Cómo él se ganaba la vida, escribiendo cartas suicidas para los demás…

                                                                              «… entonces todo desaparecería, como la niña de ceniza    

                                                       quese desvaneció al sentir elsoplo de un susurro. «

Una de las cosas que más me intrigantiene que ver con los últimos minutos antes de que de alguien se quite la vida. Más allá de que si es algo moral, o que si pobre de los familiares, o de toda la gente que dejó; me intriga la firmeza con la que pueden escribir una carta de despedida, el sabor del último bocado, los toques de la lluvia sobre el vidrio del auto, la sombra de las gotas en el rostro, la última fantasía justo antes de la bala, del fuego, o de dejarse caeral pavimentodesde el último piso. Sin tener que argumentar, que quienes se van primero son los afortunados; este testimonio es sobre aquel que nos dejó primero, porque así lo quiso.

Yo, he tenido experiencias en mi cabeza. Las he revivido considerablemente a lo largo de los años. Cuando dejaron de ser suficiente las recreaciones en mi imaginación, vinieron los ejercicios. Una vez convencí a mis amigos más cercanos a convertir nuestro círculo de escritores en algo más íntimo. Fue uno de los primeros pasos antes de que uno de ellos, se volviera un asesino. Pero esa es otra historia.

Un domingo, les pedí a cada uno que escribiera su carta suicida. Aún conservo esas cartas. Ellos, algunos casados, ya con hijos, dudo que las recuerden. Esto fue hace más de diez años. Ahora he leído la última, la de Alejandra. Alejandra era quién más dolor llevaba consigo en ese entonces. La nota era honesta, breve, una frase de tres líneas que no reprochaba nada. No hubo ninguna batalla perdida. No habían seres amados a quien invocar, no habían disculpas. «Seguir viviendo,esprolongar el gemido delruiseñorcuando desliza su pecho contra la espina de la rosa.» A pesar de que Alejandra tuvo el revolver hirviendo sobre sus muslos, al borde de la cama, aún con dos balas en su cilindro, luego de haberle pegado tres tiros a Matias, dos en el pecho y uno en la mano, cuando el joven la usó para cubrirse el rostro; prefirió salir del hotel al coche. Tomó el pequeño tanque de gasolina guardado en la maleta, entró de nuevo, puso la cadena en la puerta, y se quemo viva. 

Un tiempo después, durante el huracán en Cuba, pude ver como el viento levantaba los árboles y se los llevaba al mar. Esa noche, hicimos un triángulo alrededor de Ernest. Mary, Joaquín y Denne lo rodeaban con sus brazos abiertos, suplicando que por favor se sacara el arma de la boca. Yo lo contemplaba desde la esquina de la sala. No fueron los llantos de Mary lo que lograron persuadirlo a no matarse. Tampoco el ruego de cariño de Denne y Joaquín; fue mi mirada desde el otro lado lo que produjo la pausa necesaria para que no apretase el gatillo. Sus ojos cruzaron los míosen su momento de desesperanza. Al darse cuenta que en realidad yo era alguien quién no debería haber estado allí, alguien a quién él había confundido con la muerte,personificada por un hombre desconocido, un intruso en su casa; bajó el arma, la soltó sobre el sillón, y se encerró en su habitación. Nadie más pudo verme. Así es como funciona. Nadie más pudo percatarse de mi presencia porque nadie más estuvo listo para acompañarme.

Una carta suicida, es la franca literatura para rendir tributo a la hermosa crueldad de la vida. ¿Y quién podría afirmar, sin miedo a estar equivocado, que los horrores no pueden suceder en los lugares e instantes más hermosos? Virginia Woolf, Hunter S. Thompson, John Kennedy Toole… David Foster Wallace; escritores célebres que dejaron sus últimas letras previo al acto de matarse. Sin embargo, Ernest, había perdido la habilidad para escribir, y no dejó su último pulso sobre el papel cuando finalmente se voló la cabeza, muchos años después. Muchos recordarán de él a Santiago, viendo al magnífico pez ser devorado por los tiburones luego de la batalla de su vida; o a el hermano que mató al hermano durante el momento más oscuro de la guerra: «… un hombre solo, no tiene chance», me decía él cuando se veía a símismo frente al espejo. Yo no pienso en eso. En cambio, prefiero pensar en la versión iluminada de ese momento… en el suave aroma del mar, y en la brisa sobre su barba, y la sonrisa con mirada entre abierta al sol, entretanto descansaba las llagas de sus palmas, heridas por la soga de pescar; o en esas madrugadas estrelladas, llenas de calma sobre el valle del Ebro.

Las cartas suicidas que se redactan con reservas no me interesan en lo absoluto, porque no creo ser yo quien las inspira. Hay confesiones, que ni siquiera en esos últimos momentos llegan a plasmarse en el papel.

Una vez, me acerqué lo que pude para escuchar. La voz gentil, muy suave de un hombre, detallaba sus pecados en el interior de un confesionario durante lamisa. Era la narración de un asesino en serie. Nadie jamás imaginó que los horrendos crímenes que sucedían en aquel pueblo eran cometidos por un escritor de farándula del diario local. A pesar de que todos los meses encontraban el cadáver de alguna joven en la parte baja del río, el sacerdote siempre guardó el secreto. Francisco, aquel señor de familia, famoso por sus notas de sociales, luego de confesar como sedujoa once jovencitas, para luego estrangularlas en la maleza, a lo largo de dieciocho meses, procuró asesinara dos más, antes de colgarse por el cuello, atado a la rama de un Araguaney, en el martes más hirviente registrado en la historia.

Hay escritores que matan, no a sus personajes; sino que salende casa a matar. Pero esos nunca vinieron conmigo. Yo soy el otro que se lleva a los otros. Los asesinos, cuando desaparecen, desaparecieron de verdad, y para siempre…

Vivir entre las costillasde quienes toman la decisión de terminar con su vida no es algo fácil. La artesaníade ser, la viva voz interior que dicta las últimas palabras de un escritor suicida, es una resonancia intermitente de la tristeza. Para mi, es un recordatorio perpetuo y melancólico cuando finalmente veo mis propios ojos detrás de las miradas de cada uno de ellos, ese instante cuando se deciden. Y entonces, les hablo.

Ellos, por primera vez pueden verme, y en mi, se reconocen a sí mismos.

Es aquí cuando ya no hay vuelta atrás.

Han sido numerosos los escritores que han tallado en el papel escenas como estas, acompañadas de un arma cargada a su lado, con una forma de morir que les cuenta los segundos.

Pero muy pocos, han revelado la escena, tal y  como lo hizo Alejandra, quien al besar la herida en el pecho de Matias, inmortalizó su sonrisa cuando se bañó de gasolina, y se vistió de fuego.

Mi escritora soñada… Al amanecer, me encontraré a tu lado.