El sur

Vecina a la Ciudad de Buenos Aires se extiende la Provincia de Buenos Aires, separadas por la Av. General Paz, que recorre el perímetro de la primera. Luego de esta avenida, la mayoría de los porteños ignora completamente qué haya, como si el tiempoespacio sufriera un hiato que se recompusiera en Mar del Plata, Rosario, Córdoba, Mendoza o Bariloche. En el medio, tan sólo no-lugares. No es algo sorprendente para los habitantes de una ciudad que cree que el mundo gira alrededor de ella, lo cual no sólo es arrogante si no que habla también de un enorme desconocimiento de astronomía: morirían de frío si el mundo girara sobre Buenos Aires, dado que eso sólo sería posible si se encontrara en alguno de los polos.

En mi caso, saqué la moto a la ruta de la Provincia Buenos Aires por primera vez en una época de profunda e injustificada depresión (mi novia acababa de tomar la sabia determinación de dejarme por alguien exitoso), en algún momento cercano al primer cambio de década del siglo. No había algún lugar al que quisiera ir, por supuesto. Meterme en la ruta y alejarme de la Capital constituía otro de esos manotazos de depresivo, cuya capacidad metafórica carenciada le hace creer que la tristeza está en un lugar del que se puede tomar distancia. Mi acunputurista, en una sesión inútil como todas las otras, me sugirió que me fuera lejos y yo, incapaz de formar una decisión, tomé la suya y la hice propia. Llamé a mis distintos jefes, muté mi depresión en gripe y comencé los preparativos.

Horas más tarde, cargué nafta y tomé la Ruta 2, cuyo primer trayecto está formado por la autopista Buenos Aires-La Plata. Si bien ya era primavera, aquella mañana de septiembre todavía podía sentirse el frío del invierno que se retiraba. El trayecto, que en auto toma poco menos de una hora, tardó el doble en mi moto de ciudad de apenas 125cc. La moto, que se promocionaba como de marca nacional, sólo tenía de vernácula las chapas a los costados con la marca; en realidad era una empresa china que construía es mismo modelo para Suzuki y cuando Suzuki decidió no comercializarla más, la marca argentina Zanella la empezó a importar. El resultado: una moto cuyas chapas visibles decían Zanella, los bajorrelieves de los carenados y plásticos Suzuki y la llave de encendido Haojue, que es el nombre de la fábrica china que las producía. Al final, pensé, sus problemas de identidad no parecían muy distintos a los de todo lo que pisa estas tierras.

En La Plata, después perderme en sus plazas circulares, le pregunté a un viejo a dónde podía ir. Lo pensó un rato y me dijo que los dos lugares cerca más interesantes eran Punta Indio y Chascomús. Me decidí por el primero, sólo por lo ignoto del nombre. Lo que el viejo olvidó decirme es que si bien eran sólo cuarenta kilómetros hasta ahí, treinta de esos kilómetros era de ripio. Al llegar, casi dos horas más tarde, tenía el cuerpo completamente contracturado de tanto evitar caídas y resbalones.

Punta Indio es el lugar donde el Río de La Plata se junta con el mar y su posición es simétrica a la que ocupa Montevideo en la otra orilla. El dueño del único bar me hizo notar, muy divertido, que si uno observa en un mapa el Río de la Plata, parece un pene que ingresa al continente, cuyos testículos se reparten, justamente, entre la capital uruguaya y Punta Indio. El océano se coge al continente—concluyó entre risotadas.

Ninguna de las casas del pueblo, que deben apenas llegar a las dos docenas, se alza por encima de la planta baja y las calles son de ripio de conchilla, pues la zona era un lecho marino hasta un período geológico que me fue dicho y ahora olvidé. La conchilla se encargó de pinchar la rueda trasera de la moto y la gomería del pueblo ya había cerrado al mediodía hasta la mañana siguiente (el dueño vivía en el partido de La Verónica, hacia el sur), lo cual impidió que me fuera del pueblo ni bien llegué, que por supuesto había sido mi primer impulso. Alquilé un bungalow cerca del Río. Tenía una cocina diminuta y un cuarto con tres camas destartaladas. En el segundo exacto en el que el sol se puso, la temperatura cayó a los cero grados y noté que no había ni calefacción ni frazadas. Volví a la garita de la administración y los informé del problema. Me contestaron que las estufas ya estaban repartidas entre otros huéspedes y que me buscarían una frazada. Tuve que insistir dos veces hasta conseguir una, aunque difícilmente podría denominarse frazada a esa tela fina que me dieron.

Cuando, completamente vestido y con zapatos, los temblores y la nariz goteante me hacían completamente imposible dormir, salí del bungalow -que incluso parecía más frío que el exterior- y busqué diarios en una pila que había visto cerca de la garita. Volví al cuarto, ubiqué los diarios entre las capas de ropa y usé uno de los colchones de las otras camas como segunda frazada. Mientras el calor volvía de a poco a mi cuerpo, me di cuenta de que hacía horas que no pensaba en mi depresión.

Había logrado dormirme, cuando golpes en la puerta me despertaron. Miré el celular: las dos de la mañana. Salí de la cama y pregunté quién era. Era el dueño, pidiéndome la frazada. Argumentaba tener frío. Repliqué amablemente que se fuera a la puta madre que lo parió. Pareció persuadido de mi posición y se fue.

Cuando volví a dormir, soñé que el frío aumentaba. Escuchaba voces afuera y luego nuevos golpes en mi puerta.

–Vamos saliendo–dijo la voz del dueño.

Salí, y si bien en mí no había esperanza, tampoco había temor. Sentí, al atravesar el umbral, que morir a una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación, una felicidad y una fiesta, antes, en la primera noche de insomnio y depresión. Sentí que si yo, entonces, hubiera podido elegir o soñar mi muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado. 

Empuñé con firmeza el cuchillo, que acaso no sabré manejar, y salí a la llanura.

                       

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