El saldo de la epidemia de armas en EE.UU.

Gun Epidemia

Más de treinta mil personas mueren por heridas de bala cada año en los Estados Unidos, según estadísticas recogidas en el sitio web de la Casa Blanca, www.whitehouse.gov. Más de veinte mil menores de 18 años murieron por armas de fuego en la década pasada. Más de veinte mil norteamericanos se suicidan cada año con un arma de fuego. La cantidad de agentes de policía que murieron baleados por criminales en la década pasada fue 466. Y en la última década, más de cuatro millones de norteamericanos fueron víctimas de robos, asaltos y otros delitos cometidos con un arma de fuego.

Pero un comerciante puede venderle una pistola o un fusil a una persona a los tres días de haber iniciado la revisión de sus antecedentes, aunque el proceso no se haya terminado.

Si alguien cree que en los Estados Unidos no hay una epidemia de violencia con armas de fuego, me gustaría preguntarle cómo es el clima en su planeta.

Tal vez esa pregunta se le podría hacer al Congreso controlado por los republicanos, que hasta ahora no ha hecho nada por poner fin a las matanzas irracionales que con inaceptable frecuencia estremecen a la nación.

Ante la apatía en el Capitolio, el 5 de enero el presidente Obama entró en acción y dispuso varias medidas ejecutivas con el propósito de reducir la violencia.

Las medidas no son tan radicales como las que podría tomar el Congreso, pero al menos incrementan la supervisión de las transacciones de armas. La Oficina de Tabaco, Alcohol, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) exige a partir de ahora que cualquier persona que se dedique a vender armas tenga una licencia y verifique los antecedentes penales de sus clientes. Además, la ATF tendrá 200 agentes adicionales en 2017 y ha creado un centro de investigaciones en Internet para perseguir el tráfico ilegal de armas. La Oficina Federal de Investigaciones (FBI) contratará a 230 examinadores adicionales para agilizar la revisión del historial de los compradores. La Casa Blanca está proponiendo una inversión de 500 millones de dólares para atender más casos de problemas mentales. Y el presidente ha pedido que se estudien tecnologías de seguridad para las armas de fuego.

Las acciones ejecutivas de Obama no socavan la Segunda Enmienda de la Constitución, que garantizan el derecho de tener armas. Solo intentan evitar que las armas de fuego caigan en las manos equivocadas.

Sin embargo, la mayoría de los republicanos en el Congreso han puesto el grito en el cielo. Y los candidatos presidenciales han rechazado las medidas. Donald Trump prometió revocarlas si llega a la Casa Blanca. El senador republicano Ted Cruz, que aspira a la presidencia, ha iniciado una recogida de firmas en Internet para oponerse a las acciones ejecutivas “inconstitucionales” de Obama, como anunció el mismo martes en Twitter. Y otro candidato, el senador Marco Rubio, republicano por la Florida, dijo que «Obama está obsesionado con minar la Segunda Enmienda».

En realidad, los que están obsesionados son los republicanos. Están obsesionados con la Segunda Enmienda, una cláusula obsoleta, redactada en tiempos de guerra, que los legisladores deberían revisar. Y están obsesionados con proteger el enorme negocio de las armas, cuyos cabilderos, sobre todo la poderosa Asociación Nacional del Rifle, siempre tienen las campañas de los políticos en la mira de sus donaciones.

“Una milicia bien ordenada, siendo necesaria para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar armas, no será infringido”, reza la Segunda Enmienda de la Constitución que invocan los defensores de las armas con adoración casi religiosa. A pesar de su ambigua redacción, parece claro que el “derecho del pueblo a poseer y portar armas” está supeditado al establecimiento de una milicia. Esa milicia ya existe: son las fuerzas armadas de los Estados Unidos, un ejército que cumple las órdenes de un gobierno democrático elegido por el pueblo y cuya misión principal es proteger a la nación. Los tiempos en que los colonos temían una invasión de los ingleses o un ataque de los indígenas han quedado atrás. Pero los republicanos siguen intentando que este país se parezca cada vez más al Salvaje Oeste. Que la gente ande por ahí exhibiendo su artillería, con el riesgo de que decidan resolver sus diferencias a balazos, disparate que sucede con fatal frecuencia. Eso no es propio de una nación civilizada y tiene un lamentable costo en vidas humanas.

Mientras Obama trata de ponerle un freno a la violencia, alguien debería recordarles a los candidatos republicanos adictos a las armas que el cargo al que están aspirando es el de presidente de los Estados Unidos, no el de sheriff de Dodge City.