El hombre contra el fuego

 

¿Es más fácil apretar el gatillo

cuando apuntas al Diablo?

 

El poder punitivo del Estado se refiere al ejercicio exclusivo de la nación, para ejercer la violencia legítima en beneficio de los integrantes de la propia comunidad. Ejercicio heredado de Roma, que envalentonó a las arcaicas sociedades europeas, con una verticalización del poder más parecida a un ejército, para poder salir a saquear, someter y colonizar.

            El escritor inglés Charlie Brooker (Reading, Inglaterra, 1971), creador de la serie de antología Black Mirror (2011-) y Dead Set (2008), parece saber de buena tinta que no debemos eludir el pasado, porque si lo ignoramos no sabremos dónde estamos parados en continuidad del poder. Pues al parecer la Edad Media no terminó, y si no la superamos, no podremos ver a dónde vamos.

            Recordemos “El hombre contra el fuego”, quinto capítulo de la tercera temporada de la serie de ciencia ficción Black Mirror; en el que se representa la historia de un soldado llamado Stripe interpretado por Malachi Kirby, integrante de una milicia dedicada a aniquilar mutantes denominados como “cucarachas”. Todo comienza cuando una persona ingresa a un almacén de alimentos para robar y abastecerse; es ahí cuando surge la sospecha de que los culpables del hurto son cucarachas. Es así como la Compañía emprende una brutal expedición contra los blatodeos. En un primer enfrentamiento, Stripe aniquila a dos mutantes, pero algo ocurre, uno de ellos lo flashea con una especie de linterna que neutraliza su sentido de justicia.

            La misión continúa en una casa de campo, donde el pelotón tiene la orden de interrogar a un devoto cristiano (Park Heidekker), del que se sospecha, está alojando y escondiendo mutantes. “Un hombre con principios”, así es definido por Medina (Sarah Snook), la líder del escuadrón al ver los crucifijos que penden de las paredes. Es aquí, en este nido secreto, donde el soldado Stripe se percata de que toda vida es sagrada, y comienza su ciclo de redención.

            Este episodio de la serie británica me recordó al libro El Martillo de las Brujas (1486) escrito por Enrique Kramer y Jakob Sprenger, que constituye el tratado más importante —durante el Renacimiento— sobre la persecución de brujas e histeria del mal. En dicho manual, se detalla cómo el Diablo y sus seguidores —las brujas y hechiceros— perpetran una plétora de males “con el permiso de Dios todo poderoso”. Es así, que el capítulo “El Hombre contra el fuego” escrito por Brooker, es una interpretación libre y contemporánea del tratado publicado por Kramer y Sprenger. La organización militar encargada de exterminar “mutantes” ocupa el lugar de la Inquisición dedicada a la supresión de la herejía; las “cucarachas” constituyen el “mal”, las “brujas”, que por ser “débiles, rebeldes y transgresoras”, deben ser arrasadas para proteger el linaje de la humanidad, mientras que el devoto Park Heidekker personifica la devoción: el permiso de Dios. Una hipérbole perfecta del poder punitivo, encargado de castigar en respuesta a todo comportamiento desobediente.

            El martillo de las Brujas o Malleus Maleficarum es citado en el libro La cuestión criminal (2011) del jurista Eugenio Raúl Zaffaroni (Buenos Aires, Argentina, 1940) en el apartado “El poder primitivo y la verticalización social”, en el que acentúa que: “el delirio está muy bien sistematizado, y es la primera vez en la historia que se construyó una obra (El martillo de las Brujas) que integró un sistema armónico: la criminología (origen del mal) con el derecho penal (manifestación del mal) con el procesal penal (cómo se investiga el mal) y con la criminalística (datos para descubrirlo en la práctica)”. Bajo esta premisa, la comparación con el capítulo de Black Mirror es bastante fiel: un meticuloso tratado de criminología que describe a bien la ficción del origen del mal y su persecución.

            Zaffaroni afirma que lo que permanece en el mundo contemporáneo del discurso inquisitorial o demonológico no es el contenido, la teoría, sino precisamente el programa, la estructura. En este caso, las máscaras, los implantes que son insertados en los soldados para asistirlos en el combate —incrementando la paranoia visual de los humanos, mostrándolos como zombies amenazantes— encarnan la estructura vertical del poder punitivo; al ser flasheado con la luz, se hackea la máscara, el programa, la estructura, insertando un virus positivo: los valores afectivos, la sensibilidad, la empatía. El soldado se humaniza.

            El poder punitivo de significación política, materializado por el poder penal, no se propone eliminar la osadía del mal, sino a verticalizar aún más el poder político o social.

            Como escribió la comunicadora María Bertoni en su artículo El poder punitivo según Zaffaroni: “El poder punitivo no resuelve el conflicto sino que lo cuelga, como una prenda recién lavada que se tiende hasta que se seque. Encierra al agresor un tiempo y lo suelta cuando el conflicto se secó. Es cierto que podría matarlo pero en ese caso no haría más que dejar el conflicto colgado para siempre”.

            Es así como para el poder punitivo del Estado y del derecho, el mal es sólo un pretexto, un elemento discursivo, una cacería de brujas que autentifica su deshonestidad.

 

 

 

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