#Futbolit: Los que aman, odian: Los escritores y el fútbol

Entramos con diez.

Dos colombianos, dos mexicanos, dos peruanos. Un argentino, un costarricense, un español, un panameño. Nos faltaron uruguayos.

El fútbol es pasión de multitudes. Y, como tal, convoca amores y odios. Para este dossier, Los que aman, odian, la invitación fue para escritoras y escritores de países hispanos clasificados al Mundial. La consigna: escribir sobre pasiones y odios mundialistas. La regla: no escribir sobre su propio país. El resultado: bueno, son escritores. Hicieron lo que quisieron.

Bienvenidos a ensayos sobre el hincha argentino, Camerún, jugadores humildes y soberbios, Italia, Argentina, Uruguay, afectos y desafectos, Inglaterra, Estados Unidos y Messi.

Entramos con diez pero un empate sacamos seguro.

Pablo Brescia

 

Autorretrato del hincha argentino[1]

Mi oficio consiste en perder la voz. En perder la voz alentando a mi equipo. Es un oficio de hombres. Primero porque cuando está en la tribuna, el hombre tiene ganas de perder la voz, y luego porque cuando hay varios hombres en la tribuna, todos quieren perder la voz antes que los demás.

Un oficio humano.

Soy hincha de la Albiceleste.

Tuvimos al “Tano” Pasman, tuvimos a Franko Bonetto, tuvimos a Viggo Mortensen, tuvimos al Papa Francisco, tuvimos a los hermanos Gallagher y ahora estoy yo. Este año voy a ir al Mundial de Rusia y, aunque Argentina no pase de cuartos, me pienso llevar el premio al mejor hincha del campeonato.

Soy el hombre más apasionado de la tribuna, el más quilombero, el más irracional, y mi trabajo consiste en generar desequilibrio.

Todos los grandes hinchas generan desequilibrio.

Ser un gran hincha argentino es una condición que exige una entrega absoluta de sí mismo y una concentración total. Yo aliento a tiempo completo. Aliento cuando despierto a mis hijos a las siete de la mañana. Vivo con un megáfono en el bolso para alentar mejor. Le sonrío al mecánico y al vendedor de choripanes porque sé que me ayudan a alentar. Le rompo las pelotas a mi quiosquero, que es un inútil, porque sé que eso me ayudará a alentar mejor.

También me preparo para esos partidos blandos e imprecisos que nos imponen las fases clasificatorias. Esos partidos retorcidos que permiten a la selección boliviana, a 3,650 m de altura, derrotar a la bicampeona del mundo.

Todo cuenta en tu carrera.

Un día, la posición de tus dedos se convierte en lo esencial. Son tus dedos los que determinan el resultado. Besaste el escudo de la camiseta, te persignaste catorce veces, cantaste el himno a todo pulmón y Messi falló el tiro libre porque te olvidaste de cruzar los dedos justo antes del lanzamiento.

Cuando duermo, trabajo, cuando como, trabajo. Diseño mis celebraciones, modelo mis cantitos. Mis pulmones y mi voz son inquebrantables, tengo siempre en las cuerdas vocales la marca de mis festejos.

En cuanto el pitido del árbitro suena en la cancha, libera toneladas de trabajo. Después solo queda un hincha en la tribuna que ya no tiene ni ojos, ni cabeza, ni piernas, y que grita hasta perder la voz antes que los demás hombres.

Es la regla.

Y luego está ese momento que inevitablemente llega en una vida, el único momento de verdadero reposo, de reposo absoluto. El reposo del hincha argentino.

Superaste con éxito la fase de grupos, los cuartos y las semifinales, llegás a la final y cometés ese minúsculo error de cálculo, ese fallo pelotudo (que no es de distracción, porque los hinchas argentinos ignoran la distracción) que te lleva a extraviar la entrada y te aparta de la gloria. Y ahí llega el verdadero reposo, el reposo inmenso. Ya te perdiste el primer tiempo, luego el segundo y el alargue. Ya nada tiene importancia, ya no sos un hincha argentino, tus músculos se relajan, tu mente se libera, sabés que tu equipo va a perder en la tanda de penales.

*

Pablo Martín Sánchez (Reus, 1977). Exatleta y exactor, es novelista, traductor y profesor de escritura creativa. Los martes juega al fútbol sala cerca del Camp Nou y aún, de vez en cuando, sueña que debuta con la camiseta del Barça.


Roger Milla: daño irreparable en nombre de los leones africanos

Mi relación con el fútbol siempre ha sido un asunto de devoción, pero una de esas que no implica lealtad con un equipo en particular, o recordar alineaciones de partidos ocurridos varios años atrás, o rememorar el minuto exacto en que pegamos un alarido de gol como si fuésemos desquiciados frente a la pantalla. Ninguna de esas exhibiciones de fanatismo han ido de la mano conmigo; es decir, cero rituales, como no sea el de despaturrarme sobre la cama cada cuatro años, presto siempre a la euforia desmedida ante las posibilidades de anotar de aquel que no goce de favoritismo o vaya de remontada. Pero aun así hay una fecha que no he podido olvidar: 23 de junio de 1990. Ese día jugó Colombia contra Camerún, en uno de los partidos de octavos de final de la Copa del Mundo Italia 90. El partido estuvo precedido de mucha expectativa; en primer lugar a raíz de la proeza conseguida por nuestra selección, al empatarle a Alemania en el tiempo de descuento gracias a un gol de Freddy Eusebio Rincón, que apeló a la osadía de encajar el balón por en medio de las piernas del portero alemán, pero en segundo lugar porque en el equipo camerunés jugaba Roger Milla, un habilidoso delantero cuya mayor hazaña era la de coronar una copa del mundo pasados sus treinta y ocho años, que en aquellos tiempos de adolescencia daba igual si el equipo africano lo alineaba a él o a un anciano con bastón y dentadura postiza.

Nosotros, que teníamos la arrogancia y el tropicalismo alborotados, lo que nos llevó varias veces a imaginarnos alzando la copa, dando brinquitos jubilosos frente a ejecutivos de la FIFA, no pudimos sentirnos más humillados al constatar que era justo el viejo Milla el encargado de empacarnos los dos goles que nos eliminaron de ese mundial para siempre y de por vida. Mucho más si considerábamos el hecho de que el segundo gol dispuso una suerte de ridículo para nuestro portero insignia, René Higuita, el mismo que inmortalizaría el escorpión cinco años después en el mítico estadio de Wembley, aquel que siempre tenía la osadía de salir con balón dominado, actuando como arquero líbero, mientras se deleitaba eludiendo delanteros al tiempo que a todo un país se nos revolvía el estómago en un amasijo de tripas. La escena todavía permanece dentro de mi cabeza, igual de punzante y dolorosa; me parece, incluso, ver a Milla bailando de nuevo frente al banderín del tiro de esquina, después de haberle robado el balón a Higuita cuando intentó deshacerse de su marca con un taco que le salió fatal.

Por eso puedo sostener sin el menor asomo de rubor que odio a la selección de Camerún. Después de eso hemos jugado un par de veces más, en las que también nos ganaron. Solo salimos airosos en un partido amistoso. Pero la verdad el resto de juegos no me importan en lo más mínimo. Bien podríamos enfrentarnos a ellos en cualquier instancia, que ya el daño estuvo hecho, en forma de un recuerdo que se resiste a extraviarse en el tiempo, enquistado en mi memoria para siempre.

*

Andrés Mauricio Muñoz (1974) es escritor colombiano. Su libro de cuentos Hay días en que estamos idos, fue finalista del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. En su infancia llegaba a la cancha con uniforme nuevo, medias ajustadas y sabiéndose dueño del balón, lo cual le concedía el irrebatible derecho de jugar.


 

La humildad en el fútbol

Una regla tácita de la convivencia entre personas es no alardear sobre tus virtudes. Hay que ser humilde, discreto. En otras palabras, el genio más amable es el que parece no darse cuenta de su genialidad. Esto principio determina mis simpatías futbolísticas, como si este deporte y sus equipos requirieran de buena educación para tener mi amistad, aunque advierto que aun así no me seduce el fútbol completamente. Un ejemplo: el onceno costarricense me caía mejor cuando era un tesoro por descubrir, cuando de una callada manera, como en la canción de Milanés, vestían sus balones de primavera, pero sin alcanzar la notoriedad de la que ahora gozan. O mejor: los prefería cuando eran derrotados y quedaban excluidos un Mundial tras otro, sus habilidosos porteros todavía ajenos a clubes como el Real Madrid. Últimamente, el nacionalismo los rebasa, y ya sabemos que, a Trump, ni Melania lo quiere. Por lo mismo, siempre he preferido el autismo varonil de Leonel Messi al escandaloso exhibicionismo de Cristiano Ronaldo; y esta filia, injustamente, lo sé, ha manchado a sus respectivos conjuntos: cada vez simpatizo más con Argentina y menos con Portugal. En el mismo sentido, si México hubiera guardado sus victorias en estoico secreto, como quien no se da cuenta de que acaba de propinar monumentales, seguiría gozando de mi incondicional cariño. Pero no es así. Sus comentaristas suelen gritar a voz en cuello cada triunfo, los cuales creen de una obviedad aplastante porque, después de todo, ¡Viva México, cabrones! Entiéndase, pues, que conviene no alardear para conservar mis cariños. Esto está justificado: a ningún interlocutor le gusta quien solo habla de sí mismo. Los campeones deben ser sutiles en su condición de tales, no porque desmerezcan lo que tienen, no, señor, sino para que no suframos los que queremos estar en su lugar fervorosa y envidiosamente. Esa es la verdad.

*

Carlos Wynter Melo nació en Panamá. Sus narraciones han obtenido reconocimiento nacional e internacional. No le gusta el fútbol, pero hay jugadores de este deporte que le caen mejor que otros.


Quanto ti odio, Squadra Azzurra!

Por supuesto, para la mayoría de los aficionados mexicanos, el odio se concentra en la selección de Estados Unidos. Pero no es mi caso.

Mi odio es azul, y probablemente soy el único mexicano con una inquina particular contra la Squadra Azzurra, la selección de Italia.

En mi mente veo los rostros de Facchetti, Burgnich, Cera, Gentile, Gattuso, Zambrotta, Matterazzi, Cannavaro, y los imagino con atuendos medievales, puñal oculto entre el ropaje o afianzado con los dientes, esperándome en algún callejón oscuro de Verona, Nápoles o Palermo.

Italia ha tenido la peculiaridad de cruzarse en el camino de muchas de mis selecciones favoritas, ya sean México, Alemania o Francia.

El encono viene de mucho antes.

Con casi ocho años, veía con ilusión como México, en su mundial del 70, había avanzado a cuartos de final. Y tocaba ir a Toluca a enfrentar a los azzurri. Y por unos minutos, el sueño era inmejorable, el 1-0 de la Calaca González. Duró 13 minutos, hasta el autogol del Halcón Peña, y luego el baño cortesía de Gigi Riva y el Bambino d’Oro, Gianni Rivera. Y en mi ira, sólo veía el azul, y en mis oídos resonaba como maldición, el tonito de opereta del Inno di Mameli y el yelmo de Scipio y esas zarandajas.

A tan corta edad, el odio se instaló como la salsa de tomate en una pizza. Días después, la maledetta azurra, i malandrini, venció 4-3 a mi Alemania en el partido del siglo. Lloré, viendo a Beckenbauer con el brazo roto, a Muller con el gesto agrio, a Overath con cara de consternación. Un buen consuelo fue la final ante Brasil. Aún debe quedar quien recuerde mis gritos de desquiciado con los goles de Pelé, Jairzinho, Gerson y Carlos Alberto. ¡Al fin caían Montescos y Capuletos!

Desde entonces, Italia se me atora en el disfrute de los mundiales. Así pasó cuando Gentile hizo pedazos a Maradona en el 82, así pasó cuando casi escupo la pantalla con el gol de Altobelli a Alemania en la final. Así siguió pasando cuando, a cinco minutos del final, vencidos los tanos por el golazo de Borghetti en el Mundial del 2002, apareció Del Piero. Va fan c….! Así pasó, también, cuando Matterazzi se le metió entre ceja y ceja a Zizou Zidane, forzó el topetazo, y de paso los penaltis de la final del 2006. Porca miseria!

Y tantas otras veces. Ya ni hablemos del codazo de Tassotti a Luis Enrique en el Mundial 94. O de otra victoria sobre Alemania, en 2006 también (de nuevo del Piero).

Es irracional. Es absurdo. Hasta el uniforme es bonito.

Pero no puedo. Es más fuerte que yo.

Y la verdad, los voy a echar de menos en Rusia.

*

Gerardo Cárdenas, escritor mexicano, es autor de seis títulos de cuento, poesía y teatro. Su más reciente volumen de relatos Correr es de cobardes, ha sido publicado en 2018 por Abismos Editores en México.


 

De apuestas y pasiones

Nací en 1987. Un año antes Argentina había quedado campeón en México. Tres años más tarde, en el primer mundial en el que participaba Costa Rica, en ese mismo Italia 90 en el que un gol de Hernán Medford le regaló a los ticos la alegría de pasar a segunda ronda, vi cómo Maradona casi llevaba a los suyos a alzar nuevamente la copa. Un penal en el minuto 85 se encargó de destruir ese sueño y de darle en cambio la victoria a Alemania. Poco importó. En Costa Rica todos andaban eufóricos celebrando el triunfo de La Sele, tan abismados en el entusiasmo mundialista que, cuando cuatro años más tarde volvió el Mundial, no supe qué pensar al ver que los ticos no aparecían entre las selecciones participantes. No me quedó otra que escoger otro equipo. Era la época de Maradona y yo, recién mudado a Puerto Rico, empezaba por esos días a jugar fútbol en un club agenciado por argentinos, cuyo camiseta no podía ser más albiceleste. Naturalmente, escogí que mi equipo sería Argentina.

Hay muchísimas cosas que se determinan en la infancia. Ciertas alianzas, ciertas pasiones, más que una enemistad. En aquel mundial estadounidense del 94 vi como caía del pedestal mi ídolo, Maradona, bajo razones que yo todavía era muy pequeño para comprender. Vi, también, como surgía ganador un equipo que desde entonces pasó a ser mi enemigo: Brasil. Fue el año de Bebeto, de Romario, de Dunga. Ahora pienso que, de haber nacido unos cuantos años más tarde, tal vez hubiese sido fanático de la verde-amarela. La historia de las pasiones es, sin embargo, necesariamente antojadiza y caprichosa. Desde entonces, la alegría del fútbol brasileño pasó a molestarme. Poco podía saber yo que los años de los triunfos argentinos llegaban a su fin y que, a pesar del fenómeno Messi, una larga sequía nos esperaba. En los próximos años Costa Rica volvería al mundial, llegaríamos a cuartos de final y celebraríamos la magia de Keylor Navas. Mi alianza argentina, sin embargo, permanecería intacta, a pesar del dolor de ver a los argentinos perder dos finales corridas en la Copa América y una final mundialista.

Un buen amigo, fanático de Brasil, suele decir que a él el fútbol solo tristezas le trae. Cierto. Sin embargo, no cabe duda de que esas tristezas son necesarias para hacer de la victoria un verdadero evento. Lo puede afirmar aquel fanático del Leicester que apostó su salario completo a su equipo, sin poder ni siquiera imaginar que quedarían campeones y que esa apuesta lo volvería millonario. El fútbol es un mundo de pasiones y las pasiones siempre guardan historias privadas, mundos que muy bien pudieron haber sido distintos. No por eso valen menos. Yo, por ejemplo, sé que en el Mundial veré –junto a todos los partidos de los ticos– todos los partidos de Argentina, con la misma confianza ciega con la que el fanático del Leicester veía como su equipo se hacía del título.

*

Carlos Fonseca es autor de las novelas Museo animal (2017) y Coronel Lágrimas (2015), ambas publicadas por Anagrama. En fútbol no se pierde ni un partido de la selección tica ni uno de Messi.


Revisitando el Mundialito

Todos los peruanos futboleros y cuarentones vimos la final del Mundialito. En 1981, Uruguay, nación sudamericana de menos de 3 millones y medio de habitantes, conquistó un trofeo por el que se enfrentaron sólo las selecciones campeonas del mundo, (con excepción de Inglaterra, reemplazada por Holanda). En este torneo, que conmemoraba los 50 años de su primer título, Uruguay derrotó a Brasil en la final. Es famosa la imagen del bigotudo arquero Rodolfo Rodríguez, levantando la hermosa Copa de Campeones en el estadio Centenario.

“Muchachos, los de afuera son de palo” son las palabras más recordadas de la arenga con la que el capitán uruguayo Obdulio Varela consiguió que sus compañeros desoyeran el rugir de 200.000 aficionados una tarde de 1950 en Río de Janeiro y lograran la hazaña del Maracanazo, uno de los capítulos más importantes de la historia de los Mundiales. En 1981, 31 años después de aquella gesta, Uruguay volvía a reafirmar su poder ante Brasil.

El año 2010, en un restaurante uruguayo-peruano del pueblo de Port Chester en Nueva York, me sumé a una banda de uruguayos que alentaban a su equipo, jugándose contra Holanda el pase a la final de la Copa del Mundo. Fue un partido duro. Las mesas se habían juntado frente a los televisores. Todos los comensales alentaban a la celeste. Forlán se puso el equipo a la espalda. Recuerdo las frases subidas de tono y los suspiros enamorados que le lanzaban un par de peruanas que entraban en coma cada vez que la pantalla hacía zoom hacia el rostro de este Adonis charrúa de vincha y largo cabello rubio. Con los dedos grasosos por el pollo a la brasa, ellas y yo gritamos juntos, como locos, el gol del empate de Forlán, el 1 a 1. Después Holanda marcaría dos goles más y el gol de Maxi Pereira no sería suficiente. Uruguay se iría a casa tras un extraordinario papel en el mundial.

Esta semana en Madrid, Honorio, un taxista regordete nacido en el barrio de Chamberí, manejando el taxi que me llevaba del aeropuerto hacia el Barrio de las Letras, hizo una evaluación veloz de las posibilidades de los equipos clasificados al Mundial de Rusia. Después de contarme que Alemania y Brasil eran favoritos, que esta vez tenía “buenas vibras” por las posibilidades de su selección española, que los argentinos siempre se olvidan que los del Barcelona cuidaron mucho a Leo Messi y le pagaron el tratamiento para que creciera, que “sin Iniesta, Messi no es nada”, me dijo: “a Uruguay siempre hay que tenerle miedo. Es increíble cómo un país tan pequeño puede tener tantos futbolistas extraordinarios”.

Es verdad. Los uruguayos están muy bien representados en las mejores ligas del mundo. Se sabe que desde sus orígenes el fútbol ha brillado en esta pequeña nación. Incluso antes de que comenzaran los torneos mundiales, la selección de Uruguay había cosechado dos títulos olímpicos y varios a nivel sudamericano.

La garra uruguaya distingue a este país del juego bonito de sus vecinos brasileños y de la presión vocinglera de los rivales argentinos. Uruguay no cree en la derrota. Pelea hasta el final, deja la sangre en la cancha. Esta es una virtud que ha venido acompañando a los uruguayos en cada participación y que, lamentablemente, a veces se descompone en las viciosas participaciones de Cavani y en las mordidas (espeluznantes) de Suárez.

Siempre debes temerle a Uruguay. Eso lo sabe toda selección rival. Hoy, en especial, las selecciones de Rusia, Arabia Saudita y Egipto, que parecen, en el papel, ser rivales débiles para este equipo celeste que los acompaña en su grupo mundialista.

Todos los peruanos cuarentones vimos el Mundialito. Y sin embargo también vimos, unos meses después, la clasificación peruana con una victoria sublime en el Centenario y un empate sin goles en Lima. Aquella hazaña -de la que recuerdo todo- con vuelta olímpica y cargada en hombros del capitán Chumpitaz incluida, fue seguida por la única caravana clasificatoria en la que yo he participado. Las tiendas Monterrey nos regalaron unas bolsas de plástico impresas con la bandera roja y blanca, y me recuerdo en la Avenida Arequipa de Lima, sacando medio cuerpo por la ventana del auto de mi tío, agitando esa bolsa, celebrando la hazaña. Cómo tienen que haber sufrido ese día los campeones del Mundialito.

En el fútbol nada es imposible. Sin embargo, Uruguay está en el Mundial para desafiar el favoritismo de todos los grandes: la imbatibilidad de Neuer, la habilidad de Neymar, el genio de Messi, la pasión de Isco, de Paolo Guerrero, de Cristiano Ronaldo, de Radamel Falcao. Desde la historia que se escribirá en Moscú, otra Copa del Mundo los llama.

*

Ulises Gonzales es profesor de cine y periodismo en Nueva York. Dirige la revista Los Bárbaros y es parte de la editorial Chatos Inhumanos. Siempre jugó fútbol en posición de defensa machetero.


El ranking de mis afectos: tres tesis

  1. No siento odio por ninguna selección de fútbol. En este Mundial lo tengo reservado para un solo jugador. Esto me genera un conflicto afectivo porque es titular de una selección a la que suelo apoyar y ahora, por su culpa, ha bajado en el ranking de mis afectos. Sergio Ramos es la encarnación del anti fútbol. Es sucio, picón, tramposo, pegalón, y cretino. Me alegra que solo lo soporten los hinchas del Real Madrid. Mañana juegan España y Portugal: si hay pifias cuando toque la bola, seré feliz.
  1. Si la palabra odio solo aplica para Ramos, tendría que usar otra para describir el fútbol que me aburre hasta enervarme. El mejor ejemplo debería ser Italia pero entonces pienso en dos grandes (Paolo Rossi y Roberto Baggio) y me arrepiento. La culpa, desde luego, no es de ellos sino de ese estilo soso, amarrete, ratonero y calculador con el que han ganado copas que no se merecían. El fútbol no tiene alma. Nada que carezca de alma merece la pena.
  1. No amo a ninguna selección pero ofrezco, a cambio, sin orden de aprecio, una lista de las que considero candidatas a ganar el Mundial. Brasil va adelante. Es una maquinita imperfecta que arrolla y gana. No sé si gusta. A mí no me convence del todo. Su trauma es Alemania. Francia lo tiene todo para campeonar (los mejores delanteros del torneo) y precisamente por eso no creo que llegue (es algo psicológico, el talento está intacto). Alemania va tercera y… me da pereza y frío hablar del fútbol alemán. Mi última opción es Bélgica. Si no es un país latinoamericano ni tampoco Francia (mi segundo hogar), este sería el Mundial ideal para el fútbol exquisito de Bélgica.

*

Diego Trelles Paz es peruano. Doctor en literatura y autor de dos libros de cuentos y tres novelas, una de ellas finalista del premio Rómulo Gallegos. Siempre le gustó desbordar por los costados. Casi no puede creer que Perú esté en el Mundial Rusia 2018.


 

Don’t Cry for Me Inglaterra

Podría escribir las líneas más tristes esta noche.

Podría escribir, por ejemplo, que el fútbol de la selección argentina, a partir de 1990, me ha dado muchos sinsabores, aunque algunas alegrías también (el gol de Diego en el Mundial de 1994, haber estado en la cancha en Burdeos cuando jugamos contra Croacia en 1998, haber sido Bielsista a morir en el 2002 a pesar de todo, haber disfrutado del fútbol de nuestro equipo en el 2006, haberme reído con el panzazo clasificatorio de Maradona para el Mundial del 2010, haberme sentido orgulloso de la selección en el 2014).

Podría decir, por ejemplo, que odio a Alemania, que es nuestra bestia negra y que sin ella, habríamos ganado tres mundiales más.

Podría atreverme a afirmar, por ejemplo, que toda la buena voluntad que los argentinos tenemos con los uruguayos no es recíproca y que siempre que jugamos nos cagan a patadas y, muchas veces, nos ganan 1-0 (pero ya alguien escribió sobre Uruguay). Podría confesar que siempre apoyo a Perú, a pesar de que nos dejaron fuera del Mundial de 1970 y casi nos dejan afuera de los Mundiales de 1986 y de 2010. Y también podría declarar que, aunque quiera odiar a Brasil, no puedo.

Pero, por una vez, voy a ser obvio y decir: odio a Inglaterra.

Ya sé, ya sé: Que el mundial 86, que el gol tramposo de Diego y el otro, joya irrepetible que vale por cinco, que fue simbólico de una revancha por la Guerra de las Malvinas.

Pero no: odio al fútbol inglés porque está construido sobre un mito mentiroso: que inventaron el fútbol, que son duros pero leales. ¿Alguien se acuerda que ganaron el Mundial de 1966 —el único— con un gol que no fue —¡VAR dónde estabas!—? ¿Alguien se acuerda que jugaron los cuartos de final contra Argentina en ese mismo Mundial, y que expulsaron a Rattín porque se sentó en la alfombra roja de la Reina y que el director técnico de los ingleses dijo después de que su equipo ganara 1-0: “No intercambiamos nuestras camisetas con animales”? ¿De dónde tantas ínfulas para una selección que no ha hecho absolutamente nada después de 1966?

Por eso disfruté cuando los eliminamos por penales en el 98 y sufrí con el penal tirado horriblemente por Beckham después de haber dominado todo el partido en el 2002. Y espero el Mundial en el que nos crucemos otra vez para putearlos a gusto.

Pero luego recuerdo que, recién llegado a los EE. UU., a los 18 años, jugué con compañeros irlandeses e ingleses. Y, aunque me gritaban que la largara más rápido, sé que me querían bien. Y yo a ellos. Y el odio se me va. Es fútbol, después de todo.

*

Pablo Brescia nació en Argentina y vive en los EE. UU. desde 1986. Es profesor de literatura y escritor. Es hijo de un futbolista profesional y jugó al fútbol de los 6 a los 36 años. En la cancha, nunca se escondió y siempre pidió la pelota.


 

Estados Unidos: una enemistad cercanísima

El futbol es también resentimiento.

Como mexicano radicado en Estados Unidos, es difícil odiar más a otro equipo que al de las Barras y las Estrellas. Durante mi infancia las certezas eran pocas: el peso se devaluaba regularmente, la economía se arrastraba entre el proteccionismo torvo y la corrupción descarada y el PRI apabullaba ganando elecciones con el 95% del voto. Entre tropiezos y desventuras nos quedaba el pequeño confort de derrotar, y a veces humillar a Estados Unidos, la máxima potencia mundial, en el futbol. Pero a partir de los años 80 nuestra suerte comenzó a cambiar: en el Mundial de Japón Corea de 2002, nos eliminaron con un gol de McBride y otro de Donovan, y en 2012 sufrimos el primer aztecazo contra el vecino del norte. La nuestra, como lo sabe cualquiera, no es una selección ganadora, pero los progresos y eventuales triunfos se veían a menudo ensombrecidos por EUA, nuestra bestia negra. El enemigo al que nos resistíamos a reconocer como un digno contrincante, al que deseábamos ignorar y menospreciábamos con recuerdos selectivos, regresaba como una pesadilla, como espectro del cine de horror que reaparece poco antes de la palabra Fin para poner en evidencia la futilidad de los esfuerzos y sacrificios de los protagonistas. Y es que jugar contra Estados Unidos va más allá del deporte y de la política, es un dilema existencial, es vernos en un espejo ahumado, como lo que seríamos o lo que nunca seremos, como lo que odiamos y admiramos.

Cualquier partido entre la selección de EUA y el Tri es un ritual mórbido, una ceremonia sacrificial, un psicodrama angustioso e incestuoso en el que las victorias son tan sólo bocanadas de aire en una prolongada asfixia, como si cada encuentro fuera un ajuste de cuentas de la historia, de las vejaciones y de los complejos. El estadounidense es un equipo cosmopolita, pero en su ADN tiene una poderosa mexicanidad que nos agrede, nos confunde y nos debilita. Tanto en las gradas como en la cancha reina la ambigüedad de convicciones y su contraparte, la certeza del odio nacionalista. En otro universo, seríamos selecciones hermanas. En la era de Trump que, para toda lectura práctica, es un universo paralelo, las diferencias y la toxicidad se han acentuado y esto ha hecho aún más grotesca y trágica la incomprensión.

Las cadenas televisivas hispanas empujan, por conveniencia e intereses comerciales, una narrativa de solidaridad y convivencia: “Estados Unidos es el equipo de todos”. Probablemente esta ficción de compromiso nacionalista para el auditorio “latino” le funcione a los nacidos aquí, especialmente a medida en que la MLS sigue creciendo y ganando popularidad, pero de otra manera parece una impostura. De cualquier forma la siniestra Federación Mexicana de Futbol no pierde oportunidad para jugar en Estados Unidos, para llenar las arcas con la ilusión de que en una de esas goliza se resolverán nuestras incertidumbres.

La selección de EUA salvó a la mexicana al calificarlos, cuando todo parecía perdido, para el mundial de Brasil en 2014. No fue un acto de generosidad pero pudo ser una apertura, un cambio en el diálogo. Pero como suele suceder en ciertas enemistades, a la larga tan sólo sirvió para añadir más rencor. EUA no logró calificar a Rusia y muchos celebran eso como si fuera un triunfo azteca.

Pase lo que pase en el Mundial, el primer partido amistoso de México post copa del mundo ya ha sido programado y será, por supuesto, contra Estados Unidos.

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Naief Yehya (Ciudad de México, 1963). Ingeniero industrial, ensayista, narrador y pornografógrafo. Su último novela es Las cenizas y las cosas(2017). Jugó en la media cancha sin ser capaz de dejar otra huella que una roncera profunda en sus entrenadores que aullaban desesperados para que saliera o regresara. Nadie lo echará de menos en el campo de juego, pero su entusiasmo en las gradas y frente al televisor ha sido reconocido por familiares, amigos, vecinos y profesionales de la salud.


 

El jugador que distorsiona el espacio

Hay una constante por la que sigo a la selección argentina tanto como a la colombiana: Messi. Lo sigo como otros siguen un equipo o una selección, simplemente porque él no solo encarna una escuadra o un país, ni siquiera un continente sino todo un universo de fútbol.

Si Cristiano Ronaldo es el Aquiles del fútbol, Messi es la tortuga de la aporía. Si hay jugadores capaces de devorarse el campo en unas cuantas zancadas, Leo se encarga de desgranarlo hasta volverlo una esfera, un vector de múltiples direcciones, un territorio imaginario donde cada punto está conectado al resto.

Si Ronaldo es un geómetra euclidiano o newtoniano, Messi es uno gaussiano y einsteniano. Para un futbolista de este mundo la geometría es fija y absoluta, un pastel con los pedazos contados y medidos. Para Messi, la geometría es elástica y relativa, un campo multidimensional que él manipula con cada jugada y que distorsiona con los puntos de apoyo de sus pies y los surcos que estos trazan. Por medio de la gravedad que inventan sus pasos, Messi crea huecos, intersticios, recovecos, desniveles, desvíos que no existían un momento antes.

Los otros jugadores corren en secuencias que sacan provecho de la línea recta y el camino más corto. Messi, en cambio, se mueve en una curva o en una tangente constante, en la cresta de una ola, en el incremento continuo de la aceleración. Leo potencia su energía con las fuerzas internas que descubre bajo el relieve de sus propios movimientos. Aprovecha las asíntotas, la derivada de cada función motriz, los ángulos de sus piernas, los límites oblicuos de la velocidad. Su forma de jugar es una intuición del absoluto; la de otros futbolistas, una aproximación racional. Messi se mueve sobre el eje donde se funden el tiempo y el espacio; los demás jugadores lo hacen en un plano cartesiano con esas variables potenciadas pero diferenciadas.

Jugadores como Zlatan Ibrahimovic, Luis Suárez o Didier Drogba son cargas positivas imponiéndose por superioridad energética. Messi, en cambio, capitaliza el arco eléctrico que se forma entre dos cargas inversas, crea fusiones con las fuerzas que se oponen a su avance; es un campo de fuerzas electromagnético que va compensando y absorbiendo las cargas a su paso.

Se ha dicho que Maradona tenía el balón atado al pie. El escritor uruguayo Eduardo Galeano afirma que Messi lo tiene dentro del suyo. Y eso es posible porque ha establecido una síntesis total con el balón, y ha convertido sus piernas en una extensión indivisible de su mente: Messi juega lo que instantáneamente imagina. Un jugador como Zidane es un bailador de salón que se despliega con facilidad en un área amplia. Messi es un bailarín de estadero que se desempeña extraordinariamente en una sola baldosa: esa baldosa resume toda la cancha.

Leo es dialéctica en acción, esencia dinámica, no solo porque sincroniza en una misma acción la mente, las piernas y el balón. No solo porque es capaz de trasladar la cancha a su imaginación, y volver a los otros jugadores una proyección de su inconsciente. No solo porque convierte a los volantes que lo marcan en aliados involuntarios de sus movimientos. No solo porque simplifica el balón hasta volverlo un átomo multiplicado por toda la materia, y no solo porque amplifica ese átomo hasta igualarlo con el planeta sino porque su juego suprime la nostalgia, actualiza el pasado y el futuro en un presente continuo: es la síntesis de la historia del fútbol, la evolución de la rueda, la culminación del punto. El paso de las cuatro patas a las dos piernas y de las dos piernas al aro. La conversión del cuadrado al círculo.

*

Paul Brito, escritor colombiano, es autor de Los intrusos (2008), El ideal de Aquiles (2010), La muerte del obrero (2014) y El proletariado de los dioses (2016). Es hijo del Canario Brito, un jugador, entrenador y comentarista deportivo español que encalló en costas colombianas. Por esa razón, siempre ha estado cerca del fútbol.

 


[1]Texto escrito a partir del relato de Paul Fournel “Autorretrato del esquiador”, a imagen y semejanza de los que aparecen en el volumen Es un oficio de hombres: Autorretratos de hombres y mujeres en reposo(La Uña Rota, 2015), aunque en una versión abreviada.

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Pablo Brescia

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Pablo Brescia vive desde 1986 en Estados Unidos. Ha publicado los libros de cuentos Fuera de lugar (2012) yLa apariencia de las cosas (1997) y el libro de textos híbridos No hay tiempo para la poesía (2011), este último con el pseudónimo de Harry Bimer. Sus relatos han aparecido en revistas literarias, suplementos culturales y portales de Internet de España, Estados Unidos, México y Perú; participó, además, en antologías como Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño (2005) y Se habla español: voces latinas en USA(2000), entre otras. Se desempeña como profesor e investigador de literatura latinoamericana en la Universidad del Sur de la Florida. Como crítico literario, es autor de la monografía Modelos y prácticas en el cuento hispanoamericano: Arreola, Borges, Cortázar (2011) y co-editor y contribuyente de varios libros, entre ellos El ojo en el caleidoscopio: las colecciones de textos integrados en la literatura latinoamericana (2006) y Borges múltiple: cuentos yensayos de cuentistas (1999).  Su blog es Preferiría (no) hacerlo http://pablobrescia.blogspot.com.

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