#DelirioLit: Capítulo 11: El alma respira con baterías, o no llores más, Lucifer

La masa de carne amontonada que se perdía donde comenzaban las avenidas, era la multitud gritando, tratando de alcanzar la caja. Las ventanas de los edificios estaban cerradas.

Frente a nosotros desfilaban los más coloreados; y al frente de ellos, estaban aquellos que marchaban de primero; pero primero que ellos, porque hay que mencionarlas, estaban las ancianas.

Eran cadáveres en vida, arrastrando sus pasos detrás del difunto. Se movían con la frente rozando el pavimento, así como dobladas para adelante; con tumores en los brazos, torcidas de mente (lo revelaban en la mirada)… arrugadas y murmuronas, envueltas en ropa negra.

Sus dedos chorreaban rosarios oscuros. El aliento entrecortado era de oraciones incomprensibles, de catolicismo enfermo, casi extinto; ancianas ciegas y hediondas a ternura.

Con dificultad, la más vieja señaló al cielo… Miramos, y una gran hojilla se abrió camino a través de las nubes, vaciando sobre nosotros algo que, si sacabas la lengua, sabía a polvo de agua.

Pero el corte no eludió con su filo a los lunáticos que regresaban a la tierra. Por eso, el rocío se evaporó entretanto la lluvia de sangre se acantilaba sobre los impermeables. —¡La sangre de los poetas, rápido, las esponjas; no se debe dejar correr la sangre!—, escuché extraviado. Sin embargo, todo se precipitó. La crema cardenal se hizo brillante en el concreto y se escurrió hasta desplomarse por el vacío de las alcantarillas.

A los ángeles no se les veía, pero se les reconocía por sus perfumes.

Me quité los audífonos para hablarle al iluminado, pedirle que me ayudara, confesarle que me disolvía; pero ese sonido no salió por mi boca. Estaba mudo. Empapado de sudor y de una sangre digital que no era mía.

El iluminado me señaló las orejas y me indicó voltear de nuevo hacia la procesión. Al colocarme los audífonos, los llantos se vertieron a un coro divino. —Qué cosa tan torcida, hermano—, me decía uno de los turistas en el círculo, o sobre las gradas, o donde sea que estábamos montados todos nosotros; —esta vaina que se escucha la compusieron desde la muerte—. La figura del turista pixelado se ajustó su dispositivo en la cabeza, y levantó una vez más los brazos como si esto le ayudase a respirar.

La música parecía derramada, y prometía pulverizar las ventanas. El réquiem detonaba un espasmo tras otro con cada prensón de sus notas, marcando el compás del sublime funeral… en donde una pareja con sus rostros velados (los únicos al frente de la caja), eran acompañados por seis niños del Asia, quienes jugaban y reían entre los seis trasvesties gigantes, que sostenían el peso del ataúd de Dios a ambos lados.