El conflicto desde la zona negativa

   Se ha hablado mucho del silencio que preside hoy en día la sociedad vasca en lo que se refiere a toda la espiral de violencia que se vivió desde el final del franquismo y hasta el abandono de la lucha armada por parte de ETA. Se ha hablado también, con motivo de la publicación de Patria, del año cero de la literatura del conflicto, dando a entender que no se había escrito nada antes, ni en lengua castellana, ni en euskera. Esa es una afirmación que Iban Zaldua (Donostia/San Sebastián, 1966) escritor vasco radicado en Vitoria, ha refutado repetidamente en medios como Ctxt, desde lo que él llama “la zona negativa”, con profusa bibliografía.

     Como sé que no rehúye el debate porque se brindó para hablar de la representación del conflicto vasco en Donostia, después de que mis estudiantes realizaran un recorrido por la ciudad a partir de un relato suyo: “Itinerarios”, tema que los alumnos, extranjeros, consideraban difícil para preguntar, directamente, a un transeúnte, le invito a conversar sobre el tema en esta serie sobre una literatura de un conflicto, como es la vasca, aunque ya lo haya hecho desde los relatos sobre el tema, escritos principalmente en euskera, a partir de finales de los 90, que compiló en castellano en 2018 Galaxia Gutenberg en el libro Como si todo hubiera pasado, o quizás también por eso.

     En la nota de ese volumen, Zaldua habla de precedentes, menciona a varios escritores vascos que trataron de poner focos en el asunto, como Ramon Saizarbitoria, Luistxo Fernandez o Jokin Muñoz, autores poco conocidos fuera de la literatura vasca. Sin embargo, para Zaldua, el papel de esos escritores para pensar un tema que era tabú en las reuniones sociales y las conversaciones informales fue «personalmente, muy importante», entre otras cosas, porque «en los años noventa, cuando eran mínimas las perspectivas de que la violencia, la extorsión y la presión que ejercían ETA y su mundo fueran a desaparecer o a mitigarse –es decir, cuando empezó a impulsar lo que se dio en llamar la política de “socialización del sufrimiento” –, y cuando empezaba a recrudecerse la política represiva por parte del estado –lo que llevaría a cierres de periódicos, prohibición de partidos políticos y una limitación de las libertades democráticas–, yo encontré en la literatura que se escribía en euskera sobre el tema algo que no veía en las crónicas periodísticas, los análisis sociológicos o las proclamas políticas sobre el asunto: un espacio desde el que poder reflexionar con más tranquilidad, desde la intimidad del lector, críticamente y con perspectiva histórica. Es cierto que durante los años ochenta hubo una especie de “vacío”, en el que no se escribieron obras tan numerosas, buenas o significativas sobre la violencia vasca, cosa que es curiosa, porque es el momento de mayor crudeza del conflicto, sobre todo a principios de la década, los llamados “años de plomo”.

     Zaldua cree que «la falsa imagen de que la literatura en euskera no se ha acercado al tema, o lo ha hecho demasiado tarde, proviene de esa época, aunque si miramos lo que se producía en esa misma época en castellano, tampoco es que sea mucho o muy significativo…. Pero hay que dejar claro que en los noventa la cosa cambió y que, proporcionalmente, se escribió sobre La Cosa (como Zaldua y Jokin Muñoz la definen) más que en castellano, en la misma época. Más y, me atrevería a decir, también mejor, en general».

     Sin embargo, tampoco es un ingenuo: «Se ha acusado muchas veces a la literatura en euskera de dedicar más atención a los terroristas de ETA que a sus víctimas, y es posible que, históricamente haya sido así, aunque hay ejemplos tempranos de relatos que también tienen en cuenta a las víctimas, como la novela de Mikel Hernández Abaitua Etorriko haiz nirekin? Que es un buen ejemplo, por cierto, de un intento, temprano, de visibilización de todas las víctimas. Hay diversas maneras de abordar la cuestión de la violencia vasca, y quizá era de esperar que, con unos escritores más o menos enraizados en la comunidad nacionalista vasca, y con lectores que son sobre todo nacionalistas vascos, como son mayoritariamente los que leen en euskera, los relatos se centren –a veces de manera muy crítica– en cierto tipo de personajes.»

     De todos los nombres que cita Zaldua entre sus precursores, el que más llama la atención es el de Bernardo Atxaga, de quien menciona la novela: Gizona bere bakardadean (El hombre solo en su traducción al castellano). No en vano, en las letras castellanas, como mencionaba en la primera entrega de esta columna, a Atxaga se le identifica (o yo lo identifico) con la polémica que tuvo con Ignacio Echevarría en las páginas de Babelia a raíz de la publicación en castellano, en 2003, de El hijo del acordeonista, sobre el punto de vista del autor en la novela respecto al entorno de ETA. Sin embargo, la opinión de Zaldua es otra: «Me da la impresión de que desde fuera es difícil ver la importancia que autores como Atxaga, Saizarbitoria, Sarrionandia o Urretabizkaia tuvieron en aquella época para nosotros, los lectores en euskera. Modernizaron, en un período de tiempo relativamente breve, en veinte o veinticinco años, todo el panorama de la narrativa en euskera, y lo pusieron en fase con la corriente principal de la literatura occidental, al menos tal y como la consumíamos a través del filtro hispano. Obabakoak ya había sido un acontecimiento en las letras vascas antes de que le dieran el premio nacional de narrativa. Y lo siguiente que hizo Atxaga fue enfrentarse al reto de hacer una novela “de verdad”, no un libro de relatos “novelizado” como era Obabakoak, y hacerlo además en torno a un tema espinoso que, como he señalado, en los ochenta no había destacado dentro de la producción literaria en euskera. No fue el único, desde luego, ahí están trabajos anteriores y posteriores de Mikel Hernandez Abaitua o de Ramon Saizarbitoria mismo para atestiguarlo, entre otros. Pero El hombre solo destacó mucho, y enseguida le siguió además Zeru horiek (Esos cielos), que es otra vuelta de tuerca al tema, aunque de menor entidad. Son unas obras en las que se le echa una ojeada a las consecuencias de la prolongación de la violencia de ETA en los años ochenta y noventa, respectivamente.

     Zaldua, que no suele morderse la lengua, a fin de cuentas, él es otro de los pocos reseñistas que han dejado claro por escrito que discrepan del modelo literario que utiliza Fernando Aramburu en Patria para narrar esas décadas que ensombrecieron la historia vasca, apunta a la importancia del euskera para tener una mirada más profunda en ese relato: «La cuestión de la lengua en Patria es importante, no tanto por el hecho en sí, sino porque impide, en muchas ocasiones, esa suspensión de la incredulidad que toda buena novela debe producir en el lector: Aramburu parte de una situación en la que tanto la familia de la víctima como la del victimario utilizan el euskera como lengua principal en sus relaciones, y simplemente hay cosas que un lector que conoce la realidad lingüística vasca no se puede creer, tal y como vienen reflejadas en el libro. Otra objeción tiene que ver con el contexto histórico: hay hechos, detalles, referencias que no se ajustan bien al tiempo histórico en el que transcurre el relato; muy recurrentemente, detalles que serían más creíbles, por ejemplo, si la novela se desarrollara en los años setenta, aparecen fuera de lugar en escenas que transcurren en los noventa. Luego está la cuestión de la brocha gorda: para mi gusto los retratos de los personajes que plantea Aramburu son demasiado planos, carecen de hondura, de claroscuros; hay mucho blanco o negro, y poca exploración de la gama de grises, que es donde suele anidar la buena literatura. El estilo de la novela tampoco me gusta, pero eso puede ser un problema mío, claro: para mí es demasiado relamido, demasiado verboso, es un estilo que quiere impresionar por lo “rico”, pero que a mí me empalaga, tanto que lo narrado pierde así fuerza, en mi opinión. El resultado es, a mi entender, y simplificando mucho –en mi crítica lo desarrollo mejor–, una novela de consumo con pretensiones, que falla a la hora de evitar el cliché y ahondar en el matiz.«

     »¿En qué se diferencia mi propuesta? No soy el más indicado para decirlo, claro está…» Y eso es cierto. Esa siempre es obra del crítico. Qué decir del proyecto de Zaldua, de la propuesta que el lector encuentra al leer los relatos que conforman Como si todo hubiera pasado. El rasgo literario que yo destacaría del tratamiento de la violencia que ha sufrido el País Vasco por parte de Zaldua es la cotidianidad desde la que se retrata el conflicto, que a veces hiela la sangre, como en las escenas que conforman “Ámsterdam, Florencia” y “Concentración”, en donde las concentraciones en repulsa por la violencia y sus contramanifestaciones asociadas son las protagonistas. Esos fragmentos transpiran una incomodidad terrible que el autor dice que: «tiene que ver con mi posición en el mismo, que es, como la de la mayoría de los vascos, la de un testigo, dentro de una población muy mezclada en la que las verdaderas víctimas, y a veces también los victimarios –y los victimarios que pueden eventualmente convertirse en víctimas– pueden estar muy cerca de uno. Al padre de un compañero mío de curso lo asesinaron los Comandos Autónomos. El hermano de un compañero de piso fue detenido por formar parte de un comando de ETA. Al menos dos profesores míos tuvieron que marcharse del país para evitar la amenaza de la organización terrorista. La pareja de mi compañero de despacho, y por lo tanto él mismo, tuvo que llevar escolta durante muchos años. He tenido estudiantes presos cuyos derechos eran una y otra vez pisoteados por la administración penitenciaria. Etc. Aquí, en general, no ha habido una separación en dos comunidades casi estancas como en el caso de Irlanda del Norte, por ejemplo. Y el efecto corrosivo que un conflicto y un ambiente de violencia tan prolongados han tenido en la sociedad me parece un tema de lo más relevante, sobre el que me sentí, a partir de cierto momento, impelido a escribir.»

     Eso se observa ya en los primeros cuentos, en los que encontramos la mirada del testigo, en donde aparecen desde los miembros de la policía hasta a los terroristas, incluyendo, por supuesto, a las víctimas, como se lee en “El ertzaina”, “Bibliografía” o “ETT”, por citar algunos. Cuando le interrogo por esos personajes y por la posibilidad de que la literatura sobre el conflicto esté entrando, en estos momentos, en una corriente que se está repitiendo en estos momentos en otras literaturas, como es la de considerar a la víctima como el centro de la narración, como sucedió con la obra de W. G. Sebald, el Roberto Bolaño de los crímenes de las dictaduras latinoamericanas o de la cuarta parte de 2666, o las obras de J. M. Coetzee sobre Sudáfrica, por citar los autores más conocidos, resalta que la literatura vasca está entrando ahí, pero que él desconfía de la narrativa construida exclusivamente desde la mirada de la víctima: «El hecho de centrarse en las víctimas no asegura que el producto literario resultante vaya a ser bueno, tal y como ocurre, por diferentes razones, en novelas como Una tumba en el aire, de Adolfo García Ortega, o Herriak ez du barkatuko, de Irati Goikoetxea (una novela que Zaldua considera de armazón débil). Es un tema complicado y delicado, porque ponerse en la piel de una víctima es muy difícil, y a veces puede rozar lo obsceno. Lo que quiero decir es que todos los enfoques pueden ser, a priori, interesantes, siempre que se hagan con una consciencia literaria clara, buscando la empatía y no el morbo, intentando no caer en clichés y evitando, a ser posible, el sentimentalismo. Algo muy difícil: tenemos que estar dispuestos a asumir más de un fracaso, cuando nos adentramos por esa vía.»

     Por otra parte, en la obra de Zaldua resaltan, además de la cotidianidad, tres cosas evidentes: 1) El idioma: «yo escribo mis libros sobre todo en euskera, y más tarde me auto traduzco al español». 2) La apuesta por el relato frente a la novela. 3) El uso de la ciencia ficción a partir de un cierto momento, que el autor valora así: «La ciencia ficción me interesa porque es un género en el que la noción del tiempo histórico está muy presente, no solo hacia atrás, sino también hacia adelante, hacia el futuro. Porque es posible que el ciclo de la violencia vasca contemporánea, tal y como lo hemos conocido desde 1968, haya acabado, pero sus consecuencias siguen aquí, seguirán por largo tiempo, y tenemos que seguir hablando y escribiendo sobre ellas: el estado, por ejemplo, sigue sin reconocer su responsabilidad en las torturas o grupos terroristas como el GAL. La izquierda abertzale ha dado pasos significativos en lo que a las víctimas de ETA supone, pero a veces parece tener prisa por echar tierra sobre el asunto. Y el conflicto, además, no ha acabado aún. De manera que la ciencia ficción, en su deriva más futurista, puede ser una herramienta útil para señalar esto que acabo de comentar».

     Finalmente, para cerrar este escrito, y con él la crítica, y con él la charla, cabe mencionar un cuarto punto de esta síntesis tentativa, como es el desencanto del militante de izquierda que dejó de serlo, que aparece en cuentos como “Yo fui militante de Euskadiko Ezkerra” o “Materialismo histórico”, “Transición” o incluso “El partido”. Ahí se lee una voz dolida, no resentida, pero sí triste por haber padecido esa desilusión, en la que se vislumbran elementos autobiográficos y que, según Zaldua, supone tan solo «desencanto, aunque no tanto hacia la militancia de izquierdas como hacia la militancia partidista de izquierdas, que no creo que sea lo mismo exactamente; de hecho, yo seguí militando después, en el movimiento antimilitarista, por ejemplo. Y también, me imagino, hay un rechazo a las narrativas triunfales sobre la Transición española, cuyos claroscuros no se suelen subrayar tanto: ahí, por ejemplo, es donde la literatura puede realizar una acción de contrapeso, por decirlo de alguna manera –ahí siempre me acuerdo de escritores como Manuel Vázquez Montalbán o Rafael Chirbes, por ejemplo–. De hecho, el mismo conflicto vasco puede considerarse una negación de esas narrativas triunfales de la Transición: la enmienda oscura y sangrienta de las mismas. Que funciona de una manera contradictoria, además, porque, a fin de cuentas, el terrorismo vasco ha servido para reforzar la santidad de la Transición, y las interpretaciones más retrógradas de la misma, que, a fin de cuentas, han ido a parar a eso que algunos llaman constitucionalismo. También tiene que ver con el fin de los sueños de transformación radical que abrigábamos en una época, y con una cuestión puramente personal y biográfica: a fin de cuentas, yo empecé simpatizando y luego militando en un partido político que, cuando yo me uní al mismo, se decía marxista-leninista y abogaba por la independencia de una Euskadi socialista… y que acabó integrándose en el Partido Socialista Obrero Español, que no llega a socialdemócrata y es uno de los pilares del nacionalismo español contemporáneo. Lo mínimo que uno puede sentirse, después de una evolución así, es desencantado, ¿no crees?»

Carlos Gámez

Carlos Gámez (Barcelona, 1969) es licenciado en Ciencias Físicas. Cursó el Programa de Doctorado en Historia de las Ciencias por la Universitat Autònoma de Barcelona, y el Máster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra. Ha disfrutado de una estancia en las intituciones penitenciarias de Nicaragua, de donde salió su primer libro, un diario titulado 'Managua seis'. Ha sido galardonado con el IX Premio Café Mòn por la novela 'Artefactos'. Colabora con las revistas Sub-Urbano, Culturamas y La bolsa de pipas. En su bitácora personal, "El blog de Carlos Gámez", estudia las relaciones entre ciencia y literatura. Actualmente está peleándose con una novela corta.