Yo quiero cruzar con la barrera.

Y que me pisen, que me pisen, que me pisen

Que me pisen,

Sumo

 

Lleva el cabello a rape al puro estilo skin de los ultras del Inter City Firm, la barra brava que se apropió del nombre de la línea de trenes que los desplaza de una ciudad a otra. Calza Doc Martens oscuras en las que se refleja el sol de Benidorm, pantalones cortos blancos y al torso nada, tan solo los tres leones tatuados en el pecho, los felinos de Enrique II y de Enrique I (Corazón de León), mismos que se diagraman en el Escudo de Armas de Inglaterra y que la actual Selección ‘Pross’ de Harry Kane lleva bordados al corazón. La mirada inconciliable, perdida en la multitud de transeúntes lánguidos en la ciudad de los balnearios y los rascacielos. No sabe aún qué lo mantiene ahí, está de paso y a su paso tratará de desmantelarlo todo, de numerar las cosas que puedan ser partidas a la mitad, de concebir el mayor daño posible. Vaso en mano se lanza en una etílica pirueta de 360º, despeña en la luna —el parabrisas de un auto—, aterriza con las nalgas esparciendo esquirlas de cristal, ante la mirada estupefacta del hombrecillo que aún permanece dentro del vehículo.

Están ahí y no manifiestan piedad; una amenaza los mantiene estáticos:

“Van a morir. Estén preparados para morir. ¿Quieren guerra? Entonces la tendrán. Los combates están en nuestra sangre, este junio haremos más que animar. Será mejor que vayan al gimnasio y se preparen de alguna manera”.

Los ingleses lo entienden bien. Refuerzan botas y puños en la Nueva York del mediterráneo. Ya falta poco, tienen los ojos y las cuchillas puestas en Rusia.

“Pero no tengas miedo / mi viento excéntrico / repleto de hojas, soplando tranquilamente sobre los prados / / la firma del ‘poeta’ no me destruirá / estoy en las canciones, como tú, un hooligan”, escribió el poeta ruso Aleksándrovich Yesenin, un borracho, peleador antisocial y suicida, del que aún se desconoce dónde están enterrados sus huesos, pero sus poemas continúan siendo entonados por cientos de firmas rusas en los estadios de Moscú.

Yo no tengo camisa, bandera ni ciudad que defender. La literatura es un exilio. La única patria es mi hijo. Me considero un hooligan de la paternidad, por esa bandera podría incendiar ciudades enteras. Pero eso no me convierte en un hincha besa remeras, no he ingresado nunca a un estadio de fútbol y en mi vida solo habré visto cinco partidos completos; sin embargo, la pasión de las barras me obsesiona. La salvaguardia de un honor edificado a base de sangre, colmillos y huesos rotos, de fogatas y vallas vencidas; esa defensa por el barrio que te define, el cuartel que te vio desfigurarte, las calles donde te enamoraste, embriagaste y te batiste a golpes. Es el suburbio y la filosofía del no retroceder nunca, de quedarse donde estás y de pelar siempre; de saber que tienes a tus amigos protegiéndote la espalda, y lo más importante: que tú estás detrás de ellos. Que si hay que morir en las gradas es mejor que sea luchando, o sobrevivir para seguir pensando en la esquina, en que cuando se trata de fascismo: sí se puede pensar y golpear a la vez.

Fratria y Gladiator, las firmas más temibles del fútbol ruso juegan ahora en casa y tratarán de hacer algo, cumplir su palabra; pero a la tierra del Kremlin tan solo han llegado 2,000 ingleses, famélicos, medrosos y amateurs, que frente a las amenazas de muerte, se contonearon pasivos en el juego de Inglaterra contra Túnez, con un Oi! débil que ya no conmemora a los Cockney Rejects ni a Cock Sparrer. Quizás los verdaderos portadores de la triada felina sigan botando vasos en las playas españolas, o viajen en este momento en un tren vertiginoso, aguzando sus cuchillas inglesas y lustrando sus botas para hacer contacto con el incisivo rojo.

Por lo pronto enciendo la pantalla, la Copa Mundial de Fútbol 2018 en Rusia. En las gradas advierto la imagen de dos mujeres besándose, son una rusa y una mexicana, alentadas al faje por sus compañeros, grabadas por cientos de smarthpones de todo el mundo mientras anudan sensualmente sus lenguas internacionales, hasta que las televisoras se percatan del contacto y censuran la imagen. Apago el aparato. Nada importante aún. Salgo al barrio a pelotear con mi hijo. Sigo esperando el retorno de los anglos. Sigo esperando a que ardan los estadios y las banderas.

© 2018, Alfredo Padilla. All rights reserved.

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Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Mesoamericana. Narrador y periodista cultural. Autor de los libros 'Una pastilla más para que pase el dolor' (Ponciano Arriaga, 2015), 'Monólogos de un niño inconforme' (Abismos, 2017), 'Guadalajara Caníbal' (Paraíso Perdido, 2018) y 'Cadáver' (Lázaro Ediciones, 2018).
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