El incidente, de la ficción a la realidad 52 años después.

Hace muchos años, en el siglo pasado y en España, en los tiempos en los que Fraga Iribarne, fundador de Alianza Popular que devino luego en el partido de la gaviota, ostentaba el cargo de ministro de Información y Turismo del dictador Franco, comenzaron a llegar, en lo que se vino a llamar una apertura cultural del régimen, algunas películas en versión original que se exhibían en esos pequeños cenáculos denominados cines de Arte y Ensayo (en Barcelona estaban los cines Publi, Alexis, Savoy, Maldá y Arcadia, todos desaparecidos ya). Como cinéfilo empedernido que soy, me tragaba todos los estrenos que se llevaban a cabo en esas reducidas y exclusivas plateas y una de ellas ha permanecido indeleble en mi memoria: El incidente. La película la realizó un brillante director independiente norteamericano llamado Larry Peerce, nada menos que en 1969. El realizador, muy activo y oriundo del conflictivo barrio del Bronx, —aún vive a pesar de haber nacido en 1930—, no tuvo la suerte ni el carisma de su colega Martín Scorsese, aunque El incidente bien podría haberla filmado el director de Taxi drive. En la película, —claustrofóbica, se desarrolla en un único escenario, un vagón del metro neoyorquino—, una banda, capitaneada por un Tony Musante antes de ser el romántico galán de Anónimo veneciano, aterroriza a los pasajeros del convoy con insultos, agresiones físicas y tocamientos a las chicas. Son cuatro tipos violentos y desalmados que, con su actitud agresiva y chulesca, mantienen a raya a más de una veintena de viajeros que esperan pacientemente que les llegue su turno sin pestañear y se muestran insolidarios entre sí; vamos, una muestra de lo que es la sociedad actual que ya se presagiaba entonces. Solo un soldado, manco por más señas, y de no gran tamaño (el hermano pequeño del gran Jeff Bridges, Beau, un actor excelente al que su físico no le ayudó) es el que planta cara a la jauría humana. También, como no podía ser menos, un ciudadano negro (Brock Peters, el de Matar a un ruiseñor) era objeto de chanza por parte de esa panda racista. Estaba por allí, no sé si cómo víctima o victimario, un jovencísimo Martín Sheen.

 

Pues bien, El incidente lo reviví nada menos que 52 años después a bordo de un vagón de los ferrocarriles que rodaba rumbo a Sabadell desde Barcelona. Dos jovenzuelos pasados de rosca, seguramente bebidos y dopados con alguna sustancia, subieron en una parada de Barcelona y no dejaron en todo momento de incordiar, gritar, moverse y sacarse la mascarilla ante el silencio de una veintena de pasajeros que miraron para otro lado. Cuando una chica de aspecto latino que estaba sentada cerca de ellos tuvo la osadía de llamarles la atención por su comportamiento incívico, como respuesta recibió una sarta de improperios por parte de esos dos chicos del talante de «Calla tu puta boca, tía, vete a tu país, emigrante de mierda», y cosas por el estilo. El tono de los ladridos fue aumentando y, como tenía a esos tipejos a mi espalda, alcé la voz y les solté un «¡Basta ya!» que, momentáneamente, los silenció. Pasada una parada, los descerebrados volvieron al ataque y tuve que reprocharles su actitud dando un paso más, poniéndome de pie. Por suerte para todos, solo ladraban, no cruzaron esa línea peligrosa de levantarse a su vez y acortar distancias, que es cuando un perro puede morder, y entonces optaron por encararse conmigo. Me dedicaron algunas amables frases como que «Hacemos lo que nos da las gana con las mascarillas, porque somos negacionistas», la más amenazadora de «No te metas en esto, tío», y una pregunta al aire: «¿Acaso eres policía?». De entre las treinta personas que había en ese vagón, algunas muy jóvenes, todas con menos años que yo, tuvo que ser un tipo de casi setenta años el que se metiera en esa pelea verbal que, por suerte, no pasó de ahí  (perro ladrador, poco mordedor); pero bueno sería que en los convoyes del tren fuera siempre un agente de seguridad para evitar estos incidentes, algunos de los cuales acaban de forma muy violenta (el enfermero que fue brutalmente agredido por un negacionista en el metro de Madrid). Por fortuna llegué a mi parada sin tener que llegar a las manos con esa pareja de descerebrados (algún golpe me habría llevado) e hice lo que ningún pasajero de ese convoy insolidario hizo al salir: dar cuenta al vigilante de la estación de lo sucedido para que en la próxima estación bajaran a esos dos energúmenos del tren.

 

Algo está fallando en nuestra sociedad cuando algunos jóvenes se divierten violentando al prójimo, ya sean en esas manadas que violan en grupo a chicas, o esas jaurías que golpean hasta la muerte y sin ningún motivo a sus víctimas, y graban ufanamente sus hazañas para presumir de ellas. En ambos casos el grupo es determinante porque uno a uno no son absolutamente nada. Quizá un endurecimiento del código penal para este tipo de actitudes, una mayor vigilancia policial y una educación cívica en las escuelas y en el seno de las familias (a veces creo que habría que hacer una valoración psicológica a los futuros padres antes de tener hijos) evitaría esa violencia que se canaliza contra el prójimo de una forma gratuita.

 

 

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