ENCARCELADOS

José Luis Muñoz

 

Una cadena nacional de televisión de España ha realizado una interesante serie que se titula Encarcelados y que se ha empezado a emitir hace una semana. Los programas, grabados en el interior de las peores prisiones del mundo, cuentan los avatares por los que pasan los presos españoles encarcelados en ellas, mayoritariamente por tráfico de estupefacientes. Los presos cuentan a la cámara lo que eran antes de ser encarcelados, los motivos que les llevaron a delinquir con ese tráfico de sustancias prohibidas — la maldita crisis económica que tantas víctimas está dejando en mi país —, no tratan en ningún momento de exculparse — Intentamos pasar droga a sabiendas de lo que nos podía pasar — y cuentan el desolador panorama presente con el que tienen que lidiar a diario en prisiones infectas atestadas de reclusos.

El primer programa de la serie, estremecedor, se filmó en prisiones de Bolivia y a raíz de él mi aprecio por Evo Morales, uno de los pocos presidentes latinoamericanos indígenas, cayó muchos enteros. Narraban los presos españoles en cárceles gestionadas por las mafias de los propios reclusos que reproducen en el interior de ellas las mismas injusticias y desigualdades que existen en el exterior, arrogándose el papel de empresarios carcelarios, cómo debían pagar el alquiler de su inmundo habitáculo lleno de cucarachas y chinches, y la infecta comida, y cómo eran sistemáticamente extorsionados, mediante torturas y toda clase de vejaciones por parte de reclusos, para que entregaran un dinero que no tenían pero que se les suponía por su origen español —los nativos siguen culpando a los españoles del saqueo producido durante la conquista y esa culpa la hacen extensiva a todos los que ostentamos esa nacionalidad —. Lo que mejor llevaban esos reclusos españoles, e imagino que no pocos bolivianos que también serían víctimas de esos matones que gobiernan las prisiones estatales sin que las autoridades hagan otra cosa que impedir que crucen la puerta y salgan a la calle, era la privación de libertad, y lo que peor el infierno que suponía lidiar día a día con esos tipos violentos y pendencieros que los aterrorizaban por sistema y que podían llegar a asesinarlos impunemente.

Los sistemas penitenciarios europeos, salvo excepciones en los países del este — Rusia y algunos países resultantes del desmoronamiento del bloque soviético — pretenden la rehabilitación del delincuente, no sólo su castigo, para devolverlo a la sociedad y que pueda integrarse en ella en un futuro. Buena parte de los sistemas penitenciarios de la otra orilla, sin exceptuar el norteamericano, lo que buscan es simplemente el escarmiento del delincuente para que posibles candidatos a delinquir se lo piensen dos veces antes de emprender el mismo sendero de los recluidos. La pena impuesta en estos sistemas, que violan con frecuencia los derechos humanos de los recluidos y los tratan peor que a fieras enjauladas, es doble: privación de la libertad y condena a vivir en un infierno continúo a no ser que decidan formar parte de la clase superior que domina el funcionamiento interno de las prisiones, los matones que detentan el poder físico y económico mediante el terror.

En los años 70, una película de género carcelario, subgénero del cine negro en el que el cine norteamericano aporta y ha aportado un buen número de filmes estremecedores, sacudió las conciencias de los espectadores: El expreso de medianoche, dirigida por Alan Parker. La abominable prisión que se describía en ese film, inspirado en hechos reales, se encontraba situada en Turquía y lo de menos, como en esa prisión de Bolivia en donde las cámaras de una televisión se han metido para hurgar en sus entrañas, era la privación de libertad y lo de más, las condiciones insoportables e inhumanas de los allí recluidos. Las prisiones norteamericanas, más limpias que las turcas y que las bolivianas, mejor gestionadas, no se escapan de ese trato vejatorio que se da a los allí recluidos, ni se impide que reine el matonismo que impone su ley de silencio con la complicidad de buen número de funcionarios acostumbrados a mirar hacia otro lado o a ser sobornados. Por los mismos años que El expreso de medianoche vi una película norteamericana, dirigida por Tom Gries, un realizador artesanal pero eficiente contador de historias, titulada La casa de cristal y protagonizada por Alan Alda, un ciudadano observante de la ley que terminaba entre rejas a causa de un accidente de tráfico; su enfrentamiento con el hampa que gobernaba la prisión, liderada por Vic Morrov, resultaba estremecedor.

Las prisiones bolivianas, a juzgar por ese reportaje que he podido ver, no tienen solución pues ni siquiera en el interior de ellas hay funcionarios que velen por el mantenimiento de un cierto orden y protejan a los reclusos víctimas de ese acoso vejatorio que los puede llevar al suicidio cuando no a ser directamente asesinados. En las prisiones norteamericanas, a pesar de la presencia de funcionarios en el interior de ellas, ese trato vejatorio entre reclusos es bastante normal y no se libran de agresiones, violaciones o asesinatos.

El sistema garantista de la legislación española permite al preso, si mantiene un buen comportamiento y exterioriza arrepentimiento por el delito cometido que le llevó a prisión, una redención de penas considerable y la posibilidad de que sea admitido en el seno de la sociedad una vez quede libre, pero tampoco se libran los reclusos, a pesar de los esfuerzos de los funcionarios de prisiones por evitarlo, de que la ley de la cárcel, más dura que la de los tribunales de justicia, aplique el máximo castigo, la muerte, contra pederastas, violadores o parricidas, delitos que repugnan a ladrones, estafadores o asesinos que establecen una clara diferenciación entre los delitos. Hace muchos años un repulsivo asesino y violador de ancianas fue acuchillado hasta la muerte en el patio de una prisión ante la pasividad de los funcionarios que no intervinieron para detener al homicida sino cuando éste acabo la faena. Es muy posible que un fin parecido tenga otro repugnante delincuente, el parricida Juan José Bretón, condenado a cuarenta años de prisión por el asesinato y posterior cremación de sus dos hijos pequeños como venganza contra su esposa, caso que ha horrorizado a toda la sociedad española.

Los tribunales de justicia son duros, pero los hombres son despiadados y entre los muros de las prisiones reina la ley de la selva. Es quizá por eso que el único preso español que no era vejado en esa cárcel boliviana del reportaje se pasaba un buen número de horas en el gimnasio.

 

*José Luis Muñoz es escritor. Sus últimos libros publicados son Patpong Road (La Página Ediciones, 2012), La invasión de los fotofóbicos (Atanor Ediciones, 2013), La doble vida (Suburbano Ediciones, 2013) y El secreto del náufrago (Ediciones del Serbal, 2013)