Dakota

En mis cuatro viajes que he hecho a Nueva York, cuando el mundo no era esta distopía en que se ha convertido y uno podía trasladarse sin problemas de un extremo al otro, siempre veía el edificio Dakota a una prudente distancia, desde el otro extremo de Central Park, y creo que una sola vez me acerqué al portal de ese histórico inmueble de Manhattan construido en 1884 por el arquitecto Heny J. Hardenbergh ubicado en la 72 de Central Park West, y jamás se me ocurrió traspasar su regio portal.

El siniestro empaque de ese edificio me viene a la memoria cuando se cumplen cuarenta años del más famoso asesinato cometido en él, el del músico y componente de los Beatles John Lennon, en su entrada, por un descerebrado sujeto llamado Mark David Chapman que, de ese modo, quería pasar a formar parte de la historia de la infamia en un nuevo capítulo de la banalización de la violencia a la que tan acostumbrados nos tiene ese país extraño, incomprensible y estrambótico que es Estados Unidos.

Los exclusivos apartamento Dakota tuvieron huéspedes a su altura. Entre sus cuatro paredes durmieron Judy Garland, Boris Karloff, Leonard Bernstein, Lauren BacallJennifer LópezBono, StingPaul SimonAlec BaldwinRobert RyanJosé FerrerRoberta Flack, Steve Guttenberg, Judy Holliday, Jason Robards, Carson McCullersJohn Lennon Yoko Ono Mia Farrow.

Lo de esta última huésped, Mia Farrow, resulta paradigmático después de protagonizar una de las películas más terroríficas del director Roman Polanski entre las cuatro paredes de ese edificio histórico, La semilla del diablo. Polanski se inspiró en uno de los inquilinos del Dakota, el brujo Wicca Gerald Brossau Gardner, lo que motivó que, durante el rodaje de esa película angustiosa, se produjeran a las puertas del edificio numerosas protestas de adeptos a la magia negra y la brujería y, he aquí un dato inquietante, ahí estaba Charles Manson que, desde entonces, comenzó a obsesionarse con Roman Polanski y no paró hasta asesinar a su esposa Sharon Tate.

Todo viejo edificio tiene sus fantasmas. Yo desistí de vivir en uno enorme y señorial, del Ensanche barcelonés, precisamente porque, al visitarlo, noté presencias extrañas de los que habían vivido anteriormente, y muerto, entre sus paredes, y no quería tener sueños agitados durante la noche. Lo mismo me sucedió en un ático de la Rambla de Cataluña de la Ciudad Condal cuando en su bañera de cuatro patas vislumbré una sospechosa mancha roja que no habían podido borrar por mucho que rascaron las mujeres de la limpieza. Ambas experiencias cristalizaron en uno de los relatos de los que más satisfecho estoy: El último inquilino. Ficción y realidad se entrecruzan constantemente.

 

 

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