
Reconozco mi obsesión por el mal y de ahí que ocupe la centralidad de todo lo que escribo, sea el eje de mi obra narrativa y de buena parte de los artículos que voy publicando en diversos medios. Quizá el horror que me produce el mal provenga de mis raíces cristianas y de ese precepto de “no desees al prójimo lo que no quieras para ti”, que incumplen precisamente esas malas personas que muchas veces son de misa diaria y golpes en el pecho y a los que un Jesucristo renacido expulsaría del templo a latigazos.
La capacidad del ser humano para cometer atrocidades no tiene límites. El virus del odio, junto al de la estupidez, quizá sea el más fácil de inocular y transmitir. “No hay más infierno para el hombre que la estupidez y la maldad de sus semejantes”, decía el marqués de Sade que, en realidad, era un moralista disfrazado de pervertido. La apelación a la bestia que llevamos dentro se consigue con unos cuantos eslóganes primarios y una serie de bulos. La humanidad, en su forma irracional, tiene tendencia al linchamiento rápido, sin reflexiones. Los ejemplos en nuestra moderna historia de salvajadas, porque no hace falta remontarnos a los tiempos de Calígula o a los de Vlad el Empalador, son inacabables: el holocausto de Hitler, las purgas de Stalin, la muerte de casi dos millones de personas en la Camboya de Pol Pot, el genocidio de Ruanda, la guerra fratricida de los Balcanes y así un larguísimo etcétera, y casi todos estos ejemplos con la entusiasta participación de poblaciones que contribuyeron activamente en las matanzas o simplemente miraron hacia otro lado o las justificaron porque eran necesarias según su parecer. Vengo diciendo desde hace tiempo que me da más miedo la psicopatía de masas que los psicópatas individuales.
En la actualidad, resulta difícil encontrar a un personaje más odioso que el actual ministro de seguridad de Israel Itamar Ben-Gvir. Arrogante, prepotente y violento, el líder del partido fascista Poder Judío alardea constantemente de su maldad hasta convertirla en virtud entre los suyos. Lo hemos visto humillando y violentando a los prisioneros de las flotillas solidarias de la libertad, que partieron rumbo a Gaza y fueron abordadas en aguas internacionales sin que los gobiernos de los integrantes de esa fuerza de paz dijeran una sola palabra por ese flagrante acto de piratería; brindando en la Knesét, el parlamento de Israel, con un pin de una horca en la solapa por la aprobación de la ley según la cual se podrán condenar a muerte a palestinos pero no a israelíes por el mismo delito; y recientemente celebrando la construcción de ese pabellón de la muerte en donde podrá haber espectadores para asistir al ahorcamiento de los palestinos.
No es mejor este sujeto repugnante y odioso que, por ejemplo, el asesino en serie, el estadounidense de origen polaco Richard Kuklinski, sobre el que el escritor argentino Ernesto Mallo ha escrito una espléndida novela, que se jactaba de haber asesinado con sus propias manos a doscientos varones. Es más peligroso ese asesino israelí metido a político que cualquier otro criminal porque tiene poder de decisión sobre la vida y la muerte de miles de personas y lo ejerce alegremente ya que para él los palestinos no son humanos sino bestias que se deben eliminar: abschaum, escoria, en la terminología del Tercer Reich. No es mejor el desalmado Itamar Ben-Gvir, cuya faz es sencillamente odiosa, que Hitler, Himmler, Mengele, Heydrich o Aribert Heim, algunos de los destacados nazis que quisieron exterminar a su pueblo durante la Segunda Guerra Mundial, sino que diría que los copia y los admira porque ese judío perverso nacido en Mevaseret Zion, Israel es uno de ellos, sería un aplicado nazi, un kapo vasallo de Auschwitz que llevaría al matadero a los suyos apaleándolos por el camino.
Lo malo no es que existan Mengeles, Heims, Himmlers, Hitlers o Ben-Gvirs, lo peor es que son el producto de sociedades enfermas que se cimentan en el odio al diferente y el supremacismo. En teoría, el Estado de Israel se vende a sí mismo como la única democracia de Oriente Medio a pesar de que tortura, viola y asesina a los palestinos y será juzgado por la historia, y confío que también por los tribunales internacionales, por haber cometido un espantoso genocidio en Gaza. Itamar Ben-Gvir no es mejor que los que lo jalean, le votan o asistirán al bárbaro espectáculo de los ahorcamientos. En el caso de este monstruo con apariencia humana me resulta muy difícil aplicar la máxima de Concepción Arenal de “Odia el delito y compadece al delincuente”. Decir que la humanidad tiende al bien es una forma buenista y optimista de ver las cosas. En el filme Shoah, de Claude Lanzmann, quizá el mejor documental rodado sobre el Holocausto que no muestra una sola imagen de los campos de exterminio, una de las cosas que más me llamó la atención fue cuando el director entrevistaba a campesinos polacos que araban sus campos cerca de Auschwitz y la respuesta que daban a los gritos de las víctimas y disparos de sus verdugos que con frecuencia escuchaban: “Era molesto oírlos a diario”. Molesto cuando podían haber dicho horrible, una salvajada, un crimen espantoso, enfermábamos… No, les molestaba, simplemente.
Una vez pregunté a un amigo mexicano por la razón de esa violencia extrema (decapitaciones, torturas, descuartizamientos…) que era la moneda de cambio y el lenguaje interno de los carteles de narcos mexicanos. Su respuesta fue muy simple: lo hacen porque pueden.
Itamar Ben-Gvir, como los nazis del Holocausto, o los estalinistas de las purgas, o los seguidores de Pol Pot en Camboya, o los hutus en Ruanda, o los chetniks en Bosnia, asesina sencillamente porque no solamente nadie se lo impide, sino que su sociedad se lo pide, él puede y sus actos aberrantes no tienen consecuencias. Todo crimen, sin excepción, debería conllevar su castigo ejemplar en una sociedad que se diga civilizada y democrática.
El escritor José Carlos Somoza, en un debate del festival Black Mountain, lanzó al aire una pregunta inquietante: “¿Qué pasaría si se despenalizara el asesinato?” Buena parte de los gobiernos del mundo hace tiempo que lo han hecho y han normalizado la palabra “asesinato” sin necesidad de recurrir a eufemismos. Eso era cosa del pasado.


















