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CRÓNICAS ILEGALES: Zamudio

cronicas iConocí a Zamudio una mañana en la que fui a la oficina principal del Banco Sabadell como ayudante de Mario -un ingeniero nicaragüense- a darle mantenimiento a los equipos de aire acondicionado.
Cuando estábamos esperando a que cerraran las puertas para empezar con nuestras labores técnicas, una rubia alta de escote profundo se acercó a su ventanilla y le preguntó -con voz de telefonista de hot line- dónde quedaba la ventanilla para adquirir cheques de viajero; Zamudio, con la mirada fija en los atributos de la chica, estiró su mano con el dedo índice señalando hacia la derecha, sin percatarse de que en el camino le apuntaba amenazante un ventilador, de esos antiguos de metal, que casi le destrozó el dedo…

Me acerqué preocupado a socorrerlo, pero ya sus compañeros lo estaban atendiendo y me llamó la atenciòn la actitud tranquila de Mario, quien vio el accidente como quien ve llover. Luego me contó que no era la primera vez que a Zamudio le ocurría un accidente de lo más idiota, que más bien era una costumbre en su vida cotidiana.

Durante los pocos días que estuve trabajando en el banco, pude percatarme de que, al margen de su actitud distraída y de su vida accidentada, Zamudio era una persona extremadamente amable y de modales muy finos. Zamudio, de mediana edad y mediana estatura, lucía una figura espigada y cara de intelectual; vestía como asistente de profesor universitario, con corbata michi y anteojos a lo Sartre, y regularmente llevaba un libro bajo el brazo.

Siempre que pasaba por su ventanilla me saludaba, a lo militar, con su dedo enyesado y algunas veces coincidíamos en el Starbucks y en restaurantes de comida rápida, pues el local de Mario, donde yo tenía trabajos eventuales, quedaba cerca del banco. Descubrí que teníamos pasatiempos en común, como la lectura, el diseño y la pintura y tuvimos conversaciones muy amenas, donde Zamudio hizo gala de poseer una vasta cultura.

Se me estaba haciendo costumbre ver a Zamudio siempre con un parche, una venda, un lente roto o aunque sea un curita, cuando no estaba con el bolsillo de la camisa manchado por la tinta escapada de su pluma fuente. A veces se parecía a uno de esos simpáticos personajes trágicos de Woody Allen o al Arthur Newton, del libro de lecturas del Instituto Británico.

Una tarde en que unos técnicos cortaron momentáneamente la electricidad, Zamudio subía distraído leyendo una carta de reclamo, al segundo piso del banco, por una escalera que estaba medio en penumbras. Delante de él, Kórac -un amanuense gigantón, refugiado croata que sufría de males de la guerra-, subía también, portando un paquete de libros en la mano. Zamudio, sin darse cuenta, tocó la espalda de Kórac, justo cuando llegaban a los últimos escalones, activando el delirio de persecución del croata, quien, asustado, solo atinó a soltar los libros y propinarle a Zamudio un sófero cachetadón con el revés de la mano, que lo regresó de golpe al primer piso, luego de un artístico volantín con caída de payaso.

Cuando llegué a la sala de recuperación del Baptist Hospital, pregunté por Zamudio y me dijeron que busque al paciente que tenía más yeso. Lo encontré justo cuando lo trasladaban a su cuarto y le pregunté qué le pasó y me contó que solo recordaba que subía por la escalera leyendo una carta, chocó con algo pesado y cuando levantó la vista para ver qué ocurría, se le apagó la luz y despertó enyesado en el hospital. Tuve que darle en la boca los bombones Ferrero Rocher, y sostenerle el sorbete (straw) de su Coca-Cola, y luego leerle un par de artículos de la revista SUBURBANO, de una edición en papel que encontré en Books & Books.

Cada vez que lo visitaba en el hospital, me contaba de algún pequeño accidente que había sufrido: le dieron sobredosis de medicamentos, le pusieron una inyección equivocada, le afeitaron el pubis confundiéndolo con un paciente de fimosis y por poco lo operan de la próstata.
Él estaba feliz en el hospital, pues era el niño mimado de las bellas enfermeras, que cada vez que pasaban por su lado lo saludaban con una ternura infinita (una veterana me confió: »me da tanta pena este muchacho…»)

Varios meses después, a mi regreso de Tampa, encontré a Zamudio, recuperado, en la puerta de una compañía de seguros, en el centro de Miami, en plena esquina, mirando hacia todos lados, como si se le hubiera perdido algo. Luego de saludarnos me contó que estaba buscando a un vendedor pirata de películas clásicas -ilegales- que solía pararse en esa esquina a vender su mercadería prohibida »de muy buena calidad» a módicos precios. <<¿No será el tipo ese de la gorrita peruana y la mochila militar?>> le dije, señalando a un tipo sospechoso que fumaba un cigarrillo a unos pasos de nosotros, <<¡Ese es!>> dijo Zamudio, tomándome del brazo y caminando conmigo hacia él, justo en el momento en que un ómnibus de turismo se estrellaba contra las puertas de la compañía de seguros, chocado previamente por un camión blindado, en la misma esquina en la que estábamos parados Zamudio y yo, segundos antes.
<<Es la segunda vez que me pasa>> dijo Zamudio, pálido, temblando como un perro chino.
<<Mejor me voy a descansar a mi casa, visítame cuando gustes>> me dijo, extendiéndome una tarjeta con su dirección en un bello suburbio del North West.

Acompañé a Zamudio por dos cuadras, ayudándole a esquivar un buzón sin tapa y un poste. Luego de despedirnos, caminé de regreso hacia la South Miami Avenue, para rescatar a mi viejo Volvo de las cocheras del Mary Brickell Village, volteando de vez en cuando la cabeza, melancólicamente, hasta que pude ver a Zamudio en el paradero, subiendo al ómnibus equivocado, camino hacia el sur…

Ginonzsky

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