El invencible verano de Liliana, un libro necesario

Veintinueve años, tres meses, dos días. Ese es el período, el tiempo que ha tardado Cristina Rivera Garza (Heroica Matamoros, 1964) en lograr componer la historia de la muerte de su hermana Liliana. Un asesinato a manos de su exnovio, un true crime, un feminicidio, aunque la autora nos deja claro que, en el momento en que se produjo el homicidio, 1990, no era así como se consideraba a estos crímenes. Y hay mucho de eso, de protesta, de crítica a la sociedad. Una sociedad que mata a las mujeres por el simple hecho de serlo, como parece ser característico en el policiaco de no ficción en castellano. Y también está todo lo que envuelve a Rivera Garza, a su literatura, que he seguido estos años, y que me intrigaba. Me intrigaba la narradora de La muerte me da (Tusquets, 2007), me intrigaba aquella investigadora, el otro personaje, el otro arquetipo principal de la narración, ambas a la búsqueda de aquella psicópata, aquella asesina que mataba a los hombres con poesía, poesía feminista. Ahora lo entiendo. Todo era metáfora, como esa poesía que utilizaba Rivera Garza; la metáfora de la herida que provocó en la autora el asesinato de su hermana, que seguía germinando y que ha tardado veintinueve años, tres meses y dos días en cicatrizar, si es que lo ha hecho, que no lo tengo claro, porque el trauma siempre nos acompaña. Lo que es seguro es que todo ese trance, todo ese dolor, ha generado algo: un libro, El invencible verano de Liliana (Random House, 2021), el libro sobre el que voy a escribir hoy.

No es fácil tratar un material tan íntimo y, a la vez tan lacerante como el que maneja Rivera Garza en este escrito, en el que, desde el primer momento, nos informa que va a contar con el archivo, con toda la documentación de la que pueda disponer. La oficial, relacionada con la denuncia, con la investigación policial, que no se concluyó, porque no se dispuso en casa, en la casa familiar de Liliana del dinero necesario para untar a los agentes, para abrir candados, para seguir pistas, pese a ser una familia instruida, de orígenes humildes pero luchadora; y los papeles, las cartas, las cosas, todo lo que dejó Liliana Rivera Garza en este mundo cuando lo abandonó, que han permanecido almacenados, custodiados, pero intactos, en la casa familiar, y que la escritora recupera para construir la historia, el pasado de su hermana. En esa arqueología de las emociones que la autora lleva a cabo, también echa mano de las voces, de los testimonios que acompañaron a Liliana hasta sus últimos días: compañeros de la preparatoria, amigas de la universidad, familiares.

Entre documentos y voces compone la historia, que no es otra que la narración de una joven ingenua, que se abre a la vida, y también al coqueteo y al amor, y a los besos y los abrazos, pero que se ve incapaz de discernir entre la vehemencia y la posesión, ambas actitudes que desarrollará quien primero es su novio y después su verdugo. El crimen se construirá, se elaborará, en la mente del criminal, en el momento en que su presa tiene la energía suficiente para escapar, cuando ha abandonado Toluca, la ciudad de provincias en la que se conocieron y se ha abierto camino en CDMX, en donde estudia arquitectura, en la UAM. Los testimonios son los que nos guían en ese recorrido, además de las cartas. De hecho, hay secciones del libro que se organizan en exclusiva alrededor de esos testimonios, como la parte V: “Allá va una mujer libre” (pp. 135-158). Pero estos fragmentos, que no escapan, que no pueden escapar de la hagiografía, como es propio en un crimen tan abyecto como el que se narra, me han dado que pensar. ¿Ha acertado la autora al narrar, desde tan cerca, un crimen que, en su momento la interpeló en primera persona? ¿Puede lo autobiográfico cubrir siempre trances dolorosos? La tarea se antoja difícil. En la narrativa del Holocausto (Primo Levi, Imre Kertesz, Jorge Semprún) fue el vehículo necesario para la catarsis de sus autores. Pero, en este caso, el malo es tan malo, y la hermana de la narradora una víctima tan inocente, tan injustamente asesinada, que difícilmente entrarán los matices en la historia, la complejidad, y sí, en cambio, la ideología, la lucha contra la violencia que sufren las mujeres, contra el patriarcado. Este es un hecho fundamental en un escrito así. ¿Pero era adecuado articularlo desde la apología? ¿No hubiera sido mejor, como hace Selva Almada en Chicas Muertas, trabajar desde la narración, mostrar, como ella hace con la violencia patriarcal que opera en la sociedad argentina? ¿No es eso mejor para el lector, porque le deja sin argumentos en contra, porque debe claudicar a esa lacra cuando se presenta ante sus ojos? Son preguntas que han ido surgiendo a partir de la lectura del libro y del contraste con otros escritos de la autora; un libro, sin embargo, muy bien trenzado desde la voz coral que da forma a la persona, a una persona, a Liliana Rivera Garza, un libro necesario, sumamente necesario después de esos casi 30 años.