Aquella noche nació una historia auténtica, una de esas que no se pueden inventar, sólo descubrir, una historia que puede cultivarse y llevarse adelante, pero antes tiene que germinar en la suciedad, la cerveza, las bandas y los bares que la han visto nacer.

Bruce Springsteen, Born to Run

 


 

PRIMERA PARTE

21 de septiembre

273 muertos sin identificar vagan por todo Jalisco en un tráiler; nadie los quiere y no caben en el forense. Son las cinco de la tarde bajo un cielo vidrioso que puede estallar en cualquier momento. Me hospedo de nueva cuenta en el Hotel del Centro en calle Pavo 47, un establecimiento que cobra 250 pesos por noche los fines de semana. La última vez que dormí aquí trataron de arrojar a un sujeto desde el tercer piso, pero hoy, además de los desaforados y tristes gemidos de placer peculiares de los moteles sucios y mal iluminados, escucho murmullos y juegos de niños, televisores encendidos en caricaturas contemporáneas interminables, resonancias que me tranquilizan y me deprimen a la vez.

Dejo mi equipaje y me dirijo a la cantina La Fuente, pero el lugar está lleno, no cabe ni un cirroso más, así que me largo al Pare de Sufrir en Argentina 66, a la pre fiesta del Festival Doña Pancha, en donde pinchan vinilos José María Pipitoria y Baba Yaga de Mexicali, así como Dj Cuzco, integrante de San Pedro el Cortez. Ahí me encuentro con el artista visual Rubén Ortiz Torres, que vive en Los ángeles desde 1990, dialogamos y nos cuestionamos sobre la primer banda de punk en México y de su exposición fotográfica Mexipunx, expuesta en la Páramo Galería de Arte, en especial de una de sus piezas titulada “Aura”, que muestra a una Natasha Fuentes Lemus con el cabello rapado. Un retrato que Rubén le hizo en Londres, deambulando por la noche. Me cuenta que tuvo que invitarle pescado frito con papas, porque era lo más barato y no tenían dinero, pero como era vegetariana, solo comió las papas fritas. La muerte de Natasha fue el resultado del abandono y la negligencia de sus padres: Carlos Fuentes y Silvia Lemus; la apatía, el desgano, la indolencia y la frivolidad los llevaron a descuidar el bienestar y el bien superior de Natasha y Carlos Fuentes Lemus, aunado al contexto de aparente burguesía, comodidad y excesiva libertad. Natasha sería encontrada muerta en el 2004 en un “punto”, bajo un puente peatonal en tepito; tenía 29 años y una fuerte adicción a las drogas. Fuentes escribiría lo siguiente acerca de ella en su autobiografía ¡En esto creo! (Seix Barral, 2002): Las fotografías se desvanecen, las gasas se rasgan, las sedas amarillean. La primera comunión no es un cuento eterno”. Palabras que me hacen pensar, mucho más, en la fotografía de Rubén Ortiz Torres.

El mezcal perfuma la noche, los 273 cadáveres sin nombre y sin rostro deambulan por la Guadalajara caníbal en comprimidas cámaras frigoríficas sobre ruedas, todo es glacial y no hay nada qué hacer, nada nos diferencia de ellos. Los muertos no te engañan ni te desilusionan, sólo comparten su paz contigo. Me voy a mi habitación. La ciudad es distinta: le ha crecido el cabello. En poco tiempo, los muertos dejarán de deambular… al menos, por hoy.

22 de septiembre

Me muero por contarte

invocaron a Tláloc en la consola

eran punketos de la Nueva Galicia

también vagabundos

el último de los mariachis.

Algo de mí se queda en esta ciudad

siempre

por eso siempre tengo que regresar.

 

Sr. Flavio, Crónicas del León

Ha llovido toda la noche. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno, como escribiría alguna vez Juan Rulfo debajo del hotel en el Madoka, y pienso dirigir mis pasos hasta ahí, a la calle Enrique González Martínez, pero el olor a café del D´Val me atrae involuntariamente hasta sus mesas donde longevos jugadores de ajedrez le encuentran sentido a la vida. Bebo y observo: no es que los muertos estén siempre en reposo, es sólo que ignoramos sus actividades. Doy un paseo por la ciudad como nunca antes lo había hecho. Estoy cansado de estar encerrado en Guadalajara, de un burdel a un hotel y de regreso a una cantina; yo quiero caminar bajo el sol, sudar el miedo de los que se destruyeron anoche y no volverlo a sentir nunca; caminar ingenuo y erguido por una urbe que aún no me vomita del todo. Transitar es el mantra del vagabundo y yo me convertiría en uno de ellos por un par de horas, quería entender el valor y el buqué delicioso de la libertad solitaria.

El trailer de la muerte sigue siendo reubicado en diferentes parajes de Guadalajara, no hay infraestructura, tampoco interés, en esta ciudad no hay resguardo ni para los cadáveres, que se han convertido también en vagabundos de la indiferencia y los caminos sin fin, solos, ignorados, mutilados, extraños que están en casa en todas partes, errando, en forma grácil y a vuelta de rueda hacia la conquista del olvido. Hoy, la caja refrigeradora con los 273, descansa en un predio a cielo abierto, justo detrás del fraccionamiento Paseos del Valle; fue trasladado ahí desde la colonia La Duraznera debido a la peste que emitía el refrigerador.

Arribo al Foro Larva a las tres de la tarde, hace una hora que comenzó el festival, me he perdido el setlist de Jippies Ultramodernos y Sonidos Asquerosos, pero a un festival de estas magnitudes tienes que llegar preparado o el noise te puede agarrar del cuello, tal vez la locura sea precisamente eso, una válvula de emergencia musical para liberar la presión de la ansiedad insoportable. Están tocando Dinoflagellates, “Preludio”, la oscuridad del Larva me gusta, veo niños sentados en el piso, muy cerca del escenario, juegan con Spinners luminosos, me tranquilizo y vuelvo a deprimirme otra vez cuando veo que se están tapando los oídos, no soportan el ruido. Tengo entendido que el Dinoflagelado es un animal microscópico unicelular, sus flagelos le permiten la alimentación y la locomoción, que puede llegar a ser muy cosmopolita. Interesante nombre para el proyecto de Gonzalo Lebrija, Francisco Ugarte y Pier Martínez, originado en la residencia de arte en la costa pacífica de Oaxaca ‘Casa Wabi’, diseñada por el arquitecto japonés Tadao Ando, donde se encuentra la laguna Manialtepec, famosa por sus luces fluorescentes que se encienden al sacudir el agua. El sonido de Dinoflagellates es una caricia, te toca en el pecho, saben cómo hacerlo. La tarde está despuntando, la concordancia también, nos reconocemos en la oscuridad, los asistentes, así como el dinoflagellata, visibles en el mar durante la noche artificial, como pequeños destellos azules en la nada. Junto a ellos tocan dos mariachis elegantemente ataviados a la usanza tradicional, un traje charro inspirado por el de los aldeanos de Salamanca. El eco que emerge de sus trompetas me recuerda a un atormentado Zack Condon caminando por las calles de Teotitlán del Valle en Oaxaca, tratando de encontrar el sonido perfecto de las bandas funerarias. Inspiración balcánica, bohemia norteamericana y sensibilidad azteca, Dinoflagellates fragmenta la tarde con su melancolía, conferida por la colaboración con Omar Nungaray en una fusión de la eufonía mexicana con las armonías minimalistas, y atmósferas con instrumentos de mariachi. Tocan Pequeño semental, All this time, DinoflagellatesEl grillo perdido, Nube de agua y Tapatía, melodías basadas en el desarrollo de un lenguaje entre la percepción y el estilo.

Diahgonal sube a escena a las 3:30 con un show en un inicio soporífero, pero espero a que truene la tacha del sintetizador en cualquier momento, —nunca sucede—, nos tumbamos en el piso en un tejido comunal, de nosotrosidad escandalosa y apropiación del subsuelo, tratamos de vernos los rostros sin lograrlo del todo, las ondas diferidas por Rubén Alonso forman paisajes analógicos en el foro Larva. Techno con eufemismos y un kraut que suena a todo menos a potaje alemán; durante la ejecución de Spiral (Stasis Recordings) no pasa nada, más que la quietud y el descanso de los dinoflagelados. La pastilla sigue intacta y los muertos continúan en su camino a la deriva del underground.

Juan Cirerol abordó al escenario a las 4:30 con la norteña-romántica más hardcore de todo su repertorio: “Dicen que en la noche eres candente como el fuego / que amas al amor y usas perfume hasta en el pelo / yo quiero algo así, algo así precisamente así no más / una morrita que quiera chupármela y todo fine. / Soy un romántico desesperado / también un poco paranoico y malvado / pero nunca dejo cerrada la puerta / ¡me paso ganando un putero de feria alrededor de esta Tierra!”. Ahí te va a llegar el cheque es una forma ideal de expresar su destino musical, un modo de vida: el cirerolismo. Una práctica de hedonismo estético. Juan Cirerol es el último de los mariachis en la Nueva Galicia, colocó el corrido como formato de expresión por encima de todo, se sometió a un proceso de intoxicación interior para poder merecerlo y llegó a exaltarlo como la forma más pura de autenticidad. Pero su música ya no le pertenece, el corrido se reintegra a su primordial realidad estética: Marciano Silva, Julián Garza, Catarino Leos, y en cuanto las luces se apaguen, quedará reducido a su soledad, a su condición agónica: “Yo sé que es peligroso estar tomando todo el día / pero es que simplemente siento mucha simpatía / por el alcohol, la mierda, el odio y la apatía/ ¡soy anti-todo, quiero estar muerto!”.

Vuelvo a conversar con Rubén Ortiz, nos sentamos en una dormilona en el living del foro, me dice que estuvo pensando en su hotel acerca de quién fue el primer punk en México, tiene ya una respuesta: Xipe Totec. El Dios de la enfermedad y los sacrificios, el bebedor nocturno, el protector de los lapidarios, la máxima representación de la sarna y la resaca, la muerta piel; ese individuo que se despellejó vivo para darle de comer por primera vez a los hombres. Su comentario es por demás acertado, y aunque soy amigo de Piro Pendas (Ritmo Peligroso) estoy de acuerdo con él. Retornamos a aquella espesa charla sobre los margenes del punk en la capital mexicana en los 80, y de sus figuras: Vox, Jaime Keller (Illy Bleeding de Size), Ariane Pellicer (Go-Go Girl y Nina en el programa Cachún Cachún Ra Ra), Pilar Escarré, Ulalume Zavala (The Casuals / Casino Shangai), Alejandra Rosete, Sarah Minter y Viridiana Alatriste.  Pero los primeros sonidos de Concepción Huerta nos hacen pararnos del sofá. El arte sonoro de Huerta vuelve a introducirme en mi mutismo, documentación canora, improvisación y noise experimental no combinan muy bien con la modorra de la tarde, el letargo, el cansancio, la angustia. A partir de aquí el festival es otro para mí, pastoso, psíquico, amorfo, ya no veo rostros sino ropas exóticas de moda moviéndose al unísono, dinoflagelados resplandeciendo fluorescentemente en un charco de opacidad.

Chivo negro está bien, pero sigue sin disolverse la píldora del festival, nadie logra llegar al clímax hasta ahora, no se incendia el cerro; tiene que venir El Muertho de Tijuana a poner orden, y lo hace, sus shows han dejado de ser un setlist ordinario y aburrido con la repetición en loop de sus canciones para convertirse en una completa obra de Teatro Kabuki, el teatro del pueblo; hay sicalípticos juegos gestuales, vestuarios estridentes, maquillaje impresionante,  subyugante música y una representación fiel del harakiri, claro, si cambiamos la katana por un dildo de silicona. Resumen da la tarde: El Padre Santo terminó por faenar al chivo en su iniciación.

Al final del día, el tráiler con los cuerpos es resguardado en una bodega de la fiscalía de Jalisco en la Zona Industrial. Son las ocho de la noche y aún no han llegado a su destino. Los muertos siguen adelante, pero los vivos, sólo nos quedamos aquí…

© 2018, Alfredo Padilla. All rights reserved.

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Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Mesoamericana. Narrador y periodista cultural. Autor de los libros 'Una pastilla más para que pase el dolor' (Ponciano Arriaga, 2015), 'Monólogos de un niño inconforme' (Abismos, 2017), 'Guadalajara Caníbal' (Paraíso Perdido, 2018) y 'Cadáver' (Lázaro Ediciones, 2018).
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