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De cómo me convertí en un escritor perseguido en el exilio y cómo desde entonces he hecho de todo para no serlo[1]

 

A mí las cosas siempre me salen al revés. Cada vez que creo resolver un problema, ocasiono otros nuevos y cada vez que recurro al que creo yo el más tenaz de los sarcasmos para castigar la ingratitud o la impertinencia de algún infeliz, éste me contesta con una amplia sonrisa en los labios sin darse por enterado que lo había insultado. Que el destino haya hecho de mí –un autor entregado a la literatura fantástica– un escritor de una significación política, se debe también a tan triste característica mía de hacer las cosas mal. De igual manera que yo haya sido objeto de detención y maltrato por parte de la dictadura fujimorista tiene más que ver con los rasgos fantásticos de la política peruana que con los matices políticos de mi literatura. No quiero decir que mis escritos no tengan o no pretendan una intención política; de hecho toda literatura conlleva siempre un propósito político, más aún en América Latina, donde hasta la elección de una lengua obedece en muchos casos a una identificación y una toma de posición política, pero la mía dista mucho de ser lo que se llama vulgarmente una literatura comprometida. Puede parecer curioso que alguien como yo, que detesta tanto los panfletos como el chucrut o las albóndigas, termine inmerso en un alboroto político con resonancia internacional. Y de hecho lo es, pues de todas las explicaciones posibles que se me han ofrecido desde mi detención, hace ya cuatro años, hasta ahora, y que van desde las teorías conspirativas más desaforadas hasta la mano siniestra de Dios, la más racional de todas me sigue pareciendo la de mi mala estrella y esa terquedad del destino en escupirme el asado.

Aunque vivo en Alemania desde hace más de una década, mi caso difiere diametralmente del de los escritores perseguidos políticamente. Me explico. La explosión de una literatura latinoamericana del exilio se encuentra estrechamente ligada a otro boom que sacudió al continente: el apogeo de las dictaduras militares. Así como la literatura del exilio alemán en el nazismo o la española en el franquismo, la literatura del exilio latinoamericano se ha inspirado por tradición en la figura del dictador latinoamericano y lo ha hecho con tanto éxito que algún irreverente ha querido ver en monstruos políticos como Trujillo, Strossner, Videla o Pinochet un positivo estímulo para la creación novelística en el continente. La imagen más manida del escritor latinoamericano en el exilio es la del escritor perseguido, perseguido por un gobernante déspota que muchas veces no sólo le arrebata su derecho a expresarse públicamente mediante la pluma, sino a menudo también su libertad. No es ese mi caso. Fuera de mis acreedores y la mala suerte, no creo que exista alguien interesado en perseguirme. A diferencia de la mayoría de los escritores latinoamericanos exiliados en Alemania, empujados a abandonar su país durante las dictaduras militares de los años setenta, mi viaje a Europa a principios de los noventa se debió a lo que yo llamaría una especie de estupidez romántica. La situación política era en el Perú de entonces bastante desalentadora, es cierto, el gobierno de Alan García había destruido la economía nacional y Sendero Luminoso había copado demasiados espacios en la vida política, tanto así que una simple salida a comprar pan podía terminar en un infierno de bombas y tiroteos, pero lo que más nos preocupaba a mí y a mis amigos cercanos era la imposibilidad de seguir viviendo en un país que no nos ofrecía ni las más mínimas garantías para ser nosotros mismos. Así mientras la masa se alocaba por largarse a los Estados Unidos “a hacer la América” nosotros los de la clase media intelectual limeña corríamos tras becas o “gringas” que nos permitieran conocer el Viejo Mundo y nutrirnos allí de las calles por las cuales pasearon alguna vez Baudelaire, Van Gogh o Novalis. Yo me enrolé en un grupo de música que venía supuestamente para un gira europea en teatros y festivales y que posteriormente se reveló como uno de esos de poncho que uno ve aún esporádicamente en las peatonales germanas. Pero no me importó porque Europa era Europa, y de Colonia, nuestro destino como grupo, a París, que como Meca artística de los latinos era también mi meta, no había más que cinco horas en tren. Pero me fui quedando.

En todos estos años en Alemania quizás el acto político más consciente que recuerdo sea mi decisión de no votar para las presidenciales en las elecciones de 1995. Así que el más sorprendido fui yo cuando el 12 de agosto de 1999 al intentar ingresar a mi país, como ya lo había hecho en otras oportunidades, un parco oficial me informó que estaba detenido y que pendía sobre mí una pena no menor de 30 años por traición a la patria.

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Eran las once de la noche en el puesto fronterizo de Santa Rosa, en Tacna, y lo primero que se me vino a la mente fue la visa alemana sobre la página 18 de mi pasaporte:

–Estoy seguro que podremos arreglar este engorroso asunto de alguna manera decente –le dije al policía de turno, seguro de haber recurrido al abracadabra que habría de sacarme de cualquier apuro.

–Me temo que no, –me respondió– se trata de un cargo muy delicado.

Cualquiera que hubiera leído la consternación en el rostro curtido de ese policía habría pensado, como yo, que, en lo más profundo de su corazón, él sabía que se estaba cometiendo una injusticia contra un ciudadano inocente y que se condolía conmigo. Pero me bastaron apenas unos minutos para darme cuenta que en verdad lo que tanto pesar dibujaba en su rostro era ver cómo se le escapaba tan fácilmente una semana de cervezas y los útiles para el segundo semestre escolar de sus hijos pequeños.

No, no podía aspirar a que se hicieran de la vista gorda como lo hubiese hecho con un ladrón de autos, un narcotraficante o un violador sin problema alguno, me informó el oficial, pues yo era un caso de extremo peligro para el estado peruano. Sí, yo era un peligroso terrorista. Tras disolver el parlamento el 5 de abril de 1992 Fujimori había expedido una serie de leyes antiterroristas tan severas que, de haberse cumplido éstas a cabalidad, las fuerzas represivas hubiesen tenido que detenerse a sí mismas. Entre otras joyas dichas leyes habían impuesto tribunales militares con una sofisticada tipología de delitos de terrorismo que iba desde el cargo de apología para los simpatizantes más tímidos hasta el de traición a la patria para los dirigentes de Sendero Luminoso o del MRTA. Para mi desgracia yo había logrado convertirme en uno de los dirigentes internacionales más importantes de Sendero Luminoso, aunque nadie se había tomado la molestia de informármelo hasta que me sorprendió la policía de Tacna.

Puesto que yo era un sujeto peligroso se me confinó a un calabozo sin luz y con una pestilencia a orines más fuerte que la de los baños de la Universidad de San Marcos o las letrinas del Estadio Nacional. Ahí debía pasar la noche para ser trasladado al día siguiente a la ciudad de Tacna donde se decidiría mi destino. Conocía tantas historias de torturas y maltratos de detenidos que esa mazmorra de Santa Rosa casi me pareció un buen comienzo. Y no me equivoqué. Porque antes de que terminara de entonar las cinco estrofas de “Gracias a la vida” ya un guardia me ofrecía una cama en el cuarto de los oficiales de turno por diez cómodos soles peruanos.

A la mañana siguiente, cuando me entregó a las autoridades de Tacna, mis deudas con el susodicho habían aumentado, entre taxis, desayuno y propinas, a 65 soles. No sé si todos los días un policía se aparezca con un peligrosísimo preso para cambiar dólares en el mercado de Tacna, pero el cambista aquel no se inmutó ni cuando le entregué mis escasos recursos con las manos esposadas ni menos aún cuando le entregué los 65 soles al guardia delante de él.

Si al reo sentenciado el estado le arrebata todos sus bienes de una sola vez, al detenido se los arrebata paulatinamente. En Tacna me informaron que un juzgado militar de la capital me requería por traición a la patria. “Me mandarán a Lima, entonces”, supuse, pero suponer en el Perú sólo trae disgustos o desencantos. El estado peruano no cuenta con recursos para trasladar a terroristas, me informaron también los guardianes del orden, así que si yo quería llegar al tribunal militar correspondiente o bien debía esperar a que algún vehículo del ejército partiera para Arequipa, y luego en Arequipa, que otro partiera para Ica y así sucesivamente hasta llegar a la capital, o bien debía cubrir con todos los gastos del transporte, incluidos los de los dos policías de custodia que debían acompañarme. Una vez acordado lo de los pasajes empezaron las negociaciones para los “viáticos” de mis acompañantes. A mí, en un exceso de estupidez racionalista, se me ocurrió proponer la poco afortunada suma de 250 dólares americanos para ambos. Al parecer los cursos de policías no contemplan divisiones impares en caso de corrupción porque mi propuesta desencadenó discusiones tan acaloradas para ver quién se quedaba con los cincuenta dólares de más que yo tuve que mediar entre ambos guardias para evitar una desgracia que sin duda alguna hubiese aumentado los cargos en mi contra. Con 125 dólares en el bolsillo tampoco se dieron por satisfechos y yo tuve que desembolsar sendos “préstamos” para no tener que seguir oyendo las penurias de los guardianes de la democracia. Viajábamos a lo largo del litoral y por un antojo del destino cada cierto trecho topábamos con buitres que se saciaban con carroña. Entonces, por primera vez en mi vida, descubrí que la naturaleza puede ser terriblemente poética.

En Lima me condujeron a las instalaciones de la Dirección Nacional Contra el Terrorismo. Allí se me comunicó que, debido a mi peligrosidad, pasaría quince días aislado y sin derecho a defensa para no interrumpir los interrogatorios. A menos que mi generosidad ablandara sus buenos corazones. Esa misma noche vi a mi esposa, la etnóloga alemana Jana Jahnke, a mi familia y a mi abogado. Por supuesto para ello había concertado una suma con mis custodios, pero bajo la condición de que no sea mi esposa la que entregase el dinero “para que no se lleve una mala imagen del país”. Después de la consabida toma de huellas digitales y de la fotografía correspondiente fui internado en una pequeña celda con rejas en vez de puerta, igualmente sin luz, en la que apenas cabía un colchón y lo que yo pronto nominé como mi baño propio: una botella vacía de Inka Cola de dos litros.

Pese a la humedad de Lima y al olor penetrante del colchón, apenas algo menor que el de la botella, dormí esa noche profundamente. A las seis de la mañana del día siguiente un altoparlante me despertó con una voz inconfundible. Era Celia Cruz que a todo volumen cantaba: “La vida es un carnaval”.

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Yo venía de dar una conferencia sobre la historia del charango en la Reunión Anual de la Asociación de Musicología de Argentina y había decidido reunirme con mi esposa, que se hallaba en el Perú tratando de realizar un trabajo de campo entre los aguaruna, para visitar juntos, por supuesto, a mi familia. Pero sin proponérmelo se trastocaron los roles y de pronto fui yo el único que recibía visitas. Allí, en las instalaciones de la Policía Nacional mi abogado me comunicó que había sido denunciado por un detenido a quien se creía haber identificado en uno de los famosos videos de Abimael Guzmán, el número uno de Sendero Luminoso. Pancho O., el reo en cuestión, se había acogido a la Ley del Arrepentimiento, un engendro del fujimorismo que ofrecía conmutaciones de pena a cambio de delatar a quince “compañeros”. En su desesperación Pancho O., un amigo lejano de mi ex-cuñado, no encontró mejor manera de llenar su lista que recurriendo a cuanto hijo de vecino se le viniera a la mente. Como yo en los ochenta me había ganado un nombre como charanguista entre los círculos de izquierda cantando contra las masacres militares, no descarto la posibilidad de que mi denunciante haya sabido de mí por mis conciertos, que incluso haya asistido a alguno. Si así fue, intuyo que su decepción debe haber sido muy grande, de otro modo no podría explicarme el que un ciudadano honesto haya deseado con tanto ahínco verme entre rejas. Sea como sea, por mi pasado artístico mi militancia senderista resultaba creíble para quien quisiera creerla. Y los policías se encontraban desafortunadamente entre ellos.

Por una de esas excepciones de suerte que me depara la vida de vez en cuando Pancho O. había tenido la excelente idea de indicar mi participación en eventos culturales de Sendero Luminoso con pelos y señales. Gracias a ello mi abogado pudo demostrar rápidamente, remitiéndose a mi movimiento migratorio, que mi participación en los supuestos eventos senderistas en los que mi delator aseguraba haberme visto, era imposible, pues entonces me encontraba a miles de kilómetros de mi país desgarrando las cuerdas de mi charango en las peatonales alemanas por unas cuantas monedas. Una vez llegado al tribunal, demostrar mi inocencia era cosa de niños. El problema era llegar al tribunal.

En el Perú el tiempo es un concepto arbitrario. “Ahorita” puede significar varios minutos. “Una hora”, muchas, muchísimas, y “mañana” puede referir tanto una dimensión de tiempo que encierra 24 horas como semanas o meses. Un juicio militar por terrorismo duraba por lo menos medio año, me dijeron mis allegados. Así que podía sentarme a esperar que San Pedro bajara el dedo o ponerme a escribir la novela que hasta hoy no termino por falta de tiempo.

Mientras tanto mi familia había desatado una campaña internacional para exigir mi liberación. Desde el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania, pasando por los Verdes, las Asociaciones de Musicología de Argentina y Chile, la Universidad de Colonia, Amnesty International, numerosos intelectuales y artistas nacionales e internacionales hasta anónimos defensores de los Derechos Humanos, todo el mundo bombardeó por esos días al gobierno peruano con faxes, correos electrónicos y llamadas telefónicas pidiendo la liberación de Mendívil, el escritor, y la de Mendívil, el músico, sin olvidar la de Mendívil el etnomusicólogo, por supuesto. A veces me preguntó si la policía vio en esos pequeños detalles un matiz esquizofrénico de mi personalidad o si los mandos militares llegaron a temer el haber detenido a toda una familia de revoltosos internacionales. Sea lo uno o lo otro esa avalancha de peticiones ejerció una presión tan grande sobre el gobierno que el presidente mismo se vio obligado a referirse al “caso Mendívil” en el Congreso de la República. Frente a las cámaras de televisión Fujimori leyó un escueto informe de la policía en el que se hacía público que no se había encontrado prueba alguna que relacionase a Mendívil –ya sea el autor, el músico o el etnomusicólogo– con Sendero Luminoso y que su liberación era cosa de “días”. Con buen tino el presidente recordó a los que demandaban mi inmediata libertad que él no podía intervenir en la administración de justicia ni en los fueros del poder militar, que había que apelar a la paciencia.

Estoy seguro que su intervención en el Congreso no influyo en absoluto en el trato que recibí desde entonces en las instalaciones de la Dirección Contra el Terrorismo. Esa misma noche fui sacado de la celda y se me adjudicó una cama en la habitación de los oficiales de turno. Durante una semana no hice otra cosa que leer periódicos, ver televisión y sacar a los presos de sus celdas a la hora del almuerzo con un horrible manojo de llaves que no debe parecerse en nada al de San Pedro a las puertas del cielo. El tribunal militar también se mostró comprensivo y para evitar demoras innecesarias con traslados a una prisión militar y de ésta a la corte, se mostró dispuesto a juzgarme en las mismísimas instalaciones de la policía, siempre y cuando mi familia rompiera vínculos con la izquierda parlamentaria, con las asociaciones de Derechos Humanos y dejara de atacar al gobierno.

Así que catorce días después de mi detención, cuando fui puesto en libertad frente a un conglomerado de familiares, periodistas, cámaras de televisión y curiosos, no se me ocurrió mejor cosa que recurrir a la frase más política que se podía venir a la cabeza para festejar mi regreso al mundo de los seres libres: “Después de casi diez años –dije– la dictadura de Fujimori ha aceptado que en el Perú sí hay presos políticos inocentes y ha demostrado además que es viable una solución rápida y efectiva a tales injusticias.”

Fue así que me convertí en un escritor político, sin haber hecho nada para merecerlo.

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Cuando digo “sin haber hecho nada” quiero decir que no hice nada para que me detuvieran y mucho menos aún, para que me liberen. Y lo más triste de todo es que, incluso no habiendo hecho nada, lo haya hecho mal. Tal vez sea yo el primer escritor en el exilio que, en abierta oposición al modelo típico latinoamericano, primero logró salir del país y después ser perseguido; tal vez por ello no creo poseer en absoluto la autoridad que adquieren los escritores de la diáspora política y menos aún la capacidad de ver un acto heroico allí donde sólo reconozco mi misma torpeza de siempre.

Desde el día de mi liberación he vivido traicionando mi imagen de escritor político. Puede verse en dicha actitud una proposición política postmoderna, me temo, desgraciadamente, que ésta obedece mucho más a una terca necesidad de no hacer lo que de mí se espera. Seré más explícito. A mi regreso a este lado del océano, a Europa, cuando todos esperaban de mí el crudo informe de penurias y tormentos sufridos, no encontré mayor gozo que contar las más absurdas e increíbles anécdotas sobre mi detención. Cuando percibí que algunos de quienes habían luchado por mi liberación mal ocultaban su decepción porque no había sido maltratado, torturado, en fin, porque no había sabido cultivar los ingredientes discursivos del género, entendí que, librado del totalitarismo de un régimen político, había caído en otro discurso totalitario que me obligaba a ser lo que la dictadura había hecho de mí: un perseguido. Y me negué rotundamente. Aunque ya de otra forma, las asociaciones de Derechos Humanos también ejercieron la censura para mantener mi perfil de exiliado en las entrevistas que realizaron conmigo. Dispuestas a señalar con dedo acusador la podredumbre moral de los regímenes represivos, ninguna de ellas se dignó reproducir mi gratitud a la corrupción de las autoridades peruanas, esa especie de varita mágica nacional que me había permitido, como a muchos otros presos peruanos, recuperar antidemocráticamente los derechos democráticos que “democráticamente” me habían sido arrebatados. Tal como un miembro de la Cruz Roja Internacional me lo anunciara en mis días de detenido, concluí después de una semana en los calabozos de la DINCOTE que la corrupción termina siendo la única posibilidad de alcanzar beneficios para un preso político y que sólo ella hace de la administración de justicia un acto comercial cuasi-democrático en el cual puede negociarse el derecho a ropa limpia y a comida como si se tratara de un tubo de pasta de dientes o cualquier otra mercancía.

Muchos de mis conocidos esperaron en vano durante meses una versión literaria de mi aventura política. Mas, quien como yo, ha optado por subvertir la realidad en sus textos, sabe que el panfleto y la literatura fantástica se toleran tanto como Bush y Fidel Castro. Creo, por lo demás, que sólo un exceso de ingenuidad podría alimentar la esperanza de conmover con la literatura espíritus que permanecen indemnes frente a la realidad misma. Por tanto una escritura política me resultaría algo tan sospechoso como un programa político literario por parte de un gobierno.

Hay en esa terquedad de no ser un escritor perseguido, por supuesto, una convicción política ajena al tópico del exilio. El discurso del escritor y del exilio literario es el de la nostalgia por principio. Por eso su musa se alimenta de una doble pérdida: la del país de origen y la anticipada pérdida de la patria postiza. Czes?aw Mi?osz ha resumido dicha desazón con estas palabras: “En el país del que viene, el escritor estaba consciente de su tarea y la gente esperaba sus palabras, pero se le había prohibido hablar. Ahora donde vive es libre de hablar, pero nadie lo escucha y lo que es peor, él mismo ha olvidado lo que tenía que decir.” Y así es por lo común. Sea como pérdida de la patria, como soporte ontológico o como condición originaria, el exilio siempre se remonta a la lucha contra una injusticia casi omnipotente. Puede tratarse de una subjetividad social, como en el caso chileno o argentino, o de una subjetividad sexual, como en el caso de los exiliados cubanos de los años noventa, puede referirse el exilio a una dimensión psicológica, como en el caso del alienado de Artaud, a un destierro lingüístico como el de la disyunción del significante con el significado, o uno teológico como el del paraíso terrenal en el Antiguo Testamento o a cualquier otra cosa entre todas las cosas serias y aburridas que acostumbramos a escribir los escritores que vivimos en el exilio, pero siempre es la represión en última instancia la que determina el destierro y por consiguiente el desarraigo y los impone como espacio social desde el cual el sujeto exiliado se escribe, extraña, conjura, se emborracha, putea y se reconstituye como ente social y literario. Expulsado de la patria geográfica o de la lengua materna –“[l]a ley de lo foráneo en que se vive en el exilio, es ante todo la ley de un idioma ajeno”, ha escrito Bernhard Schlink– el escritor exiliado se mueve a tientas como Adán fuera del edén con más temor frente al Dios que lo ha expulsado que alegría de saberse por fin libre de morder cuanto fruto le venga en gana.

Yo, humildemente, me he inclinado por los nuevos frutos.

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“Exiliado –dice Bierce en su Diccionario del diablo-: el que sirve a su país viviendo en el extranjero, sin ser un embajador”. Esta definición, pese a la evidente ironía que pretende contener, se funda también en una fidelidad a un estado originario que me recuerda el credo del génesis, del evolucionismo y aquel del discurso patriotero de los estados nacionales. Quiero sugerir ahora, un tanto de manera provocativa, que el tópico del exilio no sería posible sin un discurso mayor que lo sustente: el de las identidades nacionales y las fidelidades que éstas exigen. Pero para quien, como yo, sólo ve en los estados nacionales una construcción histórica, el chauvinismo es una falta de coherencia.

Perdí mi orgullo nacional en 1978 durante el mundial de fútbol en Argentina. La selección brasileña había vencido a la peruana y puesto un pie en la final, interponiéndose de esa forma en los planes de la dictadura gaucha para conseguir el título y limpiar un poco su harto desgastada imagen. Los anfitriones, que esperaban a los peruanos como próximos rivales, urgían más de una goleada que de una victoria. Los expertos deportivos afirmaron entonces que sólo con un milagro Argentina lograría derrotar al excelente equipo peruano con la abultada diferencia de cinco goles que necesitaba para descalificar a los brasileños y poder disputar el título. Cuando sonó el silbato final con un marcador de 6 a 0 a favor de los dueños de casa y el dictador militar peruano corrió a felicitar a su homólogo argentino, no pensé que los milagros eran posibles, por el contrario, comprendí con el dolor de mi alma que, más allá de los sentimientos y las fronteras nacionales, existen lealtades más contundentes y duraderas. Desde entonces mi afición a los sentimientos patrios ha sido más endeble que nuestras posteriores selecciones de fútbol.

Más que una idea abstracta de nación lo que me une al Perú es un sentimiento de pertenencia cultural, una afinidad con todo aquello que el estado peruano se empeña en negar, reprimir o manipular: lo indígena, la producción popular y los sistemas de significación cultural que niegan al Perú como estado nacional unitario. No creo por ende que exista una manera auténtica de ser peruano ni mucho menos que uno experimente una enajenación cultural progresiva a medida que se aleja espacial o temporalmente del territorio nacional, a no ser que ésta se construya discursivamente como parte de la subjetividad literaria. En estos tiempos radicales de la modernidad puede afirmarse sin temor a equivocarse que las culturas no se circunscriben más a territorios concretos, ni los territorios a determinadas culturas. Hay miles de peruanísimos peruanos en la diáspora como miles de desadaptados que no han salido jamás de su pequeño pueblito andino con su Rita de junco y capulí. La peruana es por el contrario una literatura del in-xilio. No es difícil llegar a tan extraño espacio literario. A lo largo del siglo XX todo proyecto político en el Perú vio en el ideal mestizo de una identidad sincrética el modelo más adecuado para la nación peruana. Y así, todos, tanto los de izquierda como los de derecha, excluyeron a cuanto proyecto alternativo encontraron en el camino. Ni Guaman Poma ni el Vallejo de Trilce ni Martín Adán ni Arguedas sufrieron el destierro, sin embargo sus obras están marcadas por un desarraigo cultural que ni el más osado psicoanalista hallaría en la tumultuosa prosa del auto-exiliado Vargas Llosa; la enajenación que alimenta esas obras no es el producto de la separación involuntaria, del divorcio abrupto y doloroso, sino de un mal mucho más terrible y cotidiano: el de la convivencia.

Durante el tiempo que viví en el Perú tuve para mí la certeza de que ese sentirme fuera de sitio en mi propia patria, como en Arguedas o en Guaman Poma, era consecuencia directa de mi condición de artista u observador. ¡Tremenda blasfemia! Ashaninkas, aguaruna, machigüengas, chancas, huancas y aymaras se sienten tan distantes del estado peruano como quienes crecimos oyendo los ejercicios de Czerny y los cuentos de Hans Christian Andersen en camas acolchadas, tan desplazados a la periferia como los eufóricos partidarios del Mc Donald y de MTV. Hoy que han pasado los años debo reconocer en esa individualización forzada del destierro social apenas un triste hedonismo pequeño-burgués, una arrogancia igual a la que nos lleva a preguntarnos en simposios y ediciones por qué las dictaduras nos persiguen, como si no supiéramos que éstas no distinguen entre opositores con estilo literario propio y pobres obreros o campesinos analfabetos.

Después de las “comunidades imaginarias” de Anderson y de las “tradiciones inventadas” de Hobsbawm, la nación ha perdido todo sentido ontológico para mí. Para mí la nación es un bolero, una construcción semejante a las maquetas de Lego, susceptible de ser modificada según el gusto y las necesidades del que la constituye. No quiero negar con ello las identidades colectivas, pero lejos de ser esa instancia metafísica que proponen los estados nacionales, las naciones son, en mi humilde opinión, una mercancía tan mudable como la política económica del gobierno y tan negociable como la pasta de dientes o un almuerzo en una cárcel peruana. En mi caso, que no tiene por qué ser paradigma alguno, la nación existe sólo a un nivel personal, en una esfera familiar y amical que no corresponde necesariamente a lo que Pablo Macera alguna vez definiera como un exceso semántico para el Perú. A falta de verdades colectivas que compartir, como el poeta, yo construyo mi país con palabras. Y con palabrotas. De igual modo construyo cada día el país del exilio en el que vivo. Ni siquiera el truco del destierro lingüístico podría excusarme ahora. ¿Cómo ignorar sino la triste verdad destapada por Derrida de que hasta la lengua materna no fuera posible si no como una imposición social, si no como la naturalización de un proceso construido socialmente?

El desprendimiento entre espacio y tiempo que ha impuesto la era de la globalización y su expansión vertiginosa por el mundo entero se interponen a la nostalgia que alimentara la pluma de los escritores del exilio en las décadas pasadas. Gracias a la red y a la telecomunicación no tenemos que extrañar las mentiras de los políticos, las metidas de pata de una primera dama con una lengua más larga que sus faldas, los casos de corrupción de los jueces anticorrupción del gobierno ni las consecutivas derrotas del once nacional, de modo que la tecnología ha terminado por arrebatarnos los últimos recodos de memoria selectiva que nos permitían idealizar la tierra y recordar, en vez de las bombas y de la discriminación diaria que se vive en sus calles, las “chelas” en la cantina, los domingos en la playa y el aroma de los anticuchos en las noche de verano. Quizás porque a diferencia de los exiliados no se me ha prohibido el retorno a mi país y puedo ingresar al Perú y ser detenido cuántas veces me venga en gana, el sentirme bien o mal en Alemania tiene mucho más que ver con mi forma de ver el mundo que con el triste destino de ser peruano. Es cierto que soy un inadaptado en tierras germanas, pero lo soy tanto como lo he sido en mi propia patria.

De todo ese conglomerado de cosas que conforman oficialmente la nacionalidad peruana: Francisco Pizarro, el pasado señorial, San Martín y Bolívar, un absurdo orgullo por un himno nacional que es tan horrible como cualquier otro, la pendejada o viveza criolla, lo único que me queda es mi amor al ceviche y al rocoto relleno, entre otras delicias. Mientras otros discuten si Tenochtitlan es más paja que Macchu Picchu, si Vallejo es más universal que Borges, si el pisco es peruano o chileno, o si Chumpitaz fue mejor que Beckenbauer, yo he concentrado mis fuerzas en ejercer el nacionalismo culinario. El ceviche, la papa a la huancaína, el arroz con pato, los chicharrones y la jalea de mariscos son lo más universal que puede ofrecer país alguno y poseen más poder de congregación que cualquier otro discurso literario o político. El mundo sería posible sin Macchu Picchu aunque tal vez menos maravilloso, menos mustio sin Vallejo y, de hecho menos, divertido sin el pisco, pero ¿quién podría conjeturar la existencia de un mundo sin palomitas de maíz, sin su ajicito y sin papas fritas?

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Pese a los buenos momentos, pese a la falta de un discurso nacionalista, por supuesto, uno sigue sintiéndose ajeno en la tierra prometida. Jamás entenderé a los alemanes. El año 2000, en Bogotá, mientras esperaba que la suerte y la burocracia colombiana me dejaran partir para los Llanos Orientales para una excursión etnográfica, salí una noche a comer con miembros de la comunidad alemana. Durante el tiempo que les conté mis peripecias en el país vecino sentí que, además del idioma, una filiación a patrones de comportamiento occidentales nos hermanaba terriblemente. Hasta que nos sirvieron las corvinas en salsa de culantro:

-¡Dios mío –exclamaron los alemanes al unísono al probar la salsa– esto sabe a detergente!

Desde entonces una pregunta me atormenta: ¿Cómo así he llegado a vivir entre gente que toma detergente?

Alemania no ha sido para mí una nueva patria. Si le debo algo es sin duda haberme deparado lo que Mi?osz ha denominado una “enajenación privilegiada”, pues en comparación a la que vivía en mi propia patria, la del exilio tiende a parecerme una natural; sí, a mí que no resisto el presupuesto de arquetipos divinos o tectónicos. Por supuesto la integración de los inmigrantes sigue siendo un problema no resuelto en Alemania, pero quiero ser optimista y pensar que en pocos años la República Federal terminará integrándose a nosotros, como Lima ha terminado por volverse una ciudad chola. Como en el Perú, aquí en Alemania no he partido de mi nacionalidad para establecer vínculos y alianzas con otros sujetos sociales, sino de cosas más subjetivas y determinantes como afinidades políticas o intereses académicos comunes. Por lo demás, no diferencio entre peruanos, latinos o alemanes, a no ser para repartir los platos con o sin picante en las fiestas.

Quizás porque mi dominio del alemán sigue siendo tan precario que mis chistes suenan solemnes y mis frases solemnes absurdamente chistosas, quizás por esa incapacidad de someterlo de manera similar al español, mi lengua de trabajo, el alemán como lengua literaria no me ha atraído más que el chucrut o la ensalada de patatas. Sigo escribiendo en español con excepción de los artículos académicos que por razones pragmáticas –para mis editores en alemán– publico en la lengua de Nietzsche. Aunque leo regularmente en alemán, ningún nombre literario alemán nuevo, fuera de Bernhard Schlink, ha pasado a mi terna de escritores queridos y sobre la cabecera de mi cama, si tuviese una cama con cabecera, seguirían descansando los mismos autores que ya en el Perú me habían cautivado: Rilke, Novalis, Hölderlin, Hoffmann, Hesse y, sobre todo, el filósofo de la ciencia gaya.

La odisea de la migración, la alteridad, la multiculturalidad y la situación de los latinos en Alemania ocupan las plumas de numerosos colegas latinoamericanos y han propiciado algunas novelas y cuentos de alto valor literario. Tal vez porque mi historia de inmigrante sea más adecuada para una novela de esas aburridamente cerebrales que escribe Javier Marías que para una trama fantástica o de suspenso, me he mantenido alejado de cuanto suene a testimonio. Por lo demás mi fantasía es tan pobre que no logra idear ni remotamente una trama realista. Así que me quedo en lo fantástico, en lo que, no sin cierto desdén, alguien ha tildado de literatura para literatos, suponiendo erradamente que la literatura social tiene un público semejante al de los salsódromos. Al igual que las tramas poco han cambiado mis escenarios. Pese a los años trascurridos aquí mis historias siguen sucediendo en el Perú, mas no en el de ahora, ni en el de antaño, sino en ese Perú literario que yo me he inventado y que gracias a la casi nula circulación de mi libro en mi país –mi editor español temía que los libreros peruanos lo arruinaran y terminó desmantelado por sus compatriotas– mis desafortunados lectores no pueden comparar con ese real, en el cual una dictadura nefasta tuvo la mala idea de perseguirme e intentar hacer de mí un escritor político. ¡Qué desfachatez sin nombre!

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“He conocido prisiones diversas” –escribí alguna vez–. “Unas eran de piedra, otras del barro que envilece al hombre; otras de cemento y en ellas el uliginoso frío resquebrajaba el ánimo y el cuerpo; no olvido las del papel: las poblaban, junto a mí, las palabras y el olor agonizante de la tinta, las hubo también de madera: eran frágiles, aunque pavorosas; otras carecían de fábrica y sus muros se erigían a fuerza de voces y lamentos sin deparar descanso al confinado. De muchas desconozco el material que las constituía pues la podredumbre cubría sus paredes con una exasperante perfección que robustecía la incógnita. Pero ante todas ellas, señores, es sólo ante una, ante la cual me doblego: ante la del silencio.”

Este fragmento de “La soledad de Naymlap”, un cuento que formara parte del libro La agonía del condenado, fue publicado en 1998, un año antes de que entregara mi pasaporte al oficial de frontera en Santa Rosa de Tacna. Como el Quijote de Menard a la obra cumbre de Cervantes, mi detención ha trastocado el significado de estos renglones y del título de mi libro convirtiendo las prisiones internas del alma en calabozos horribles y a los arrojados al infierno en miserables sentenciados por una dictadura de pacotilla. Pero ni aún en ello veo una derrota, sino nuevamente una mala jugada del destino para recordarme que a mí las cosas siempre me salen de manera diametralmente opuesta a lo que espero. Mas si hoy todavía puedo reír del empeño de algunos miembros de mi familia en negar la existencia de mi libro durante las investigaciones que emprendió la policía en 1999 –“¡Van a pensar que ya has estado preso, van a creer que estás defendiendo a los presos de Sendero!”–, si puedo entender el pánico con que ocultaron mis artículos en la revista ILA (Infostelle-Lateinamerika) porque dicho nombre coincidía increíblemente con las siglas con que Sendero celebraba el Inicio de su Lucha Armada, si aún puedo convocar las risas de mis amigos al referir los nombres de los corruptos custodios que desembolsaron sistemáticamente a mi familia con repetidas coimas –Joya y Chunga, este último sorprendentemente el nombre de una prostituta en una obra teatral de Vargas Llosa–, si aún puedo sonreír por esa dualidad de sistemas de significación que mi detención ha impuesto a cosas escritas por mí convirtiendo inocentes y abstractas líneas en presupuestos políticos, en fin, si puedo reír aún de una situación tan horrorosa como aquella que me tocó vivir injustamente, quiero creer que ello se debe a que la dimensión política de mi detención no ha vencido todavía el halo personal con que matizo y justifico todo cuanto me pasa e incluso cuanto me pesa, desde el irremediable hecho de ser peruano hasta los golpes sangrientos que hicieron tan patéticos los versos de Vallejo. A ausencia de versos no me queda más que anteponerle a esos golpes una sonrisa, más no una de paz ni condescendencia, sino una sarcástica, semejante a aquella que acaso no entendió el oficial de aduanas de Francfort que me recibió tras abandonar la nave que en septiembre de 1999 me traía de Lima:

–Y, ¿qué tal las vacaciones en familia? –me preguntó amablemente mientras tomaba mi pasaporte peruano y buscaba mi visa.

–Inolvidables –le respondí– inolvidables.


[1] Publicado por vez primera en alemán en el libro Exil-Bilder. Lateinamerikanischen Schriftsteller und Künstler in Europa und Nordamerika, editado por Sebastian Thies, Susanne Dölle y Ana María Bieritz, el año 2003.

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