El Oscar no fue para Roma. Y está bien.

El máximo galardón de la noche fue para “The Green Book”, una película políticamente muy correcta como le gusta a la Academia y más después de las críticas recibidas años anteriores, a raíz del #OscarsSoWhite y el #MeToo que la ha salpicado con el semen miserable de Harvey Weinstein.

 

Roma es un milagro. Desde cualquier ángulo que se lo mire. Es un milagro como pieza intimista, en blanco y negro, en una lengua extranjera al que, como dice Vera, a veces se lo considera solo como “el lenguaje de las cocinas”. Y financiado por Netflix, algo que abre el juego de una manera que el votante promedio de la Academia –blanco, hombre, maduro– no le agrada en lo más mínimo. Roma tuvo un reducido theatrical release, solo para que cumpliera ciertos requisitos que le permitieran competir en la temporada de premios. La mejor publicidad que una película puede tener. Pero su estreno mundial fue en Netflix.

 

Roma es una oda al cine arte en las antípodas del ADN de Hollywood y de la cultura americana. Si usted tiene un síntoma emocional y acude al psi, no lo van a invitar a una terapia de años para encontrar el origen de su trauma. Le van a recetar un cóctel de medicinas que elimina ese síntoma (o lo transforma en otra cosa que necesitará luego otro recetario). Pragmatismo. Short and Sweet. En el cine, esta forma de ver el mundo se traduce en acción. Pasan cosas todo el tiempo. Si no pasa algo, la secuencia vuela. Del guión, de la edición, de donde sea. El Oscar es un premio de la industria del cine. Es un premio comercial y político. Y cada vez más guiado por el rating de la transmisión. Si queremos valorar la calidad de una película, mejor guiarnos por otros festivales (Cannes, Berlín, Venecia, Toronto, San Sebastián).

 

Pero en Roma no pasa nada. Salvo los 10 minutos del Halconazo, no pasa nada. Sospecho que ese mismo guión se podía haber rodado en cualquier ciudad grande de latinoamérica donde no faltan Cleos, ni racismo ni injusticias ni masacres estudiantiles. Hasta el afilador pasa haciendo la misma tonada que en mi infancia. Cuando digo no pasa nada me refiero a los términos en los que Hollywood daría luz verde a un proyecto de cine. Pero Cuarón hace de cada momento una épica. Escenas largas, lentas, movimientos de la cámara (hay paneos de ida y vuelta en secuencias larguísimas que parecen coreografiados). El subtexto manda todo el tiempo. El agua, los aviones, la mierda del perro, el auto inmenso. Discriminación, injusticia social, clasismo, moral de la época. Nada se dice abiertamente pero se desprende de las situaciones más cotidianas del mundo. Cualquier clase media, media alta de latinoamérica ha estado allí. Sospecho. Celebro hasta el hartazgo que un director como Cuarón –que podría lograr financiamiento para casi cualquier capricho que se amolde a la narrativa americana del “Save the cat” (neo biblia de Hollywood)– vuelva a México a rodar un argumento sacado de sus recuerdos más personales.

 

Roma fue muy nominada y hasta recompensada (mejor película extranjera, mejor director, mejor cinematografía) porque es Cuarón, porque es mexicano (a veces creo que la gran rebelión de Hollywood contra Trump es premiar directores mexicanos) y porque Roma venía arrasando en el mundo de los festivales. Pero es un milagro en las antípodas de lo que Hollywood es. Y por eso está bien –en mi cabeza– que no la hayan premiado. A último momento fueron fieles a su ADN. Cold feet. Y además Roma no necesita ningún premio para quedar en la historia del cine.