Con Lucía

Félix Terrones

 

Creo que fue el jueves que advertí de modo unívoco que había muerto. No había sido una muerte cualquiera, desde luego, se trataba de una muerte que llegó con deliberada inocencia sin que apenas me diese cuenta. Casi como un sonámbulo, me había movido durante todos estos días, estos meses, hasta que este jueves, al despertar, me dije “ya está, eres un muerto”. Y esta comprobación apenas me afectó. De la misma manera en la que nuestros ojos se acostumbran a un fulgor deslumbrante, la idea de estar muerto hizo que incluso sonriera. No importaba, siempre tenía a Lucía.

Hace mucho yo poseía un gato. Este gato se llamaba Orfeo y se extravió el mismo día en el que empecé a morir o a despertar. Había salido con él, costumbre de lunes, al Jardin du Luxembourg a pasear. Él iba adelante y yo detrás, distraído con los viejos que jugaban al ajedrez, los hombres que corrían, los estudiantillos que leían un libro o, simplemente, los desocupados que jugaban a la pétanque. Cuando quise reparar en el gato, este ya no estaba. Después de haber caminado unos metros con preocupación, suspiré aliviado al verlo en el regazo de una mujer. Con cínico rubor me acerqué a ella para balbucear unas disculpas. Ella no dijo nada, tenía los ojos irritados, había estado llorando. Tampoco dijo nada cuando me senté, sin saber por qué, a su lado. Respondía a mis preguntas sin mirarme, los ojos fijos en el lienzo que tenía al frente; a ratos le daba una pincelada. Era pintora y, desde hacía ocho meses, vivía sola, en París. Ella había perdido a su novio -Antonio, el nombre-, ahogado en las Antillas, y a mí me había dejado mi esposa: por orfandad, la empatía fue inmediata. Conversamos largo, entre silencios rotos por el murmullo de los árboles y algunas risas. A la hora de irme, tras concertar un encuentro, no advertí que dejaba, el diablo sabe dónde, a Orfeo.

Lucía, con quien vivo, ahora sí de verdad, desde el jueves, tiene lentas manos afiladas y una como ensoñación que le da a sus movimientos la lentitud de quien se siente desubicado. Tiene unos ojos pardos muy hondos que con dificultad cambian de expresión. Hay en su físico y en sus ademanes una urgencia sin argumentos, más sólida que cualquier palabra. Quizá, esto sea lo que más se resalta en su pintura junto con esa búsqueda muda de un lugar, un pasado. Una búsqueda que en el mundo objetivo encuentra aquello que despierta su memoria y la agita en imágenes, colores de su paleta, imágenes que lleva al lienzo vaporizadas, entrevistas, acaso reiteradas. Vivía, vive, en un pequeño piso del 18e, un piso que también le servía de atelier. (A este lugar no fui sino para ver mi cara por primera vez.)

Si nuestra relación empezó por una casualidad no continuó sino gracias a la premeditación. Premeditación que hilvanaba mi interés que la llevaba al cine, a un café o, acaso, a pasear por el Champ de Mars. Ahí, nos encontrábamos con cientos de parejas, todas iguales, que repetían los ritos de caminar, reír o retozar en el césped bajo el amparo de un árbol, a la orilla del paseo. Idénticos burgueses, bien vestidos y buenas conciencias como yo, jamás como Lucía. Ella no parecía tener más que dos mudas de ropa y la negligencia que gobernaba todos sus actos. A veces, no entiendo cómo pudo dejarse tanto, cómo permitió que yo limitara así su libertad.

Un día, mientras cruzábamos el Sena, ella se detuvo a mitad del puente. Me miró largo con esos ojos que me empezaron a llevar con su corriente. Una como nostálgica pasión tenían los suyos, incluso estaban húmedos. Me tomó las manos, me estrechó y besó. Después cogió mis cabellos y comenzó a hacer remolinos con ellos. Su gesto se oscureció más. “¿Por qué no cambias de peinado? Péinate así…”, dijo. Yo sonreí y no dije nada. A la mañana siguiente me peinaba de la manera que ella decía. Total, ya estaba aburrido de haber llevado tanto tiempo ese peinado.

Casi dos meses después de habernos conocido me anunció que pintaba un retrato mío. Con ansiedad le pedí que me lo mostrara. Se negó: “No, no te recuerdo todavía”, dijo. Sin entender, le supliqué que me dejara verlo. De nada sirvió.

Nuestras salidas empezaron a cambiar por esta época. Dejaron de lado la premeditación para estar sometidas al arbitrio de su veleidoso deseo. Una noche me citó en Ménilmontant solo para entregarme una talla que había hecho; era la imagen de un gato. Otra vez, me llamó de urgencia, pidió encontrarnos en la Place Descartes – el busto del filósofo al centro, su efigie llena de cagada de pájaros – para contarme un sueño que había tenido. No obstante, lo peor era cuando iba a mi trabajo para exigirme que paseáramos. Esto provocó muchas murmuraciones entre mis compañeros que, por lo demás, siempre se habían sentido envidiosos del afecto que el supervisor me tenía. Un afecto que, pese a mis tardanzas (estaba durmiendo mal o nunca), mi cambio de aspecto o de actitud, no se veía disminuido.

Recuerdo, como si me lo hubieran contado, que una tarde ella me llamó para enseñarme mi retrato, lo había terminado, quería saber qué tal me parecía, sí, claro, me invitaba a su atelier…Llegué agitado, preso de la ilusión. Sin embargo, al ver a ese hombre mirándome desde el lienzo, como un recuerdo confuso, no pude dejar de sentirme molesto. ¿Qué parecido había entre él y yo? Apenas había semejanza en el cabello y…Cuando estuve a punto de increparle, Lucía se abalanzó a besarme. “Sabía que te gustaría”, dijo entre risas.

Si guardé indignación, esta no duró más de dos semanas. Acaso tres. Cada vez que iba al atelier me reconocía más en él. Me paraba al frente suyo, a la izquierda, a la derecha y sí, pensaba, ese soy yo. Por otro lado, en lo que no nos parecíamos él llevaba las de ganar. Me gustaba mucho esa despreocupada sencillez, esa negligencia casi verde, ¿por qué no tenerlas? Cuando creí tenerlas y me aparecí por el atelier, Lucía me amó como nunca antes. Recuerdo mucho esa noche porque, bajo una hermosa luna llena, recorrí cada rincón de su geografía con la minuciosidad de quien cree reconocer, de pronto, un pasado remoto, un sueño dejado. Ella se dejaba hacer mientras que, a iniciativa suya, nos bautizábamos con nuevos nombres sin cansancio. Un rato era Roberto, otro Javier. Minutos después, me llamaba Carlos y luego Joaquín: cada uno con distinta actitud. Me gustaba ello, pensé que el ponerse apelativos – tan falsos como nuestros nombres compartidos por millones de personas en el mundo – era una forma extraordinaria de darle cabida a nuestros deseos que, de tener nuestro nombre verdadero, acaso resultarían perniciosos para nosotros mismos. A veces, la mascarada era más saludable. Además, ¿quién no ha creído ser, por un momento, otra persona? A la semana siguiente, mi supervisor, harto de mi dejadez, solicitó mi carta de renuncia. Poco me importó.

Cuando por fin me parecía al retrato y era más retrato mío que nunca, yo ya vivía en el atelier. Sin embargo, la actitud de Lucía se había tornado fría y distante. Se negaba a dormir conmigo y se recluía en su pequeña habitación. Sollozaba mucho sin darme el motivo o, siquiera, una explicación. Me sentía pésimo, hubiera dado todo, cualquier cosa, por saber lo que le pasaba. Apenas me hablaba y cuando lo hacía procuraba no mirarme a los ojos. “¿Qué tenía Lucía?”, me preguntaba sin sueño, mirando mi retrato.

Este lunes, ella se me acercó y me preguntó si la amaba. Le dije que su pregunta era injusta, que ya mucho se lo había demostrado. Ella sonrió con cansancio, acaso reconocimiento, y me dijo que se lo probara, que terminara de parecerme a él y señaló el cuadro con el mentón. Mi retrato tiene los ojos azules y yo no los tenía. Le dije que si de eso se trataba no tenía ningún problema (en verdad sí, eso siempre me ha parecido cuestión de travestidos), me compraría unos lentes cosméticos.

Y no me arrepiento, pese a haber muerto, porque cuando llegué al atelier con mis nuevos ojos ella fue mía no ya como un recuerdo, sino como presente. Un presente en el que el pasado nos iluminaba a ambos, bajo el destello de la luna. En medio de aquella pasión, ella me dijo Antonio y yo entendí que esta vez no se trataba de un juego, que desde ese momento yo era Antonio, el novio muerto, y nadie más. La besé y le dije que sí, que yo era Antonio, había regresado y nunca más me iría. Un sollozo de felicidad, infinita dicha, salió de ella. Le pedí, le rogué que me contara cómo nos habíamos conocido y enamorado, a cuántos lugares habíamos viajado, llenos de proyectos que empezaba a recordar. Con infinita paciencia lo hizo.

Así fue que este jueves al despertar me dije “estoy muerto”, pues había muerto para ser otro, yo mismo, sin sueños de oficina o de divorcio. Un momento – relámpago fugaz – sentí celos por ese Antonio, pero no fueron más allá, él era yo. Además, con mi viaje a las Antillas no tengo tiempo para pensar en ello, será mi primera vez allá y casi estoy tan entusiasmado como Lucía. Mientras, el tiempo sigue su girar mudo, cargado de formas y nombres, arena del recuerdo o los proyectos.

Cenizas y ciudades