada, aunque existen pasajes en los que se duda si son originales o modificados.

El autor fue honesto. El libro está basado en un relato. Sin embargo, la obra es otra. Fue un ejercicio de apropiación que culmina con la creación de una obra nueva. ¿Por qué? Porque no existe otra igual y porque, paradójicamente, es una idea original.  El libro que publica Katchadjian no es El Aleph ni otro libro que haya existido previamente. Toda apropiación de una obra implica siempre una modificación que repercute por completo en su forma y, seguramente en el fondo de la misma.

Lo interesante del asunto es precisamente esa  idea de apropiación y de sus límites. Sobre todo en una época como ésta, donde lo digital ha transformado por completo los conceptos de autoría y originalidad. Son tiempos de Creative Commons y de Coypleft. Parece que ya no hay nada nuevo bajo el sol, pero al mismo tiempo, tampoco es del todo cierto. Sin embargo, existen voces encontradas al respecto, a veces contradictorias. Escritores que se desgarran las vestiduras contra el plagio y la piratería, mientras se bajan de internet el último capítulo de su serie favorita.

Pero este debate no es nuevo. Desde hace un siglo que se puso en tela de juicio la invariabilidad de las obras: su sacralidad, así como la de su autor. Como ejemplo, podemos remitirnos al abogado de María Kodama, Fernando Soto, quien buscando argumentos frente a los medios, dijo que lo que había hecho Katchadjian era algo así como “pintarle bigotes a la Gioconda”. No se había enterado que eso ya lo había hecho Marcel Duchamp en 1919 y hoy es considerada una obra de arte.

En el ámbito literario, al utilizarse dos materias primas tan comunes y cotidianas como son las palabras y las historias, hay una mayor sensibilidad. Es muy fácil decir que se ha plagiado. La gran mayoría de los grandes autores han sido acusados de plagio. Pero sólo autores menores han sido pillados infraganti, quizá precisamente por la misma falta de oficio.

En el caso de Katchadjian hay una posdata donde se evidencia el experimento, no se oculta ni pretende ponerse a la par de Borges, ni tan siquiera se busca hacer negocio. Simplemente pretendía jugar con el autor y su obra. Como muchos otros han hecho en antaño dentro de casi todas las artes.

Pero a Kodama no le gustan los juegos. Sin embargo, a Borges sí, ejemplo de ello son sus relatos, e incluso en uno de ellos llegó a escribir que el plagio es una cuestión comercial, no literaria.

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