Fotografías de Maribel Amador: Serenidipia

Desde la mañana se pueden oír las explosiones. Vienen de todas partes. Aunque la vida se esconde, aparece, como la verdad, un susurro, una letanía a punto de germinar en la penumbra, ese foso oscuro que separa y une.

Bajo las tenues alas vegetales los sonidos parecen objetos, cristales inquietos, sones de medianoche envueltos en esperanzas. No hay lugares donde encontrar la belleza, solo caminos perdidos, desatados hacia ningún lugar. A pocos centímetros de la piel transcurre el tiempo, como una distancia inalcanzable, una vía por donde no se llega a ninguna parte.

El mundo pasa de Giger a Modigliani en una centésima de segundo: mujeres desdibujadas en una cama, desnudas, en un pestañazo de carne. Figuras cambiantes, olas de concreto estrellándose contra las pupilas. En ellas tiras una línea, intentando atrapar un sueño.

La profundidad se apoya en una inconstancia pegajosa y llena de luces. Las sombras son brillantes. Los futuros eran abismos voladores, cometas bien arriba que llevan a no se sabe dónde. En la parte derecha de tu ojo hay un rayón que parte el mundo. Lo despuebla un poco, lo astilla, lo hace entero.

Sobre las manos llevas una película que no es tu piel. Se parece, pero no tiene su inconstancia, es demasiado perfecta. Árboles crecen en ella, lo que se refleja está vivo. Y crece y se multiplica flotando. Sobre la piel crecen tus quimeras, sus raíces se clavan profundamente, sus copas parten el cielo desde los poros.

Hay un pez dormido en la luna
Un señuelo dulce
Una carne ingrávida

Buscando imágenes inconexas te has visto a ti misma en todas partes.