Extremo Occidente: Instrumentos de destrucción

Old Sparky

Construida en 1923 por los mismos presos, en el taller de la cárcel de Raiford, y conocida como Old Sparky, la silla eléctrica del estado de La Florida llevó hasta el día en que fue retirada un apodo cariñoso y familiar que compartió con su hermanas, la sillas eléctricas de los estados de  Tennessee y Texas –esta última está ya retirada. Personalmente considero que no es un mal nombre: la silla  eléctrica de Alabama fue conocida, gracias a la capa de pintura  amarilla que la cubría como Yellow mama, un nombre por comparación vulgar e incluso de mal gusto. Los otros estados que en uno u otro momento usaron la silla parecen  haber sido incapaces de encontrarle o darle nombre propio a  las suyas. Eso tendría que darnos que pensar sobre la peculiar relación amistosa, familiar incluso, existente entre los estados del sur y la pena de muerte.

Resultado del federalismo y de los Derechos de los Estados, Estados Unidos ejecuta y además lo hace de forma más variada que cualquier otro país del mundo. Aunque lentamente la inyección letal está ganando terreno y destruyendo las viejas tradiciones, Estados Unidos inyecta, electrocuta, ahorca, gasea y fusila a sus criminales. En la variedad está el gusto, o en este caso el susto… Alabama, Florida, Georgia, Kentucky, Nebraska, Ohio, South Carolina, Tennessee y Virginia emplean o han empleado en algún momento la electrocución y no es raro que al final de una ejecución los testigos hablen de un olor a carne chamuscada no del todo distinto al de una barbacoa.

Algunas sillas eléctricas han llegado a adquirir una personalidad  propia y convertirse en parte del folklore de sus estados,  como Old Sparky que a lo largo de su carrera se ha desembarazado  no sólo de un magnicida frustrado, Giuseppe Zangara, sino también de uno de los peores asesinos en serie de la historia de los Estados Unidos, Ted Bundy.

 

Paso al progreso

La silla eléctrica nació en 1880 fruto de la conjunción involuntaria  de dos genios en competencia, Thomas A. Edison y George Westinghouse. A Westinghouse no le gustaba la idea de usar su electricidad para las ejecuciones, temía a la mala publicidad, y se opuso todo lo que pudo a su adopción. Era sin embargo imposible detener el avance incontenible del progreso humano y la silla eléctrica fue aceptada como un método nuevo, y más humano, de acabar con la vida de criminales  que de todas maneras debían morir. La primera persona  en ser ejecutada por la silla eléctrica lo fue en Nueva York, se llamaba William Kemmler y en su ejecución se cumplieron las peores predicciones de Westinghouse. La  silla funcionó imperfectamente, el condenado sangró por todos los orificios de su cabeza y fue ahumado hasta morir en medio de un horrible olor a carne quemada. Al día siguiente, confirmando las pesadillas de Westinghouse, un periódico, y no de los más sensacionalistas, anunció «Kemmler westinghouseado«. Westinghouse, legítimamente molesto, declararía más tarde «se habría hecho un trabajo mejor con un hacha«. Sin embargo la decapitación, el único de los métodos que nunca falla y funciona de forma casi inmediata, nunca ha sido aceptado en los Estados Unidos…  demasiado sangriento.

Old Sparky se encuentra en la Prisión Estatal de la Florida de la ciudad de Starke, en el norte del Estado y entre 1924 y  el 2000 Old Sparky fue el único método de ejecución del  Estado de Florida. El año 2000 fue sustituido por la inyección eléctrica por una decisión de la Corte Suprema de  Justicia de los Estados Unidos. Old Sparky sin embargo continua existiendo y puede ser usada como método alternativo  de ejecución a demanda del ejecutado. El motivo de que fuera sustituida como medio principal de ejecución y relegada al papel de suplente se debió a la manera en que solía fallar durante sus últimos años de funcionamiento. Así en las ejecuciones de Jesse Tafero (4 de mayo de 1990) y Pedro  Medina (25 de marzo de 1997) ardieron las cabezas de los  condenados, suscitando la cuestión de si la silla eléctrica podría, tal vez, ser incluida entre los castigos crueles e  inusuales que la Constitución Norteamericana considera como ilegales. Opinión que fue debidamente contestada por  Bob Butterworth, por aquel entonces fiscal general del Estado, que comentando  la muerte de Medina declaró: «Si alguien quiere cometer un asesinato será mejor que no lo haga en La Florida porque me han dicho que nuestra silla eléctrica parece tener problemas«. 

En realidad la silla eléctrica no tenía ningún problema sino  que los fallos eran debidos a errores del personal a cargo de la ejecución. Para asegurar la muerte del condenado, desde Kemmler hasta nuestros días se ha mejorado el sistema, ahora este tiene que llevar en la cabeza una esponja saturada  en un líquido salino, que asegura el contacto entre la  cabeza del condenado y el electrodo. En el incidente de Tafero la esponja natural fue sustituida por otra sintética—ligeramente más barata—que  ardió. Eso es lo que pasa cuando se intenta ahorrar dinero. En el caso Medina la esponja no habría sido suficientemente  humedecida y este, como es normal, ardió. Y eso no  habría pasado si los ejecutores hubieran visto de The Green  Mille con Tom Hanks… eso es lo que pasa cuando no se va  al cine.

Fue la ejecución de Allen Lee Davis (7 de julio de 1999) la que provocó la actual situación de medio retiro de Old Sparky. Davis, apodado «Tiny» («Quiquitin«) porque era muy gordo, fue ejecutado por matar a golpes a una mujer embarazada y a tiros a las dos hijas de esta, de cinco y nueve años. Es sólo una opinión, modesta, pero creo que el buen hombre merecía una muerte desagradable. En cualquier caso Davis acabó con su camisa manchada de sangre y tuvo varios estertores antes de abandonar este mundo. La fuente de la sangre, hemorragia nasal, no era evidente ya que el  condenado llevaba puesta una capucha. Un inspector de prisiones tomó las fotos rituales de la ejecución, que circularían después por todo el mundo, en las que se veía a la mala bestia atada aún a la silla, cubierto de sangre. En el otoño de 1999, por mayoría simple (siete a cuatro) la Corte Suprema de Justicia de la Florida decidió que la Silla eléctrica era un medio constitucional de matar a sus condenados a muerte.

Uno de los jueces que votó en contra, Leander J. Shaw, unió  varias de las foros del ejecutado a su opinión en contra y, formando estas fotos parte de su informe final, estas aparecieron en el website de la Corte Suprema de Justicia del estado, donde miles de personas pudieron verlas por vez primera.

No hay que pensar que todo el mundo las vio con  horror y se sabe de padres que les enseñaron las fotos a sus  hijos como forma de advertencia: «Pórtate mal en La Florida y tu muerte será como tu vida: sucia, cruel y brutal, además aparecerás en Internet y Bob Butterworth hará un chiste cruel pero gracioso sobre tu muerte«. La gente de fuera del estado, primero los malditos yankees (expresión que en este contexto no alcanza  a todos los norteamericanos sino tan solo a los nacidos al Norte de la línea Mason-Dixon) y después los decadentes europeos protestaron. Las protestas europeas no sirvieron para nada—porque rara vez sirven dentro de los Estados Unidos—pero algunas protestas norteamericanas llevaron el caso de la supervivencia de Old Sparky ante los tribunales  federales.

Los políticos de La Florida trataron de defender las tradiciones estatales pero al final, por consejo del mismo fiscal Butterworth, del que ya conocemos su savoir vivre, su finesse y su sensibilidad a la hora de las declaraciones públicas, se acordó sustituir la venerable silla por la inyección letal, aunque sin perder de vista a la silla eléctrica como método  alternativo. En honor a la verdad hay que decir que es más que posible que tampoco la silla eléctrica fuera culpable del sufrimiento de Davis. En realidad la sangre se debía a una  mordaza mal colocada que le había hecho sangrar desde  antes de la ejecución.

Desde entonces, desde la adopción de la jeringuilla, y en las fiestas que acompañan a las ejecuciones fuera de las cárceles floridanas no es raro encontrar camisetas con una leyenda que suena mucho más graciosa en inglés que en su traducción castellana: «Sólo los mariquitas prefieren las inyecciones”.