El viaje estético a pie de Carlos Pardo

El libro sobre el que hoy escribo bien podría haber formado parte de la serie que dediqué a la cultura pop en España, y que tan de interés es en esta revista, que echa siempre una mirada curiosa y creativa hacia la cultura pop, como se observa por las últimas actividades y publicaciones de Pedro Medina, su director. Y explico esto porque el texto de hoy lo firma Carlos Pardo (Madrid, 1975), hermano de dos de los miembros fundacionales de una banda mítica del garaje indie español como fue Sex Museum, sobrino de José Ramón Pardo, el conocido periodista musical, y uno de los poetas más destacados de su generación (tal como indica la solapa), autor de El viaje de Johann Sebastian, mi nuevo protagonista de la serie sobre la literatura del yo.

Se trata de un texto desigual, construido de forma fragmentaria —cómo sino se puede trabajar la memoria—, en el que me pierdo por momentos, porque el autor trabaja con materiales muy disímiles: su primer texto en prosa (p. 51), la novela de su hermano Javier (p. 161), un relato histórico ficticio sobre la vida del joven Johann Sebastian Bach (p. 105), que da título al libro, y el diario de la madre del autor (p. 217). Todo eso se entremezcla con escenas familiares y pasajes cotidianos de la vida de Pardo.

Entiendo la intención del autor cuando afirma: “Pocas veces me he sentido tan feliz como escribiendo esto que no ha sido sancionado por la crítica, que no sé escribir correctamente, que no es poesía ni novela ni autobiografía. Ni mentira ni verdad. La media distancia de las relaciones humanas, un contacto, y a la vez algo tan libre como el escaqueo” (pp. 97-98). Y le agradezco mucho una de esas irregulares entradas, el diario de la madre, el fragmento que va de las páginas 217 a 224. Son apenas 8 cuartillas, pero ejercen de mapa de todo el texto. Es entonces cuando este lector comprende esa conciencia de clase—o de desclase, mejor dicho—  de la que Pardo ha impregnado muchas páginas y con la que se identifica. Se trata de una crítica social que alcanza su momento álgido en la escena de la fiesta de aniversario de su editora (pp. 185-188). Allí el autor realiza una disección de los males del grupo generacional que surge tras la Transición, que se educa en la música de los 80 con sus hermanos, y que acaba llegando al Olimpo del consumo cultural en la década de 1990. Se trata también de la generación que ideológicamente se encuentra detrás del movimiento 15M, como se observa en las continuas menciones al concepto de pueblo a las que apela Pardo. Son juicios que confunden a este lector cuando los mezcla con el elitismo de la sección titulada Dandis, o la condición social del hijo de un profesional bien pagado, élite del postfranquismo, que llevaba a los hijos a colegios clasistas pese a que se olvidara de pagarlos, y que no se organizan en la cabeza hasta que se llega al diario de la madre, y se entiende que Pardo elige a la madre, la genealogía humilde de la madre frente a la de la mucho más influyente familia del padre. Después está el tema del anacronismo.

Más allá de algunas canciones, algunos grupos que comparte con sus hermanos, Carlos Pardo se nos confiesa a los lectores como una persona anacrónica, como alguien que llega a la literatura, primero a la poesía, porque es un idealista y porque conoce el carácter inútil del valor de la escritura, y no porque sea un lector de poesía realista sucia norteamericana y literatura pop, que no lo es, y sí de Garcilaso (p. 99). No le falta razón, Garcilaso es el primer gesto de modernidad en la literatura española y sería muy bueno reivindicarlo como lo hace el autor. Tampoco le falta capacidad para incursionar en los terrenos ignotos de la literatura que quiere construir, a medio camino entre lo verdadero y lo novelesco. Sin embargo, en algunos pasajes a este lector le hubiera gustado que la guía, la estructura del texto, se le hubiera revelado antes.