Donde caben todas las posibilidades.

En un video que circuló recientemente en redes, una mujer saca y saca cosas de un horno, cada una más disparatada que la anterior, hasta extraer de ahí al gato, a la hija. Se trata de un espacio oculto, infinito. Un sombrero mágico. O un espacio que en realidad es otro. Como cuando en la fotografía de Graciela Fuentes, Kitchen (2001), vemos dentro de un horno abierto, del lado derecho, sobre el negro de la pared interna, un paisaje.

            Pero la estufa es un lugar más allá de ese lugar interno que es el horno. Quien se acerca a ella lo hace en una actitud decidida. Una no llega a ella a preguntarse ¿a qué venía?, ¿qué quería? Al contrario, se va con decisión, para hacer. Con certeza. Aunque luego mientras se cocine, se reflexione, como hacen los personajes de “Lección de cocina” de Castellanos o de “El huevo y la gallina” de Lispector. En el primero, la estufa se vuelve casi un laboratorio donde la narradora puede ver con admiración cómo la carne cambia de color y se encoge, mientras ella piensa en su nueva condición de ama de casa; en el segundo, la estufa se convierte en un lugar casi sagrado: “Sólo entiendo al huevo roto: lo rompo en la sartén. Es de este modo indirecto como me ofrezco a la existencia del huevo: mi sacrificio es reducirme a mi vida personal.” No es extraño que ambos textos sean un híbrido entre relato y ensayo.

            La estufa es un espacio para ejercer la creatividad. La mayoría de las veces se llega con la idea ya concebida; incluso, con los ingredientes listos. Pero sobre la marcha una agrega una pizca de algo o busca la mejor manera de espesar una salsa o resuelve algún imprevisto como que no le hayamos puesto suficiente agua al arroz o se nos haya pasado la mano con alguna especia o condimento.

            En pandemia la estufa es un lugar central, que se visita mucho más a menudo que en tiempos normales.

            No es que yo no la usara, lo hacía, pero normalmente los fines de semana y luego dividía en porciones y congelaba. Así, el resto de la semana, más bien, calentaba en el microondas o en la estufa o sólo asaba. Quién sabe por qué durante la pandemia no se me ha ocurrido cocinar en grandes cantidades. Tal vez tengo la impresión de que tengo un tiempo que en realidad no tengo —el trayecto del comedor al escritorio lleva diez segundos: he ahí la trampa—. O, tal vez, como compramos víveres para muchas semanas, congelo en crudo en vez de preparar todo de un jalón porque sería demasiado. Como sea: cocino a diario. Además, desayunar, comer y cenar en casa durante meses y meses puede ser muy aburrido. Tendemos a repetir los platillos y al no comer en casa de alguien más, en un restaurante, en la cafetería o fonda donde solíamos hacerlo, la cosa se vuelve tan monótona como una depresión. Servir una pechuga asada por vigésima vez llega a ser muy triste. Porque cocinamos también para asombrar, para promover la alegría y producir algunos qué bueno está o llegar al punto donde las palabras ya no alcanzan y se disuelven en emes largas y vibrantes. Nunca da igual qué cocinar. Y la comida es central en momentos de encierro; es de los pocos placeres que se mantienen, de las pocas distracciones, de los pocos estímulos. Comer lo mismo, con la misma sazón, sólo contribuye a encerrar más el encierro. Por eso a una le da por innovar, por extraer de la memoria platillos de la infancia o que hace mucho no hacía. Esa creatividad se concreta en la estufa; es ahí donde se pasa de la idea o del recuerdo a la materia. Entonces se está en la estufa no sólo con decisión y certeza, también con esperanza.

            Y, sin embargo, ese estadio entraña peligro.

            La cercanía del fuego en las manos me recuerda a mi abuela materna. Ella me enseñó a no temerle al calor, a tomar con delicadeza la tortilla para darle la vuelta en el comal, a que las yemas de los dedos son más resistentes de lo que una cree. Aun así, hay mucho de valentía y de riesgo frente a la estufa. El aceite salta, por ejemplo. O me ha pasado que un mal cálculo en el transporte hace que el agua hirviendo caiga sobre mis manos, mis piernas o mis pies.

        Me pasa también que soy distraída y desordenada. Y abro camino (pongo sartenes y ollas sobre sartenes y ollas) para dejar libres dos hornillas. De pronto, en medio del placer de los aromas, llega uno extraño que me hace sospechar el accidente. Resulta que un utensilio de plástico mal colocado o el mango de otra sartén se están dorando y el hedor es en cierta forma artificial, como proveniente del petróleo. También me pasó al inicio de la pandemia, cuando me dio por usar el horno para algo más que guardar a mi hijo, que mientras precalentaba, percibí aquel olor a plástico. Abrí y encontré felices, horneándose, a mis guantes para agarrar. Los saqué con unas pinzas y, aunque estaban a temperatura muy alta, no se quemaron ni poquito: supongo que su resistencia al calor tiene un límite y los encontré a tiempo.

      Como la estufa es un espacio peligroso, acercarse demanda nuestra presencia plena, nuestros sentidos abiertos.

      Es, además, un espacio que tiende a la suciedad. El aceite cae en la cubierta y en los cantos, aterriza en las perillas, brinca a la campana. Confieso que me gusta la imagen de cuando las gotas diminutas y circulares se esparcen sobre alguno de los extremos de la superficie plateada. La del queso que se salió de la tortilla y se chamuscó hasta el naranja-café sobre el comal o sobre las rejillas, no. En cuanto a los granos de sal que quedan esparcidos, por un lado, me gusta su presencia minúscula, firme y sólida, su separación del resto; por otro, me molesta cuando los patrones no son armoniosos o, debido al fuego, han perdido su blancura. O, si se mezclan con migas de pan de distintas tonalidades, con pedazos de comida calcinados, con las huellas de un líquido que se derramó y se anaranjó, o con esas sombras entre amarillas y grises sobre los lados de la estufa, como si el aluminio se hubiera quemado, me pueden producir algo semejante al desasosiego. Hay pocos espectáculos tan deprimentes en lo cotidiano como ese.

       Confieso que en esta pandemia he dejado a mi estufa ensuciarse hasta la ignominia. Más de una vez. Nunca en su vida había llegado a extremos tan deshonrosos, tan indignos. Podría defenderme, decir que no me da tiempo, que trabajo mucho, que tengo un hijo de doce y una pequeña de cinco. Pero lo cierto es que soy desordenada y cuando termino de cocinar no limpio la estufa. Si fuera pintora dejaría los pinceles desperdigados, las pinturas abiertas, los botes de diluyentes evaporándose. Mis malos hábitos atentan contra la creatividad y el hacer. ¿A quién le dan ganas de innovar culinariamente en una estufa cochambrosa?, ¿quién quiere hacer algo hermoso en un espacio sucio?

       Una estufa limpia, pero bien limpia, es el vacío. Su brillo, su disposición a recibir, a sostener: ahí todo es posible. El cochambre, en cambio, hace sentir que ese espacio está lleno hasta el desborde, que el pasado pesa en él e impide el futuro.

       Pero existe el Easy Off.

       No recordaba que lo tenía, pero lo tenía (tal vez lo compré en un estado alterado de conciencia). Y aprendí que nunca —pero nunca— se debe aplicar con un solo guante porque no se encuentra el otro: más vale buscar bien para tener ambos y ordenar mejor las cosas para la próxima. El Easy Off se aplica con un cepillo de cerdas largas por lo que al ponerlo en las parrillas salta y puede caer en la mano. Se trata de una sustancia que en cantidades suficientes puede convertirnos en un Hulk amarillo o en una especie de mujer letal quema personas.

         Mientras espero a que la sustancia haga efecto sobre las distintas partes de la estufa, pienso que esta es un lugar desarmable. Se debe a su condición de espacio-artefacto, aunque no todos los artefactos se desarman para su limpieza y hay espacios desarmables como una casa de campaña o un tepee. Al retirar las parrillas, el comal, las cabezas negras y los quemadores, la estufa queda al desnudo y entonces se puede apreciar con mayor nitidez el desastre que ha sucedido sobre ella, lo desigual de sus marcas grasientas, saladas, de carbón. Es evidente que en pandemia se le da un uso al que no está acostumbrada. Como al microondas y al tostador, que terminaron por descomponerse —ahora temo por la licuadora—. Los aparatos y los espacios sufren nuestra presencia constante, la exigencia del resguardo.

         A pesar del Easy Off y la fibra metálica, hay pequeños puntos naranja que se niegan a desaparecer de las hornillas. Imagino una supervisora que se asoma y me exige, inmisericorde, perfección. Imagino que debo dejar la estufa tan limpia que cuando la señora Edith regrese no piense que somos unos cochinos, pero, de inmediato, me doy cuenta: este esfuerzo, el de este momento, no será para agradarle a ella. En el corto plazo no va a volver y mañana temprano la estufa ya tendrá encima alguna sartén para freír una salchicha.

       Tallar, pulir y enjuagar las distintas partes y las distintas superficies son actividades que no suelo hacer. Para que yo dé clases y escriba, la señora Edith se encarga de ello. O mi mamá y mi cuñada cuidan a mi hijo y a mi hija por las tardes. Vivo en un sistema en el que dependo de las demás personas para hacer mi trabajo. Por un segundo se me ocurre que en este momento de enjuagar y descubrir en los quemadores su brillo, estoy siendo independiente, que he alcanzado cierta autosuficiencia. Pero no. Para que estemos en casa quienes tenemos ese privilegio, muchas otras y otros tienen que salir, arriesgarse, llevar, proveer. El pensamiento, entonces, me encierra. La injusticia y la desigualdad laten en el centro de la pandemia. Y ojalá lo que produjeran no fuera culpa sino conciencia y ella nos llevara a organizarnos y a actuar en conjunto.

       Termino mi misión. De lejos no se ven las imperfecciones: lo logré. Me siento satisfecha.

       Lavo la estufa de noche para no invadirla de inmediato, para que mi obra dure un poco más, para que, al día siguiente, al despertar e ir a la cocina, me reciba la imagen de orden, limpieza y vacío, esa en donde caben todas las posibilidades. Incluso, la esperanza. Aunque tenga mucho de espejismo porque si me acerco, las motas, los rastros del cochambre, están ahí.