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Extremo Occidente: Post mortem; autopsias, honores, recuerdos

Muerto Zangara los doctores Ralph Greene and R.R.Killinger procedieron a su autopsia. Encontraron que el cerebro de Zangara era de tamaño y peso normales para un hombre de su edad pero que su vescícula estaba gravemente irritada y le había causado indigestión y dolores crónicos. Si hubiera esperado sólo un año los nuevos programas de seguridad social iniciados por  Roosevelt tal vez hubieran podido ayudarlo. Es posible que Zangara, que había comenzado a trabajar antes de cumplir siete años, hubiera aprobado también otras medidas de Roosevelt, por ejemplo las referentes a suprimir  los últimos restos del trabajo infantil.

Cermak fue el segundo alcalde de Chicago que murió asesinado—el primero fue el también demócrata Carter H. Harrison—y en memoria suya la Calle  22 de Chicago fue rebautizada como Cermak Road. La de Cermak es el tipo de historia from rags to riches, de los harapos a la riqueza, sobre la que  Horatio Alger, uno de los más populares escritores americanos del siglo XIX, hubiera escrito uno de sus moralizantes y francamente aburridos libros: la historia del inmigrante emprendedor que con fuego en la mirada, decisión, trabajo duro, y en el caso de Cermak con conexiones políticas logradas a cambio de su labor como agente electoral sin demasiados escrúpulos—pero esa parte hubiera quedado fuera de un libro de Horatio Alger—, logra llegar de la pobreza a la riqueza en sólo una generación en el más generoso y rico de  los países del mundo (Estados Unidos).

Cermak está hoy enterrado en el Bohemian National Cemetery de Chicago. La suya es la tumba de un inmigrante, con dinero pero inmigrante al fin. En su lápida está tallada para la eternidad la frase que probablemente nunca  pronunció: I’m glad it was me and not you, Mr. President. Una placa con la misma inscripción honra a Cermak en Bayfront Park, en el lugar en que lo dispararon. 

La de Zangara y su atentado a Roosevelt es también una historia americana. Incluye un inmigrante de primera generación haciendo un trabajo embrutecedor por poco dinero que aún así está mejor que en su país de origen; un arma comprada sin problemas ni retrasos por muy poco dinero; un acto de violencia estúpido; una opinión pública que pide sangre y una administración de justicia que no duda en dársela; un juez que después de conceder la pena de muerte se siente satisfecho y tranquilo—y hace dieciocho hoyos. Por no faltar no falta ni un asesino frustrado que trata de imitar a la historia. En momento de ser detenido Zangara llevaba en el bolsillo recortes de prensa sobre Lincoln y Roosevelt. Lo de Roosevelt es comprensible porque necesitaba conocer un rostro que no sería popular fuera de Nueva Inglaterra sino hasta meses después, pero lo de Lincoln nos demuestra que incluso alguien que no sabía suficiente inglés como para defenderse en un juicio en el que le iba la vida, sí sabía  suficiente historia de Estados Unidos como para comprender lo que trataba de hacer, aunque no supiera como hacerlo.

Zangara no sería el último asesino que buscara inspiración en un asesinato  anterior. John Hinckley intentó vivir la película Taxi Driver y matar a Reagan imitando al papel interpretado por De Niro, es verdad—y a Hinckley sí puedo imaginármelo delante de un espejo imitando la escena de Taxi Driver. Pero también es cierto que Hinckley tenía, se los encontraron en un registro domiciliario, todos los libros publicados sobre Lee Harvey Oswald un señor que aunque nunca estuvo en Miami, que sepamos, forma también parte del folklore local debido a las muchas conexiones con la ciudad de su víctima.

 

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