El Quijote en la novela de Cervantes. Segunda parte.

Si se quiere entrar en la novela de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, primero debe definirse con exactitud qué es la novela en sí porque, como la obra de la cual se habla es la primera novela moderna del pasado milenio, ésta ha sido tomada como modélica por diferentes autores, así como es el parteaguas y el período de transición de toda una época, porque marcó la pauta dejando a la novela de caballería y a los romances novelescos para dar paso a una narración más extensa y más variada en cuanto a la temática se refiere. Por tanto, al decir que el Quijote es el punto de partida y el proceso de cambio de una época a otra, ha de insistirse que ésta está anclada entre los siglos XVI y XVII en donde, como es sabido, el Renacimiento concluyó para dar paso al barroco, los dos como movimientos tanto sociales, políticos, religiosos, filosóficos, morales, literarios y culturales. Ahora bien, el barroco se caracterizó como una corriente de contraste, de claroscuro y de tender hacia el exageramiento en la precisión  del lenguaje, en el adornamiento en cuanto a la forma, además de la valorización del concepto, en el oxímoron, la sinestesia, etc., entonces, si bien es cierto que la obra cervantina es una novela y no pueden apreciarse tanto las figuras retóricas como en la poesía, sí hay algo que se observa sin tener ojo clínico: el contraste entre el hidalgo y el escudero. En el primero hay una serie de mezclas de personalidad que sugieren hacer un juicio no conciso, pero sí evidente acerca de la locura del hidalgo; por un lado, él puede hacer grandes discursos y hablar de muy refinada manera y con buen entendimiento, sin embargo, cuando hay una mención de la andante caballería se le trastorna el ‘celebro’ y todo acaba en pelea. En cambio, en el segundo, se observa que hay una preocupación realista acerca de la existencia porque él (Sancho) se da cuanta de las carencias de la vida, o más bien las carencias de la vida circundante. Quizá lo anterior pueda explicarse con la actitud egoísta de Sancho cuando, sobretodo, se tocan los asuntos monetarios. Así, por ejemplo, cuando rebela el destino de los cien escudos en la parte segunda (II, 4). A este respecto y en referencia a los dos personajes, Carlos Fuentes argumenta lo siguiente:

“Situado entre las brillantes armaduras de Amadís de Gaula y los harapos y tretas  de Lazarillo de Tormes, Cervantes los presenta y reúne: el héroe épico es don Quijote, el pícaro realista es Sancho Panza. Don Quijote vive en un pasado remoto, en juicio desvelado y perdido por la lectura de demasiadas novelas de caballería; Sancho Panza vive en el presente inmediato, y sus únicas preocupaciones son las del sobrevivir cotidiano: ¿qué vamos a hacer, dónde vamos a dormir?.” (Fuentes, Carlos. Cervantes o la crítica de la lectura. pág. 31).

 Entonces, el contraste que era mencionado anteriormente reside en  personalidad y en los intereses de cada uno, lo cual reafirma lo antes dicho. Por tanto, al si el contraste era un rasgo barroco fundamental en la novela, también como elemento renacentista, hay en la novela claros ejemplos de ello como la valorización del humanismo en don Quijote, en la justicia, el honor y la virtud humana. Dichos valores caen al punto en el hidalgo caballero porque precisamente el caballero propugna y realza esos valores. No obstante, podrá decirse que los mismos personajes son parodias de otros, hechos especialmente para la sátira y la burla, pero de alguna manera depende por el prisma que se vean. Un buen crítico literario debe poseer un juicio objetivo de la realidad, y Cervantes lo tiene por el hecho de atreverse a señalar los errores de la sociedad.

Regresando a la novela, se había prometido una definición de ella y por lo tanto Stephen Gilman ilustra muy bien en ese sentido apoyándose en Lukács con estas palabras:

“Lukács define el género como el retrato literario de un mundo privado de valor: como el mismo don Quijote lo descubrió en el curso de su Tercer Salida. De este modo, Cervantes supone haber inventado la novela en el sentido en que su experimento narrativo tristemente cómico fue el precursor de un género malhadadamente serio que surgió dos años después, cuando la conciencia histórica estaba a punto de volverse obsesiva.” (Gilman, Stephen. La novela según Cervantes, pág. 83).

 Dependiendo de los factores que intervengan en la composición de una novela, como el libro propio que se escribe la persona en su memoria o algún incidente que afectó al autor, o bien, si la novela es independiente no teniendo que ver en absoluto con la vida de su autor, el género novelesco de alguna u otra manera refleja la realidad del mundo en el cual habitan los personajes, ya sean ficticios o reales, o un mundo real en donde los personajes transfiguren la realidad a la ficción, como en el caso de la obra que se está cuestionando. El hecho es que Cervantes magnificó en gran manera su obra sabiendo hacer una buena lectura de la realidad fabricando a sus personajes para encajarlos en una época vital para el desenvolvimiento de la historia. Verbigracia, el imperio reinaba toda la América hispana, al mismo tiempo Europa se abría con la reforma pero la España católica se cerraba con la Contrarreforma, esto claramente mucho antes del nacimiento de Cervantes, no obstante esos hechos históricos repercutieron en el carácter del autor porque, al ser heredero y habitante de ese imperio, sufrió las consecuencias de la guerra contra los turcos en la batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, contando con tan sólo 24 años, y en la cual recibió en el pecho dos arcabuzazos y otro en la mano izquierda dejándolo manco. Sin embargo, aunque le hubo de haber afectado en su vida, no afectó negativamente sino al contrario, él siempre se glorió[1] de haber participado en esa batalla porque fue para él “la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, los presentes, ni esperan ver los venideros.” (II, prólogo al lector, pág. 268). Años después, en 1588 la Armada Invencible cae contando entre sus filas otra vez al alcalaíno, pero sin suerte lo cual vendrá a repercutir grandemente en las aspiraciones del escritor. No obstante, el saldo positivo de sus desgracias ya se fraguaba tras las rejas en 1597 en Sevilla en donde su ‘hijo del entendimiento’[2] vendría a cristalizarse años después con la publicación de la obra en 1605, aunque un año antes, en septiembre, se otorgó el privilegio real. Luego, en 1615, tras la ardua pero generosa creación de la segunda parte, fue publicada con amplia aceptación dedicada al Conde de Lemos y con el título de El Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha.

La importancia que tiene el Quijote como novela trasciende límites insospechados, porque aunque ya antes se observaban atisbos de lo que podría denominarse ‘novela’ con el Lazarillo de Tormes, de autor anónimo, y con la Diana de Jorge de Montemayor, fue hasta el Quijote cuando la historia literaria vio que el género se consagró de manera excepcional con la novela de Cervantes. A este respecto Aguiar è Silva menciona lo siguiente:

“En el concierto de las literaturas europeas del siglo XVII, la española ocupa un lugar cimero en el dominio de la creación novelesca. El Don Quijote de Cervantes, especie de anti-novela centrada sobre la crítica de las novelas de caballería, representa la sátira de ese mundo novelesco, quimérico e ilusorio, característico de la época barroca, y asciende a la categoría de eterno y patético símbolo del conflicto entre realidad y apariencia, entre ensueño y materia vil.” (Aguiar é Silva, Vítor Manuel. Teoría de la Literatura, pág. 200).

No obstante, el crítico portugués, al menos en ese libro, se olvida que la novela de Cervantes no solamente es una ‘anti-novela centrada sobre la crítica de las novelas de caballería’, sino que ella va mucho más allá de lo que puede leerse a simple vista: el Quijote, además de lo ya dicho a lo largo del presente ensayo, es una obra diferente a muchas otras porque señala y no encubre los defectos y errores de una sociedad corrupta en todos los sentidos, háblese del gobierno, la moral, la religión, la literatura, etcétera; y es por ello que el portugués yerra en olvidarse, por lo demás sus comentarios son atinados. Cervantes, se definió como el primero en novelar en lengua castellana[3], pero precisamente no se dio por entendido del hecho que el Quijote era la novela en sí por ser extensa, y no sus Novelas ejemplares a cuyo título mismo adjudicó el sustantivo. Lo anterior no quiere decir que el requisito fundamental de la novela sea el poseer un carácter extenso y no corto, sino que, se insiste, el Quijote presenta la estructura fundamental para denominarla de tal manera, es decir, en una auténtica novela. Dicha estructura consiste en crear un personaje, Cervantes creó tres esenciales: Don Quijote, Sancho y Dulcinea, los cuales poseen rasgos fundamentales para tener vida propia. Por ejemplo, Dulcinea (de la que no se ha hablado) presenta en su haber toda la caracterización de una mujer medieval, enclaustrada en su pueblo esperando a que llegue un caballero para enamorarla, sin embargo, lo curioso es que ella es un ser ficticio (aunque era, cabe decirlo, real en la novela: Aldonza Lorenzo) pero en la mente del hidalgo manchego se idealizó al grado de ser representada como la mujer de sus pensamientos, a guisa de los caballeros andantes. Además, nunca en la obra habla, sólo es referida por los protagonistas y por personajes secundarios siendo éstos testigos de la ausencia de ella. Sin embargo, en la mente de él, aunque nunca hubo de cristalizarse el conocimiento personal hacia ella, se fraguó un ideal para seguirlo al pie de la letra porque, mediante el pretexto de tener a una mujer como todo caballero para honrarla y defenderla, la acción en la novela no habría sido la misma sino algo parca, incluso anormal. Por tanto, el hecho fantástico consiste en hacer de ese ideal – Cervantes mediante el Quijote – una utopía para reforzar el tramado de la historia. Por ejemplo, Stephen Gilman ilustra de manera notable el ingenio de Cervantes en cuanto a la estilización de la obra y la caracterización de los personajes con el siguiente comentario: “…en el Quijote Cervantes aprendió cómo explotar (dar origen, inventar, descubrir) al máximo, las milagrosas posibilidades propias de esta nueva forma de lectura.” (La novela según Cervantes, pág. 21). Y ¿Qué es esta nueva forma de lectura? Dicha nueva lectura es la privada, la personal, la que se hace en los ratos de ocio y recreo ‘para universal entretenimiento de las gentes’[4], y todo gracias a la invención de la imprenta lo cual fue aprovechado magníficamente por el alcalaíno, porque mediante ese recurso que la tecnología de ese tiempo le daba cristalizó su deseo de hacerle saber a la sociedad que su novela quedaría eternizada por todos los tiempos en las más diversas naciones. Tal ha sido la difusión con que se ha distribuido la obra en derredor del mundo que es la segunda obra más impresa detrás de la Biblia, sin embargo, debe verse que la composición de la Biblia fue escrita por diferentes escribanos en diferentes generaciones, además de pertenecer en su origen a una religión y a una cultura extrañamente ajena, pero que gracias a la propagación de la religión católica mediante el imperio romano se fue hibridando poco a poco. No obstante, la cuestión reside en que Cervantes es uno (se habla en presente porque persiste vivamente en la literatura) y logró inmortalizarse e inmortalizar su obra sin ayuda de un templo, sino de su entendimiento, su ingenio y su pluma.

[1] Se extrae esta idea de Martín de Riquer, en Aproximación al Quijote, pág. 21.

[2] I, prólogo al lector, pág. 9.

[3] Prólogo al lector, pág. 1, Novelas Ejemplares.

[4] El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, II, 3, pág. 277.