El misántropo generoso

A Renán Darío Arango

El último día fui un pordiosero. Ese que Jorge había retratado toda su vida. Sin duda alguna, Jorge tenia afición extraña por el arte de la imagen. Pasaba días completos en la calle, pese a los fuertes vientos que venían del río y a las heladas que asolaban a la ciudad desde antes de noviembre.

Nos encontramos al frente de Union Square. Jorge estaba debajo del techo de una farmacia. No llevaba paraguas. La lluvia le pegaba en la cara y él ni se inmutaba. Parecía que disfrutaba del agua, como si fuera una bendición para sordos y fotógrafos.

Nos metimos rápidamente en un restaurante de comida japonesa. Jorge me explicó los rudimentos de la alimentación. Disfrutaba de esos monólogos. Sentía que avanzaba como un soldado en el campo enemigo: desgranaba los nombres, los sabores, las combinaciones de gustos. Era un experto a su modo, un especialista pobre y descorazonado que solía llevar la conversación a los rincones de su saber. En los primeros días de nuestra amistad me había adelantado que era un misántropo. Con el paso de los días, corroboré aquella advertencia. Era un cínico moderno, un escéptico que cultivaba la generosidad de una manera llana y proverbial.

Después del almuerzo japonés, salimos a caminar por la zona de Washington Square. Los pasos de Jorge eran cortos y entusiastas. Habló de su amigo desaparecido, de los años en Medellín, del fervor olvidado en una cama de hotel. Su cara se transfiguró cuando refirió esa mujer blanda que lo había dejado por otra mujer.

Cuando bebía un poco, solía lanzar esas invectivas forzudas en contra de las mujeres y nada lo detenía salvo el recuerdo anodino de una noche de sexo y sopor.

Yo sabía que era la última vez. Quizás por eso la lluvia era una música ufana y frenética que me pegaba como una cadena ciega. Jorge trató de esquivar el dolor. Con el objetivo de chocar contra la podredumbre, no dejó de hablar y de citar historias imposibles y mínimas, nimias.

Al principio caminamos sin rumbo. El agua nos acompañaba. Los charcos en las callecitas del Village eran estrechas y de alguna forma nos protegían de los baldazos impunes.

Cerca de las seis, le dije que tenía otra reunión. Quiso ir conmigo.

En la cafetería estaban Susana y su ex novio, un cubano simpático que hablaba en inglés mejor que en español. La conversación derivó en elucubraciones sobre la amistad. Jorge citó a Montaigne y a un fotógrafo que había conocido en La Habana. Susana, entusiasta, nos mostró el arte que hacía con la plata. Después de un par de horas, ella y su ex novio se perdieron en la niebla que envolvía a la ciudad: la bruma ufana de William Turner.

Jorge se quedó. Y yo también me quedé. Jorge se rió y me habló de un proyecto: me contó que podía exponer las fotos en Argentina, en un salón que yo consiguiera o alquilara.

Salimos bajo el hartazgo blanco de la lluvia. Nos metimos en el infierno del subte. Le di la mano. Él sonrió con su cara dura y amarga de misántropo generoso, como si el oxímoron fuera un traje de gala y la solidaridad fuera una esencia inmutable, haciendo gala de su humor ácido e inolvidable, de la generosidad como el alcohol que da fuerza en las venas.