El sur del océano

      Disfruto sentir el viento de tormenta oceánica y observar la lluvia caer sobre el Golfo Dulce desde nuestra playa solitaria. Me deleito cuando un nimbostrato acechante nos sorprende, derramándose sobre nosotros como jícara llena de agua fresca.

     Esta tarde, por ejemplo, la llovizna empezó a caer mientras yo procuraba piñas maduras para liberarlas de su cautiverio en el huerto de un hotel desocupado, donde no hay turistas y los guardas no se ocupan del jardín. Las piñas crecen y maduran solitarias, bajo la mirada indiferente de caracaras quebrantahuesos y gavilanes cangrejeros. Me piden que vaya a cosecharlas, a rescatarlas del abandono, para disfrutarlas en nuestra mesa.

     Hoy el cielo bendijo mis esfuerzos recolectores con una lluvia cada vez más fuerte, agua bendita que me refrescaba. Mientras caminaba por la playa de regreso a nuestro albergue bajo el gran cenízaro, se desató un aguacero poderoso. El vendaval arrojaba los goterones contra mi rostro, forzándome a caminar con los ojos cerrados. Sentía el agua fría correr por mi piel erizada.

     Mientras tanteaba la arena bajo mis pies, pensaba en el poema “El sur del océano” de Pablo Neruda. Recordaba mis años universitarios, cuando lo leía como si expresara mi paisaje interior, como si describiera lo que yo sentía en aquellos tiempos intensos, de búsqueda:

       Es una región sola (…)

donde la tierra está llena de océano,

y no hay nadie (…)

sino el viento, no hay nadie

sino la lluvia que cae sobre las aguas del mar,

nadie sino la lluvia que crece sobre el mar.

       Por años busqué una región geográfica que reflejara esa vida interior. En la Península de Osa, la encontré.

       Esta tarde, en nuestra playa salvaje y desolada no había nadie sino el viento, la lluvia, la arena. Pero yo no sentía soledad en la intemperie, a merced de la tormenta, sino la compañía de los poderosos elementos, expresión de Natura Naturans, generosa fuente de vida.