Extremo occidente: inmigrantes, gangsters, soldados y políticos

El enfrentamiento, tanto con la ley como con otros grupos anteriores, anima innumerables filmes y series televisivas, desde clásicos considerados serios como West Side Story (1961), a fantasías para adolescentes, como una serie televisiva dedicada a los vampiros, Angel (1999-2004), en la que clanes de demonios hacían las veces de inmigrantes en Los Angeles y reproducían, a menudo con efecto intencionalmente cómico, los mismos conflictos internos que las familias inmigrantes humanas. Otra serie televisiva dedicada a los vampiros, esta de corta duración y escaso éxito, Blood Ties (1991), incluyó en su día no sólo alusiones al lenguaje políticamente correcto invocado por las minorías –sus personajes se ofendían al ser llamados ‘vampiros» y preferían denominarse ‘carpato-americanos’—, sino incluso una banda de delincuentes juveniles, de base étnica, compuesta por jóvenes vampiros… oh, perdón: jóvenes ‘carpato-americanos’. Es curioso, pero así como en Miami sí hay bandas juveniles, e incluso bandas juveniles hispanas, no conozco bandas juveniles específicamente cubano-americanas. Los cubanos, a pesar de Scarface, son uno de los pocos grupos inmigrantes a los que una serie de circunstancias tanto administrativas como sociales ha evitado la experiencia criminal como atajo en su camino hacia la prosperidad norteamericana. Hay criminales entre los cubano americanos, y la década del ochenta vio una buena cantidad de narcotraficantes miamienses, asociados a los cárteles colombianos, pero no un crimen organizado específicamente cubano americano; no existe mafia cubana equivalente a la italiana o rusa, ni siquiera bandas estables equivalentes a las de otros enclaves étnicos, como las que crearon los irlandeses y judíos de New York durante los Siglos XIX y XX.

No tan famosa como la mafia auténtica, la siciliana, la delincuencia judía e irlandesa ha dejado también bastantes rastros en el cine norteamericano, como Once Upon a time in America (1984) que giraba en torno a una banda de gangsters judíos en tiempos de la prohibición y sus posteriores conexiones políticas, o Road to Perdition (2002), en que los gangsters son claramente irlandeses de tercera o cuarta generación. Un drama en el que sus personajes son irlandeses bien instalados en su nuevo país, comparados con los recién desembarcados que aparecen en Gangs of New York (2002), otro filme que junto a otros temas más evidentes, muestra la relación entre identidad étnica y política electoral, así como los orígenes de la fidelidad tribal de los inmigrantes irlandeses hacia el Partido Demócrata, representado por Tammamy Hall, un club social y político real de infausta memoria, cuya influencia y fama de corrupción llegó desde el Siglo XIX hasta los años treinta del Siglo XX.

Las peleas de Gangs of New York palidecen junto a las escenas en que pequeños delincuentes y políticos arreglan elecciones y se reparten los cargos públicos. Estrenada sólo dos años después de las confusas elecciones presidenciales del 2000, frases como «en una democracia no cuenta como se vota sino como se recuentan los votos» no dejaron de causar risas, nerviosas, en algunos cines…

Al inicio de la historia política, y de cinematográfica, de los irlandeses en Estados Unidos están aquellos políticos de Tammamy Hall, el club demócrata de New York, y al final, un siglo más tarde, está el personaje Frank Skeffington, interpretado por Spencer Tracy, el viejo político cansado que es personaje central de The Last Hurrah (1958), una película que transcurre en Nueva Inglaterra y trata de la última campaña electoral de un candidato, ya varias veces reelecto, cuya última baza es su origen irlandés en un momento, los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, en que los irlandeses estaban ya lo suficientemente integrados en su nuevo país como para no necesitar de un líder tribal que los defendiera y sí de un administrador honrado que los representara. Demócrata y populista, menos corrupto en el film que en la novela que lo inspiró, Skeffington es parte de un aparato político que ya no sirve para nada –y además recuerda peligrosamente a Tammamy Hall—, y es finalmente derrotado por otro candidato, igualmente irlandés pero cuyo atractivo no es tanto su honradez como su normalidad norteamericana, su anonimato, su obvia integración en su único país, los Estados Unidos: un candidato irlandés tranquilizador para los no irlandeses pero por el que también pueden votar aquellos irlandeses que estando orgullosos de sus antecedentes saben que no los dejará en mal lugar. Hay que decir que Frank Skeffington estaba directamente inspirado en el ex gobernador James Michael Curley, y que el veterano joven, guapo y de origen irlandés, que derrotó a Curley en sus últimas elecciones no era el monigote anodino que aparece en el film sino que era John Fitzgerald Kennedy en su primera campaña electoral. Después de estrenada la película, la prensa entrevistó a Curley y le pregunto si la había visto y de ser así cual era su escena favorira. Curley no les decepcionó con sus respuestas. ¿Mi escena favorita? Cuando me muero al final del film.

Entre ambos filmes, Gangs of New York y The Last Hurrah! están las dos guerras mundiales, pero también, eso es más importante, la Guerra Civil. Las escenas más aparatosas de Gangs of New York transcurren en medio de las revueltas con que los irlandeses de esa ciudad contestaron al reclutamiento obligatorio proclamado por el gobierno de Lincoln. Los incidentes son minimizados, en el film duran sólo un par de días; son políticamente correctos, están casi libres del carácter racista, antinegro, que tuvieron en realidad; y la voz en off del narrador trata de extenderlos a otros grupos inmigrantes, lo que es falso ya que no existía aún ninguna comunidad italiana y el otro grupo inmigrante más numeroso, los alemanes, tomó partido por la policía, el ejército y el Partido Republicano durante la revuelta, organizando patrullas vecinales. Pero si es cierto que bastantes irlandeses de New York se rebelaron contra el reclutamiento, también es cierto que los policías y regimientos que se usaron para acabar con la rebelión fueron en gran parte irlandeses, y que otras unidades irlandesas participaron en la Guerra Civil. Lo que nos lleva a otro film de guerra, por suerte sin negros linchados en las farolas, y a otros irlandeses vestidos de azul.

Fort Apache (1948) es el primero de la trilogía de filmes dirigidos por John Ford e interpretados por John Wayne, dedicados a la caballería. Es también probablemente el mejor y una clara muestra de que un género a menudo acusado de simplista, esquemático y racista puede estar lleno de sutilezas y acentos, que se perdieron con su traducción al castellano. Es un film sobre la caballería en que los indios son más razonables que el oficial al mando de los soldados, en que Henry Fonda interpreta un personaje que sin ser necesariamente malo está lleno de prejuicios, mientras John Wayne se interpreta de nuevo a sí mismo, y podemos ver, finalmente crecida, a Shirley Temple. La trama central gira en torno a un oficial ordenancista, el Coronel Thursday (Henry Fonda) que destinado a un puesto que le va grande, logra hacer escalar una serie de incidentes con los indios apaches hasta lograr una guerra total, en contra de los consejos de su segundo en el mando, el capitán York (John Wayne). Al final del film Thursday se redime haciéndose matar junto a sus soldados y York queda al mando del regimiento. La estupidez, y mezquindad, de Thursday que no es común en los oficiales retratados en filmes norteamericanos de aquel momento, recuerda en muchos detalles a la del Custer real, derrotado en Little Big Horn, y hace de ese film uno de los primeros en criticar aquel icono histórico de los Estados Unidos. La trama secundaria de la obra, los amores casi frustrados entre la hija del coronel, Philadelphia (Shirley Temple), y un nuevo oficial no son sin embargo tan fáciles de seguir para el público no advertido. Sobre todo para el público español que ha visto ese film en una traducción sin acentos étnicos e ignora las distinciones y diferencias de clase que en el inglés puede suponer tener este o aquel acento. El teniente Michael O’Rourke (John Agar) es un graduado de West Point –Academia a la que entró porque su padre había ganado la Medalla de Honor del Congreso–, es alto, guapo, soltero, de intenciones claramente honorables y un buen partido. Sin embargo el coronel se opone a que corteje a su hija. Aunque nunca se diga de forma expresa en la película el público norteamericano, sobre todo en 1948, sabía, recordaba, que el motivo era evidente: O’Rourke es irlandés, y posiblemente un católico—o para emplear el vocabulario norteamericano empleado en Estados Unidos en la década de 1870: un maldito papista. Al final del film, muerto el coronel, se puede ver a O’Rourke y Philadelphia Thursday casados. Los sacrificios de su padre durante la Guerra Civil y su propio valor, sin olvidar la desaparición de su estirado suegro, han hecho de O’Rourke no sólo un oficial y un caballero sino además un caballero lo suficientemente afortunado como para ser digno de casarse con la hija de una vieja familia protestante de la Nueva Inglaterra.

Acabada la guerra los irlandeses pasaron de delincuentes a policías. Vendetta (1999) –que no hay que confundir con V de Vendetta– gira en torno a los conflictos raciales provocados por la presencia de estibadores y comerciantes italianos en los muelles de New Orleans en la segunda mitad del Siglo XIX y el asesinato de David Hennesy, el jefe de policía irlandés de esa ciudad, que fue seguido por el linchamiento de varios detenidos de origen siciliano por una turba airada que, por una vez, unió a blancos nativos, irlandeses e incluso negros, contra los italianos, cuyo jefe, Giuseppe Macheca, es interpretado por un actor portugués, Joachim de Almeida. Aunque probablemente algunos de los acusados tenían relaciones con la Mafia, y el juicio en el que habían sido absueltos estuvo lleno de irregularidades, sobornos a los jurados y amenazas a los testigos, los malos del film no son los irlandeses, ni los sicilianos, sino, por obra de la moderna corrección política, un líder nativista, inexistente en la historia real, que atiza unos contra otros, interpretado por un siempre siniestro germano americano: Christopher Walken.

En filmes sucesivos dedicados al hampa en los años de la prohibición será común encontrarse con gangsters de apellido italianizante contra policías norteamericanos, de origen vagamente irlandés, hasta llegar a The Untouchables (1987), con Kevin Costner, Sean Connery y Robert de Niro, en que el personaje de Stone, un italiano que ha americanizado su apellido de Petra, interpretado por el cubano Andy García, fue introducido por los guionistas para impedir que el film acabase siendo una pelea entre italianos e irlandeses, o, mucho más vulgarmente, entre Wops Micks. Supongo que el mismo motivo que ha llevado a que hoy, en prácticamente todas las nuevas series policiales norteamericanas aparezca por lo menos un policía hispano, o un supervisor negro, para impedir que los filmes sobre tráfico de drogas sean, como antes los dedicados al contrabando de alcohol, de nuevo peleas entre anglosajones y miembros de minorías étnicas más oscuras o extranjeros indeseables.