Entrevista a Mario Michelena

 

Fotografía Ricardo Montoya

Mario Michelena es un autor peruano radicado en New York hace veinte años. Su nueva obra es Uno nunca sabe por qué grita la gente y acaba de ser publicado por el sello Chatos Inhumanos.


Su primer libro fue una novela (Las esquinas redondeadas, 2015) y el segundo, que se está presentando en la Feria del Libro de Lima 2018, es una recopilación de cuentos. Mucha gente piensa que los relatos cortos cuestan menos que los de largo aliento ¿Está usted de acuerdo?

¡Espero que cuesten menos porque el libro va a ser mucho más delgado! Pero hablando en serio, ese tipo de generalizaciones me parecen bastante insípidas, como si alguien que trota en el parque los domingos se preguntara si le sería más fácil lanzar disco o martillo. Lo cierto de escribir ficción es que ninguna experiencia previa te prepara para ello y que una vez que te embarcas enfrentas las trabas que tu (falta de) talento y carácter te imponen. Cada paso es un descubrimiento porque tu reacción emotiva ante la escritura solo se te va a revelar en el acto de escribir. Yo no planeaba escribir una novela, pero hacerlo fue una experiencia francamente curativa. Una vez que el cuento que pensé que estaba escribiendo se hipertrofió hasta llegar a las 100 páginas tirarlo resultaba una opción cada vez menos válida. El desperdicio de esfuerzo, el haberse desnortado eran algo que había que enfrentar y eso, alcanzar el aplomo y la convicción necesaria para seguir con un proyecto durante años, sin desanimarse y abandonar, fue curativo para mí. Tres de los cuatro cuentos de este libro los comencé a escribir mucho antes que mi novela pero no los pude reevaluar, reescribir y aceptar como míos hasta que no hube escalado esa otra montaña y mirando para abajo los vi a mis pies y me dije “pero si eso es fácil”. En ese momento los reformulé completamente. En resumen, mi respuesta es que la dificultad no estriba en escribir cuentos, novelas, poemas u obras de teatro, sino en encontrar un equilibrio íntimo que te permita descubrir, aprender y aceptar lo aprendido, teniéndote a ti mismo como único maestro y alumno. Es un oficio estremecedoramente solitario.

Entre los autores peruanos de su generación hay una marcada tendencia a la autoficción. En su caso, parece ser lo contrario: las referencias autobiográficas más identificables son tal vez el escenario neoyorkino (Michelena reside en NY desde hace 20 años) y las anécdotas judiciales (trabaja como traductor en el Ministerio Público). ¿Cómo explica esta tendencia entre sus contemporáneos? ¿La suya es una elección estilística consciente o una necesidad creativa que se le impuso al empezar a escribir?

Sería muy pretencioso tratar de explicar las elecciones de los demás, así que no voy a intentarlo. La tendencia natural a hacer crónica de la propia vida es obviamente el flujo emotivo que anima a las redes sociales, las de hoy y sus precursoras. Nos hemos acostumbrado a convivir con la actualización constante de cómo se sienten nuestros amigos, conocidos, las celebridades, etc. Si ese es el mundo en que vivimos es lógico y esperable que la ficción literaria forme parte de esa misma trama y que se contemple y se reconozca como tal. No sé a qué se deba que a alguien le apetezca ofrecer un producto de apariencia más contemporánea y a otro uno de apariencia más pasadista (si es que esa es mi situación). Pero en mi caso no son elecciones conscientes sino una depuración estilística que se ha dado en las décadas que llevo escribiendo y en las décadas que llevo fuera del Perú. Como no aspiro a mayor difusión ni dependo económicamente de escribir, no me cuestiono mis elecciones en esos términos. Tal como están, estos cuentos, junto con mi novela, son lo único que he logrado producir de lo que me siento francamente orgulloso y que me parece un objeto artístico autónomo y brillante, que puede defenderse por sí solo ya esté mi cara en la contraportada o no. Supongo que por eso también rara vez pienso en los autores peruanos de mi generación como un referente específico con el que tenga que compararme.

Nueva York no es la única presencia norteamericana recurrente en su obra. También se percibe la influencia de narradores de esas tierras como Raymond Carver y Alice Munro. ¿Qué otros?  ¿Acaso será usted el único escritor peruano que no se declara hijo literario de Mario Vargas Llosa?

No creo en la predestinación como para suponer que mi pasión por la literatura norteamericana fue lo que me llevó a afincarme aquí. Pero no me cabe duda de que la narrativa norteamericana de los últimos 80 años ha sido mi influencia principal o por lo menos lo que he leído más y con más gusto. Todavía me acuerdo de la emoción que sentí al ver la película Short Cuts de Robert Altman, basada en los cuentos de Carver, en el viejo cine Roma allá por 1993 o 94. Y recuerdo una reseña de Jonathan Frantzen aparecida en el suplemento literario del New York Times el 2001 o 2002, que me llevó a leer por primera vez a Alice Munro. Podría mencionar decenas de otros autores que me encantan, pero el único que sospecho que se entrevé con claridad como influencia en mi novela (así que me disculpo desde ya por la ofensa) es Raymond Chandler. En cuanto a Vargas Llosa acabo de leerlo después de unos 15 o 20 años (La fiesta del chivo) y realmente me parece que hace virtud de lo que en otros autores peruanos queda como defecto. En su estilo lo folletinesco, el heroísmo un poco acartonado y sin claroscuros, la violencia desbordante, funcionan y dan un producto atractivo y sagaz. No sé cómo, la verdad, y jamás me atrevería a intentarlo porque a los que he visto hacerlo les ha quedado mal.

El hecho de vivir fuera del país desde hace tanto tiempo puede ser enriquecedor en cuanto a temas y puntos de vista, pero ¿también puede ser un inconveniente? Me refiero a no formar parte de círculos con cierto tipo de contactos o no sintonizar con los temas o los estilos que mejor funcionan entre los lectores locales.

Obviamente el que yo viva fuera hace más difícil promocionar y difundir lo que publico, ya que no estoy a la mano en caso de que la oportunidad promocional se dé. Por otro lado, debido a que el Perú es tan estratificado, clánico y excluyente, por mi origen socioeconómico estoy en mejor posición para darme a conocer desde aquí que una persona de apellido indígena que escriba en una ciudad de provincias. Es la vergonzosa realidad. Conozco de primera o segunda mano a muchas personas con presencia mediática, pero creo que mi carácter ha hecho que esos amigos de hace 20 años hoy sean meros conocidos. En este caso el libro se va a publicar en pequeños tirajes, primero en Lima y luego en Nueva York, e incluso, si la voluntad y los fondos alcanzan, en traducción al inglés más adelante. En cuanto a los temas o estilos que mejor sintonicen con el lector local, no creo que el mercado peruano tenga la infraestructura, diversidad, alcance y desarrollo como para que nadie tenga una idea cabal de cuáles podrían ser los temas que más interesen al lector local. No hay suficiente paridad en la visibilidad de la oferta como para sacar ninguna conclusión. Cuando pienso en publicar en Lima siempre recuerdo lo que cuenta Karl Ove Knausgaard sobre sus expectativas, cómo esperaba que se pusiera en marcha el aparato literario para recibir y digerir su primera novela (siendo él un completo desconocido sin mayores contactos) y, bueno, dan ganas de llorar “de pica, de rabia y pena” como dice el vals.

La violencia política es otro de los temas recurrentes entre sus colegas de oficio. Si bien usted no aborda ese tema directamente, uno de los cuentos de este libro (El colchón) nos pone ante los traumas que persiguen a las víctimas, directas o indirectas, del terrorismo de estado. Aunque la historia está ambientada en un pueblo uruguayo, bien podría haber ocurrido en el Perú. ¿Por qué esa elección?

La razón específica y mundana es que mucho de lo que se cuenta procede de anécdotas reales que me contaron en Montevideo. Pero, además de eso, una anécdota como la de El colchón, si se tratara de ambientar en el Perú de los ochentas, no sería representativa de la guerra interna peruana. El cuento aborda, desde el punto de vista de un hijo, las secuelas que le dejaron tres semanas de cárcel y el quedar políticamente “marcado” a un activista de izquierda en zona rural. En el Perú esa persona no sobrevivía (no por minimizar a los desaparecidos uruguayos). Mucho de lo que se escribe sobre la violencia política en el Perú presenta en un primer plano o en el trasfondo las masacres de campesinos, las comunidades arrasadas, las fosas comunes, etcétera. Por razones obvias. Se parece mucho más a la violencia política en Guatemala, por ejemplo. Pero esos no son temas que yo me sienta capaz de abordar. Por añadidura se me haría difícil encarnar la voz de un campesino quechuahablante, que para mí resulta mucho más ajeno que un uruguayo, para bien o para mal.

La violencia, sin embargo, está muy presente en sus relatos, pero no de manera explícita: la hostilidad del sistema hacia el individuo, y cómo esto condiciona nuestra vida aunque no nos demos mucha cuenta. Sus personajes no se rebelan ante esa realidad ni se agobian buscándole explicaciones, básicamente tratan de sobrevivir lo mejor que pueden con lo que les ha tocado, aun si ello implica traicionar de vez en cuando los propios principios. ¿Diría usted que esa es una manera muy peruana de afrontar la vida?

Parte de lo que uno pretende en un cuento es lograr un efecto de “onda expansiva”. Es decir, que a partir de una anécdota relativamente limitada y trivial se revelen crisis o fisuras más significativas en la vida de los protagonistas. Cualesquiera sea la forma en que el protagonista reaccione, es difícil que la resolución de esa crisis lo lleve a sentir que la totalidad de su vida se ha enmendado, o que se sienta completamente en paz con sus decisiones previas, sus carencias e insatisfacciones. En ese sentido, lo que el protagonista descubre o lo que se ve obligado a encarar debido a los incidentes que se narran con frecuencia le deja un sinsabor de frustración o de pasividad. Pero no sé si eso sea algo peruano per se. De hecho, los incidentes se interpretarían de una manera muy diferente en un contexto peruano. Por ejemplo, en uno de los cuentos la protagonista es una mujer que lamenta sutilmente lo que ha sacrificado en busca del ascenso socioeconómico. Pero ha logrado el ascenso socioeconómico, aunque eso no logra contentarla. En el Perú, donde un ascenso socioeconómico semejante sería mucho más difícil y, por ende, más gratificante, las coordenadas sentimentales serían otras.

¿Ha pensado en publicar en inglés, como Daniel Alarcón?

No. Para Daniel escribir en inglés es natural porque emigró a los 3 años. Es su idioma. Yo vine a los 25. Aunque sea funcionalmente bilingüe tengo claramente un idioma dominante y es el único idioma en el que puedo aspirar a reproducir, por ejemplo, el habla cotidiana de una persona y tener más o menos claro a qué clase social pertenece. De todas maneras, el inglés tiene cualidades que son imposibles de reproducir en castellano y que es una pena no poder aprovechar. Por ejemplo, yo siempre recuerdo una frase de Do androids dream of electric sheep?, la novela en la que se basó Blade Runner, que ocurre cuando Deckard le dispara a una replicante dentro de un ascensor. Dice: “He burrowed her chest”. El verbo significa “cavar una madriguera” pero encapsulada y sintética como un disparo.

De lo que ha podido leer de los escritores peruanos jóvenes ¿Qué es lo que más le ha gustado? ¿Se siente cercano a alguno de ellos por temas o estilo?

De aparición reciente me gustaron “Todo termina esta noche” de Johann Page y, muchísimo, “Nuevos juguetes de la guerra fría” de Juan Manuel Robles. También “La distancia que nos separa” de Renato Cisneros. Entre las más antiguas también me gustaron “Las islas” de Carlos Yushimito y “Casa de Islandia” de Luis Hernán Castañeda. Y todo lo de Daniel Alarcón, sin caer en la polémica de si es un escritor peruano o no.


Entrevista realizada por la periodista Jenny Llanos, autora de reportajes urbanos para diversos medios de prensa en Lima, como la revista Somos de El Comercio. Actualmente vive en Europa.

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