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El azote de príncipes

En los ambientes literarios marginales de La Habana de los 70 circulaba una lista, según Reinaldo Arenas confeccionada por el mismísimo Lezama Lima, con las “cien obras imprescindibles de la literatura universal” de forzada y reglamentada lectura. Allí, desde luego, figuraban –por mencionar algunas– La Comedia Humana (Balzac), En busca del tiempo perdido (Proust), Gargantúa y Pantagruel (Rabelais), El Quijote y Los trabajos de Persiles y Segismunda (Cervantes), La montaña mágica (Mann), Crimen y castigo (Dostoievski), El Hiperión (Hörderlin), Viaje a la luna e Historia cómica de los estados e imperios del sol (Cyrano de Bergerac), El Rubaiyat (Khayyam), El asno de oro (Apuleyo) y  el Satiricón  de Petro­nio. También El Cantar de Roldán, el Amadís de Gaula, Tirante el Blanco, el Gilgamesh, junto a obras de reconocidos clásicos de todos los puntos del planeta y de los grandes malditos. Recuerdo, especialmente, a Perse (Lluvias), que leíamos en la bellísima traducción de Lezama; a Eliot (La tierra baldía); Rimbaud (Las iluminaciones y Una tempor­a­da en el infierno); Rilke (Elegías de Duino); Lautremont (Cantos de Maldoror) y raros anónimos como los Cantos de Caravana y El espejo mágico. O exóticos, como los Cuen­tos de lluvia y de luna de Ueda Akinari; y un autor, y es de él de quien deseo divagar un poco hoy, que para mí fue todo un descubrimiento, un tal Pedro Aretino con sus “diálogos putescos”.

La mayoría de esos libros, en esa época, no eran demasiado difíciles de conseguir, si no estaban por un lado, aparecían por otro. Recuerdo que visitábamos insólitas biblio­tecas públicas porque algún amigo nos había comentado que allí existía un ejemplar de, por ejemplo, A la sombra de las muchachas en flor, de Proust, en la edición de Alianza Editorial. A veces tuve la suerte de tropezarme con algún tesoro en Cuba Científica o El Canelo, las dos librerías más famosas de libros de uso, o viejos, como se decía. El ena­morado de la osa mayor de Sergiusz Piasecki, fue uno de ellos, que no estaba en la famosa lista o El negrero de Lino Novás Calvo, que sí figuraba.

Gracias a mi gran amiga Aimée, que estudiaba conmigo en el Pre de La Víbora,  tuve la suerte de conocer a su padre, el doctor Rodolfo Tro (La Habana,1907-Cara­cas,1989), políglota y escritor vinculado al grupo Orígenes, amigo y médico personal de gran parte de la bohemia artística habanera. Recuerdo haber visto en la sala de su casa Bodas de las novicias con Cristo, un Ponce espléndido –regalo del pintor, muy amigo suyo y del cual también poseía un magnífico autorretrato–, y haberme quedado fascinado ante su aún más espléndida biblioteca que cubría toda la pared de un inmenso pasillo. Allí vi, por primera vez la colección de la mítica revista Orígenes y tuve la oportunidad de leer algunos buenos libros de la famosa lista y, también, la entonces vaporizadísima novela Paradiso de Leza­ma en la edición de Diógenes, dedicada por el autor.

En esos años iba mucho, casi todos los días, a la Biblioteca Nacional José Martí y allí, en sus más o menos apacibles salas de lectura, devoré los deliciosos diálogos del Aretino. La BNJM posee –o poseía, ya no lo sé– la invaluable edición príncipe de los “ragionamenti”, donde se lee “ahora por primera vez puestos de la lengua toscana en castellano” y que traduce, anota y “publica a su costa” el comediógrafo español nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1874 y muerto en Madrid en 1922, Don Joaquín López Barba­dillo. Este erudito andaluz fue muy conocido en su tiempo y sus obras (El fin del mundo, Camino de flores, El traje de Venus, Romance pastoril, entre otras, algunas escritas en colaboración con diversos autores) se representaban con bastante éxito según los cronistas de la época. Pero me temo que su nombre habría quedado relegado al olvido (apenas aparecen datos sobre su persona en algunas obras muy especializadas), si no fuera por su interés en cierta literatura que hoy llamaríamos erótica. Barbadillo no sólo tradujo, editó y comentó con gran erudición y elegancia, los famosos ragionamenti, sino que creó una muy bella colección de obras con esa temática, entre las que figuraban La comedia del herrador, también del Aretino; Gamiani o dos noches de placer: “maravilloso cuadro en que se pintan las orgías sáficas y sádicas de una frenética gozadora de amor” de Alfredo de Musset; La Academia de las damas: “llamada Sátira Sotádica de Luisa Sigea sobre los arcanos del amor y de Venus”, de Nicolás Chorier; Confesiones de la señorita Safo: “obra francesa anónima del siglo XVIII”; El gineceo: “imponderable colección de setenta y seis portentosos estudios de desnudo” de André Rouveyre; Margot la remen­dona: “historia de una prostituta”, novela filosófica-erótica; Museo de Nápoles:   “–gabinete secreto–, pinturas, bronces y estatuas eróticas con su explicación”; Las delicias de los césares: “famosa colección erótica de monumentos de la vida privada de los primeros emperadores romanos, sacadas de una serie de piedras y medallones grabados en su tiempo, con la representación al desnudo de sus amores, sus orgías y aberraciones”, un texto de 1782, y El culto secreto de las matronas romanas, continuación del anterior, ambos de Hancarville, entre muchos otros. Ramón Akal, en la década del 70 del siglo pasado, recogió y publicó en edición facsímil, esta gran –y rarísima– colección de Barbadillo que ya se ha convertido en joya de bibliófilos.

Pedro Aretino nació pobre en un tugurio de Arezzo –ciudad de cuyo gentilicio tomó el nombre– el 19 de abril del mismo año del descubrimiento de América y murió rico en su palacio de Venecia, el 21 de octubre de 1556 (otros autores anotan que fue en diciembre de 1557). Su madre fue una cortesana de baja ralea y modelo de pintores para cuadros sacros –su efigie estuvo durante mucho tiempo adornando la fachada de San Pedro de Arezzo– llamada la Tita. Por eso Barbadillo apunta en sus notas bibliográficas sobre el Aretino que fue “hijo de carne de placer”. No obstante, hay autores que plantean que sólo fue una campesina que los pintores se disputaban por su belleza. De su padre se sabe poco, en realidad nadie está muy seguro de quién fue su padre. Buonamici, Burali, Camaiani, Bonci, Lucha o Luca, son apellidos que acompañan a Pedro en distintos sitios, aunque Aretino se tenía a sí mismo como hijo de Luca el zapatero y así consta en algunos documentos. Cela en su Enciclopedia del Erotismo lo llama Pedro Bacci el Aretino. Bacci era un gentilhombre de la zona, lo cual echaría leña al fuego de la leyenda de su origen humilde.

El Aretino creció en Arezzo, a unos 80 kilómetros de Florencia, en la toscana, abandonado y vagabundo. A los quince años, se dice, escribe un soneto contra las indulgencias y tiene que huir a  Perusa donde aprendió el oficio de librero y probó fortuna como pintor. A los 20 ya nos lo encontramos en Roma formando parte de la corte del Papa León X, pero sin abandonar, para decirlo de una forma elegante, su vida disoluta, cultivando amigos y enemigos –sobre todo a estos últimos– a diestra y siniestra. Empezó a escribir encendidas diatribas, artículos satíricos y detractores; ya que pronto aprendió que si alguien virtuoso pagaba generosamente un soneto laudatorio, quien no lo merecía, lo retribuiría mejor. Fue protegido del cardenal Julio de Médicis, del Marqués de Mantua, y consejero del con­dottiero Juan de Médicis. Al llegar Julio al papado como Clemente VII vuelve a la corte pero pronto cae en desgracia y hasta sufre un intento de asesinato, entonces regresa al amparo de Juan de Médicis y más tarde huye a Venecia. La historia de los dieciséis sonetos lujuriosos que ilustraron los dibujos de Giulio Romano, un soneto por cada dibujo celebrando otras tantas posturas sexuales y grabados por Raimondi, no tiene desperdicio. Retrata a nuestro renacentista toscano de cuerpo entero. Visor publicó hace ya unos años los dieciséis sonetos en edición bilingüe traducidos por Luis Antonio de Villena.

En Venecia, en su soberbio palacio junto al Canale Grande, rodeado de su harén privado –seis mujeres jóvenes a las que llamaba sus “aretinas”–, acuña medallas de cobre y plata con su efigie y divisa (El Divino Pedro Aretino, Azote de Príncipes), recibe nobles y emba­ja­dores, discípulos y aventureros, clérigos y famosas furcias; pero también a gente humilde… Y a sus amigos, entre ellos Tiziano, que lo pintó magistralmente –en la actualidad uno de sus cua­dros puede ser admirado en la Galería Palatina del Palacio Pitti de Florencia– y Sansovino –hay un pequeño busto suyo del Aretino posando como san Bartolomé en la Catedral de san Marcos–. Allí, odiado y temido, pero también amado, muere en santa paz. A pesar del poder que llegó a tener, no fue un hombre feliz. No pudo retener a la única mujer que en realidad amó, sin embargo fue capaz de recibirla cuando enferma de muerte se refugió en su palacio. Puro hombre de su tiempo, él solo enmarca todas las virtudes y los defectos de su siglo. Agotó el placer en casi todas sus formas, habló mal de todos y de casi todos vivió. Hoy pocos lo recuerdan. Pero ahí están y estarán sus “ragionamenti”, esos chispeantes diálogos dedicados a su mona, todavía burlándose sabiamente de su tiempo… y del nuestro.

 

 

 

 

 

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