El escritor español Ángel Olgoso ha sabido ganarse a pulso un lugar entre los lectores hispanohablantes. Desde su primer libro, titulado Los días subterráneos, el autor granadino ha planteado situaciones y atmósferas únicas, personales, en las que el lenguaje adquiere un lugar preponderante. Pese a la calidad literaria que le caracteriza, durante mucho tiempo los lectores de Olgoso se restringieron a un selecto círculo de adeptos, acaso debería decir fieles, que esperaban cada una de sus nuevas publicaciones con el vértigo de quienes serán sometidos a experiencias límite. Sin embargo, lentamente, gracias a las recomendaciones, los consejos, las conversaciones, en resumidas cuentas esa manera tan sana que todavía tienen los lectores de poder dar a conocer distintos escritores, el autor de Cuentos de otro mundo se ha ido asentando como un referente cuando se trata de formas breves, sean éstas cuentos, relatos o microficciones. Hoy por hoy, podemos decir, sin temor a equivocarnos, ni a pecar de exagerados, que las formas breves en España están representadas por tres nombres: José María Merino, Eloy Tizón y Ángel Olgoso. Los tres son escritores de intereses literarios divergentes, aunque se les puede reunir por la alta exigencia y variedad de sus ficciones. Para esos escritores la literatura supone una apuesta arriesgada por la búsqueda permanente de originalidad, así como una inusual discreción, por no decir elegancia, muy escasa en nuestros tiempos, como actores públicos.

Breviario negro es la última colección de ficciones de Ángel Olgoso. Conformada por poco más de cuarenta relatos puede ser leída como un acabado ejemplo de la literatura del granadino. Como en anteriores entregas, presenta historias, todas más o menos breves, en la que se conjuga un cuidado permanente por contar, elaborar historias sin descanso, junto con la inquietud de hacerlo mediante una persuasiva exploración formal. Tomo como ejemplo, para clarificar lo que digo, el comienzo del relato “Cartografía”: Sara es un mapa que puede doblarse a sí mismo hasta hacerse infinitesimal y desplegarse hasta descubrirme que todos los lugares están ahí. En una sola oración, de manera sintética, el narrador nos introduce en ese espacio doblemente ficcional (literario y topográfico) que es Sara. Además, no deja de resultar inquietante ese efecto tipo acordeón que realiza al cerrarse hasta lo infinito para, inmediatamente después, abrirse hacia lo universal. El torbellino de la paradoja, la inquietud de los opuestos reunidos se encuentran formulados en una oración sinuosa y llena de misterio que en sí contiene todo el arte del granadino.

Me gustaría subrayar, en este sentido, la capacidad inventiva del autor, quien con el mismo desparpajo nos introduce en salones franceses decimonónicos, milenarias ensoñaciones chinescas, palacetes árabes, habitaciones de ancianas cansadas, entre muchos otros espacios y situaciones. Si muchas veces el poder de fabulación es dejado de lado por escritores que se esconden detrás de las piruetas técnicas, el fácil psicologismo, el repertorio de palabras, en el caso de Ángel Olgoso éste se plantea a sí mismo como el centro de todo. Cada uno de los relatos es la prueba de una imaginación tan desbordante como rigurosa. Poco importa si Olgoso no ha sido pintor decimonónico, escritor alemán de comienzos de siglo, solo para dar dos ejemplos, cuando la imaginación fabula y al hacerlo crea esa sensación de verosimilitud sustentada nada menos que en las frágiles palabras. Escribo frágiles y de inmediato me quiero corregir porque cuando se trata del autor de Breviario negro sus relatos tienen la solidez de aquellos que salen de boca de nuestras abuelas; es decir, existen porque la imaginación cree en ellos, porque en ellos las palabras se reúnen para dar forma al portento, lo extraordinario, el milagro minúsculo o cósmico.

El lenguaje, y con él el estilo de Olgoso, merecen un párrafo aparte. Bien dice José María Merino que la voz narrativa del granadino está “construida con la riqueza de léxico que (le) es habitual (…) y una escritura estupendamente desarrollada”. Para muestra de lo señalado por Merino, me gustaría recuperar un fragmento del relato titulado “Ancianas tomando bizcochos en salitas sombrías” (título que en sí es una trouvaille literaria):

El silencio fragua recodos y pabellones, vestíbulos y aposentos, sella zócalos y techos de bóvedas cruzadas, se reafirma en la capa de polvo en las alfombras, de vitrinas y roperos, de bandejas y espejos de luna, de desvaídas acuarelas y tapices de mácrame, amortaja incluso los emparrados del pequeño jardín, y sus dedaleras y robinias centenarias. Sentadas en el saloncito a la luz atenuada de una lámpara, insomnes y tan viejas e incorruptibles como las antigüedades del caserón, las dos hermanas, solteras, pero vestidas de negro, comisquean unos dulces con modos tranquilos y dan inapreciables sorbos a las infusiones. (p.74).

Basta leer el par de oraciones precedentes para advertir la calidad de escritor de Olgoso, un escritor en plena posesión de sus medios, con un manejo equilibrado de la puntuación, cuyo estilo es una larga y sinuosa sucesión de palabras. Acompasadas, cristalinas, livianas. Desde el comienzo, nos sorprendemos por esa personalización del silencio. El silencio posee el espacio, es más se desplaza por este de manera más que visual. El desplazamiento no se efectúa de manera inocente si consideramos la serie de verbos que caracterizan su accionar: “fragua”, “sella”, “reafirma”, amortaja”. Poco a poco, nos introducimos en una atmósfera marcada por algo peor que el estatismo, la muerte misma. En medio del saloncito, rodeadas de nada más que silencio, aparecen dos ancianitas. Son ellas, “insomnes” e “incorruptibles”, quienes quiebran de manera más que perturbadora ese silencio presentado como avasallador hasta la aparición de ambas. La descripción en la literatura de Olgoso nunca es estática, sino que posee un dinamismo que apunta a contar mediante los objetos y personajes que aparecen, pero también a entregarles unas características comunes o, en ocasiones, como en el fragmento, antagónicas. El lenguaje que despliega el narrador busca reflejar el silencio, el tiempo detenido, de pronto violentado por los sorbitos de las ancianas. Algo está ocurriendo en ese espacio callado y lleno de polvo, algo que sobrepasa la insignificancia de las ancianitas sin decirlo pero rodeándolo. Inquietud cósmica que pende de un hilo. Un fragmento que encierra el mundo entero.

Quizá eso es lo que le entrega sentido al título del libro, tan evocador como perturbador: Breviario negro. Breviario por libro eclesiástico o, por asumir una interpretación mas moderna, por conjunto de brevedades, cada cual más mortífera que la precedente. Por su parte, el color le entrega ese carácter mortuorio que en los cuentos de Ángel Olgoso adquiere el valor de broma, ironía, en ocasiones cinismo que deja al lector a contrapié. De cara al abismo. No olvidemos, por otro lado, que desde el título se establece, de manera elíptica, el vínculo con una tradición letrada. Dicho vínculo será amplificado en cada uno de los relatos pues, lejos de ser un libro que reivindique una especificidad, como si se tratase de un vegetal sin raíces, Breviario negro es un título hecho de lecturas, que se nutre de autores, antes que nada, alemanes, ingleses y franceses. Un libro que es un homenaje literario no a cualquier tipo de tradición sino a la de su autor; por lo tanto una tradición exigente, cosmopolita, a diferencia de muchos de sus compatriotas, quienes se contentan con el empobrecedor diálogo castizo. Los relatos y cuentos de Ángel Olgoso son una invitación a una experiencia perturbadora que, en su brevedad, no excluye el homenaje o el diálogo, ni la línea divergente. Tampoco el vértigo.

© 2016, Félix Terrones. All rights reserved.

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Félix Terrones (Lima, 1980), es autor del libro de novelas cortas A media luz (2003) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014). En el género de la novela, ha publicado El silencio de la memoria (2008) y Ríos de ceniza (2015). Diversos relatos suyos han aparecido en antologías y publicaciones peruanas e internacionales. Algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés y al francés. Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Michel de Montaigne – Bordeaux III (Francia) donde se graduó con una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana. Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Colabora con diversos medios europeos y americanos con críticas y artículos. Ha traducido la novela Conquistadors del escritor francés Eric Vuillard, de próxima publicación. Vive y trabaja en la ciudad de Tours (Francia).