Casi todos los caminos conducen al Midwest

Faltan dos días para Navidad y es la primera vez que me ha dejado un vuelo en el aeropuerto de la Ciudad de México, situación que me ha orillado a permanecer aquí casi un día entero, ya que la aerolínea me ha dado un boleto para las seis y media de la tarde. He llegado poco antes de las cinco de la mañana con el estómago revuelto y un poco de náuseas, producto de no sé qué, quizás de la incertidumbre de lo que encontraría en el aeropuerto en tiempos de la pandemia infame, todo esto después de haber visto numerosas imágenes en el Twitter y en las noticias con filas masivas de pasajeros en los mostradores de las aerolíneas, en un espacio restringido en donde es prácticamente imposible guardar lo que el discurso oficial llama la “sana distancia”, pero que en la práctica no ejerce.

Me he sentido mareado, como si estuviese en una película de ciencia ficción con una dosis importante de futurismo. Un escenario que si yo lo hubiese visto hace un año, pensaría que me encuentro en el dos mil cien, como mínimo. Personas con mascarillas blancas, negras, rojas y otras tantas con caretas y goggles protectores entrando y saliendo por las puertas automáticas de la segunda planta. Además del smog mañanero que irrita los senos paranasales, los ojos y la garganta, también existe, como en el resto del mundo, coronavirus. El COVID-19. Es necesario escribirlo, porque parece un film de ciencia ficción. Es necesario escribirlo, para que no se olvide jamás. De nueva cuenta, la historia nos enseña que existen momentos en los que la ciencia ficción supera a la realidad. Para que nunca se deje de lado el número enmascarado de víctimas: de acuerdo con Google, el sitio del Coronavirus Resource Center de la Johns Hopkins University y el portal del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), México tiene confirmados 1,338,426 casos del virus desde el inicio de la pandemia, de los cuales se tienen registradas 136,710 muertes oficiales. Es importante notar lo último: oficiales. En realidad, son estadísticas rebajadas por el gobierno; el mismísimo Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud Hugo López-Gatell dijo a principios de la contingencia sanitaria que había que multiplicar el número de casos por diez o por un número parecido.

Al ritmo que vamos, en marzo o en abril del dos mil veintiuno fácilmente sobrepasaremos en México los dos millones de casos y nos acercaremos a las doscientas mil muertes oficiales.

***

Es noviembre del letal dos mil veinte y permanezco sentado en la sala de procedimientos de la clínica Johnson Bayou Dental, con sede en Bloomington, Indiana, en el aún no tan frío glacial Medio Oeste norteamericano. Estoy esperando a que me hagan un relleno, un fill-in, me dijo la asistente del doctor Ritz. El material de resina blanco que tenía del relleno dental anterior se cayó, porque no adhirió bien, porque no usaron un pegamento adecuado, porque mi esmalte o dentina lo rechazaron o por alguna otra razón que ni al doctor Ritz ni a su asistente ni a mí nos quedó clara. Lo único que me quedó claro es que no volvería jamás con mi antiguo dentista, al que solo vi en una ocasión en octubre del dos mil diecinueve. Entonces me dijo que tenía seis caries, me hizo seis curaciones y rellenos dentales y, menos de un año después, me vi en el espejo del baño, y tenía un hueco cerca de la encía en mi colmillo superior izquierdo. Corrí con el doctor Ritz, una recomendación de mi amiga Gabriela, literata brasileña.

Veo la aguja de la anestesia y me dan ganas de salir corriendo como si estuviese en la prueba de los cincuenta metros planos que me aventé de chavito, en la Unidad Deportiva Infantil de Ciudad del Carmen, Campeche, en la que, milagrosamente, quedé en tercer lugar, esto es, sin haber pertenecido a ningún club de atletismo ni haber entrenado para ello. Aquella mañana soleada de mil novecientos noventa y ocho, después de la cual, no volví a poner pie en ninguna pista de atletismo en varios años.

Miro la aguja de la anestesia y la asistente del doctor Ritz me sonríe y me dice que todo va a estar bien, pero no le creo. Vivo solo desde hace más o menos un año y no tengo a nadie que esté al pendiente de mí en la sala de espera, nadie sabe que me encuentro en la sala de procedimientos del dentista, así que me resigno a mi suerte y decido guardar mi iPhone 8 y dejar de mirar las decenas de correos electrónicos que me arruinan la mañana: correos de alumnos preguntándome por las tareas, por sus notas y otros tantos en los que la Universidad de Indiana anuncia la situación del COVID-19. Más correos electrónicos de profesores anunciando las tareas de los cursos. Es un cuento de nunca acabar. Pero me encuentro solo y quiero salir corriendo.

Busco con la mirada el gafete con el nombre de la asistente del doctor Ritz, y justo cuando le voy a preguntar cómo se llama, me habla. Cierra los ojos y respira hondo, me dice la asistente del doctor Ritz. Su estómago gruñe, hace ruidos que cada vez son más notorios. Lo siento mucho, mi estómago está raro el día de hoy, quizás fue el café, me dice la chica treintañera y delgada con las mejillas sonrojadas, mientras hace una pausa y pone la jeringa a un lado para sobarse el vientre bajo. No se preocupe, le respondo. Si supiera que padezco del síndrome del colon irritable y que no puedo beber café sin que mi estómago cante no le daría tanta vergüenza. Su estómago habla, canta, ronronea y ella sigue pidiéndome disculpas. Pasan los segundos y ahora sí agarra la jeringa con la dosis de anestesia y me la inyecta mientras intento pensar en un lugar feliz, lo cual me resulta imposible. Me pincha la encía y percibo un dolor agudo que siento me toca la raíz del colmillo inferior derecho e inmediatamente comienzo a toser, de tal suerte que la asistente del doctor Ritz tiene que quitar inmediatamente la aguja porque me empiezo a ahogar con mi propia saliva.

No me ha inyectado toda la anestesia, y toso y toso y toso con más fuerza, hasta que logro controlarme tragando toda la saliva posible y alzando el brazo y el meñique izquierdo, técnica que me enseñó mi madre cuando era adolescente y que siempre creí que no funcionaría. Comienzo a sentir mi boca adormecida y los labios torpes, como de gelatina. Escucho de trasfondo las voces en inglés del noticiero local que anuncia temperaturas cercanas a los treinta y dos grados Fahrenheit, o el equivalente a cero grados centígrados. La nieve aún se esconde.

***

Estoy en la sala de procedimientos gastrointestinales en el Hospital de la Universidad de Indiana—Bloomington. Es viernes y sé que me sedarán. Lo que aún no sé es qué tipo de opioides me inyectarán. La incertidumbre me inquieta en sumo grado. Quiero, necesito saber qué coctel me pondrán en las venas. Fentanyl, Versed, Propofol, no lo sé. Es el trece de noviembre del dos mil veinte y son la una doce de la tarde y lo sé porque escribo lo que me pasa por la cabeza en la aplicación Notes de mi iPhone. Llevo puesta una bata de hospital blanca con rayitas verdes y con unos símbolos geométricos azul marino que tienen forma como de columna corintia vista desde el aire. No llevo ropa interior y me han puesto unos calcetines verdes con fondo pachoncito que me calientan los pies.

Mi madre se encuentra respondiendo algún mensaje del WhatsApp a mi lado, sentada, y ambos nos encontramos a la expectativa de que venga el doctor Pablo Dalí para explicarnos el procedimiento antes de que me seden por completo. La enfermera me ha dicho que podrían tardarse hasta cincuenta minutos en venir por mí para hacerme la colonoscopia, así que tanto mi madre como yo estamos resignados a esperar bastante tiempo. Quizás se tarden más de una hora. Nos han apagado la luz. El cubículo se encuentra separado de los demás por unas cortinas de hospital azules, por lo que puedo escuchar las conversaciones de los vecinos, quienes también se encuentran a la espera de que les hagan sus respectivos estudios médicos.

Escucho la conversación de una mujer de cincuenta y un años en el cubículo de la derecha. Su voz es chillona. ¿Qué?, pregunta en inglés. Sí, señora, mi objetivo el día de hoy es hacerle la colonoscopia y confirmar la presencia de pólipos en las paredes intestinales, esas pequeñas protuberancias que presentó la última vez que le hice el estudio. Así que, si me encuentro con los pólipos, le tomaremos unas muestras para mandarlas al laboratorio y hacerles una biopsia. De nueva cuenta, le pido que se tranquilice, le dice el gastroenterólogo. No quiero anestesia general, doctor, quiero algo más potente. He hablado con mi seguro y me dice que si me ponen algo más fuerte entra en mi plan médico. La anestesia general no sirve de nada, le responde al doctor.

La señora tiene la edad de mi madre. Cincuenta y un años. Mi madre podría ser esa señora en el cubículo de al lado. Pero no lo es. Mi madre finge no escuchar la conversación detrás de las cortinas y continúa mirando su celular, ahora su cuenta de Facebook. Cree que me encuentro dormido. La transición democrática es un eco en mi cerebro. Ha ganado el presidente electo Joe Biden y la vicepresidenta electa Kamala Harris, pero no tengo idea de qué sucederá el veinte de enero del dos mil veintiuno. Espero que Donald Trump no arme ningún zafarrancho con tal de quedarse en la presidencia. Es una amenaza para el país, para la seguridad nacional, para el mundo y de verdad tengo la esperanza de que se vaya de la Casa Blanca sin ningún tipo de espectáculo. Quizás lo tengan que escoltar fuera de su residencia. Es poco probable que esté presente en la toma de posesión de Biden. Espero que la transición de poder transcurra sin ningún percance, que no cueste vidas.

Me encuentro atrasado con las calificaciones de mi grupo de español trescientos ocho, la clase de escritura que actualmente imparto en la Universidad de Indiana. Debí de haber puesto las notas de la segunda ronda de ensayos y aún no me he dado el tiempo para hacerlo, de ahí que decenas de alumnos estén saturando mi bandeja de entrada con correos electrónicos preguntándome cuál es su calificación. Aún debo de terminar de formar mi comité de doctorado y hablar con los profesores que tengo en mente. Tengo una reunión de Zoom a las cuatro de la tarde y aún no sé si podré llegar a mi departamento sin el efecto del coctel de opioides que están por inyectarme en el intravenoso.

Mi cerebro funciona despacio, no puedo concentrarme en nada, soy lento, estoy quieto, no marcho al ritmo de la ciudad—pueblo de Bloomington, lugar donde vivo. La inercia me mantiene vivo, yendo, siendo, acostado en esta cama de hospital. Espero que nadie haya fallecido en este colchón. El brazalete que me han puesto en mi muñeca izquierda dice: Garcia pliego, Ollin. SEX Male AGE 30 Years DOB 06/01/1990 FIN: 000764025276. No tengo ni la más mínima idea de qué signifique el número interminable del FIN. Supongo que ha de ser para los récords del hospital. O algún identificador en caso de que no despierte de los sedantes. Han escrito mi apellido paterno sin acento en la “i”. Han escrito mi apellido materno en minúsculas. Estos gringos no están acostumbrados a pacientes internacionales, a pacientes que tengan dos apellidos, y siempre que me han internado los han escrito mal.

***

Bebo una copa de Chardonnay tras otra sentado en un rincón en el salón de Aeroméxico, en la Terminal 2 del aeropuerto Benito Juárez. Tengo puesto el cubrebocas N-95, cuyas ligas sujetadoras me torturan las orejas. Siento como si se me fueran a desprender en cualquier momento o en su defecto como si me fuesen a quedar deformes, dobladas hacia delante, como de Elfo Doméstico. Llevo puestos mis lentes de sol verdes y mis audífonos con cancelación de ruido activa Sony, y se pone la canción de “Ghost of You,” de Good Charlotte. Tiene siglos que no escuchaba la rola, desde segundo de secundaria, por allá del dos mil cinco. “I have been searching for traces of what we were/A ghost of you is all that I have left/It’s all that I have left of you to hold.” Tarareo la canción. Aún me la sé, después de más de una década. De algo me sirvieron todas aquellas noches que pasé en mi habitación con mi discman leyendo las letras en el folleto del álbum de The Chronicles of Life and Death.

Me decido dejar los lentes de sol puestos porque parece que no he dormido en seis días. Las ojeras en realidad parecen moretones, como si me hubiesen agarrado a puñetazos en los ojos. Traigo conmigo el libro de Brujas, de Brenda Lozano, que pienso leer después de ir a mirar libros a la mini librería Gandhi que se encuentra en esta terminal. No sé en qué estado llegaré a Ciudad del Carmen esta noche. No sé por qué voy a Ciudad del Carmen y no al Midwest. Debería de estar camino al Midwest para terminar mi doctorado lo antes posible. No estoy camino al Midwest. Voy rumbo a Campeche para ver a mi hermana y a mi padre. No me pude bañar por la mañana, a pesar de que me levanté a las cuatro y media. Percibo mi tufo, una mezcla de café de olla con madera mojada. Me duele el estómago. No sé cómo terminé el semestre de otoño. Mi penúltimo semestre de clases de doctorado: un curso de teatro brasileño en portugués; una clase de cine brasileño contemporáneo; un seminario de teoría y crítica (más filosofía que otra cosa) y un curso de literatura del Siglo de Oro.

A decir verdad, llevo dos semanas durmiendo tres o cuatro horas por noche. Quizás eso ha agravado el estado deplorable de mis ojeras y me ha hecho bajar de peso, a setenta y dos kilos, cuando debería de pesar cuando mínimo setenta y cinco. Mi vuelo despega a las seis y media de la tarde y aún no es ni el mediodía. No he desayunado, así que pido algo de comer. Unas croquetas de queso con camarón y, de guarnición, zanahorias con apio y una salsa con queso tipo roquefort. Muerdo la zanahoria con mis dientes incisivos centrales y siento que me llora el diente izquierdo. Me punza, me grita, me tiembla la encía, e inmediatamente escupo el pedazo de zanahoria en el plato. Volteo a mi alrededor. Por suerte nadie me ha visto. Decido limpiarme el paladar con un trago de Chardonnay y me pongo la mascarilla en seguida. Mi mente comienza a cavilar.

No sé cuál es la probabilidad de que me dé coronavirus por quitarme el tapabocas unos minutos para comer. Pero no puedo estar sin probar bocado todo el día. Sí puedo estar sin ingerir alimentos todo el día. Tengo la opción de no permanecer sin comer todo el día. Es un riesgo. Es un privilegio. El techo del aeropuerto está bastante alto. Tal vez treinta o cincuenta metros, o más. Me comienza a lagrimear el ojo izquierdo. Algo debe de estar mal con mi diente incisivo central superior izquierdo.

En ese diente dizque me curaron una caries cercana a la encía en octubre del dos mil diecinueve, en una clínica dental de cuyo nombre no me acuerdo o de cuyo nombre no quiero acordarme o de cuyo nombre en verdad olvidé, da igual, el caso es que dudo mucho que tuviese seis caries, es imposible que tuviera ese número de picaduras en los dientes si me los cepillo dos o tres veces al día, después de cada comida y uso enjuague bucal después de comer y antes de irme a dormir. Me estafaron y me salió carísimo. Doscientos cincuenta dólares por picadura, si la memoria no me falla. Aquella tarde de otoño me fue a dejar al dentista mi ex novia Valeria, quien por entonces vivía conmigo en Bloomington y, unos minutos antes de mi cita, cuando estábamos esperando en el estacionamiento a que yo entrara al consultorio, se fijó en la tienda de muebles que había enfrente.

¿Y si vamos a ver muebles unos diez minutos?, me preguntó. Lo siento, no tengo ánimos de ver muebles antes de que me pongan anestesia en las encías y me taladren los dientes, le dije. Eres un exagerado. A mí me enchuecaron los dientes, me arruinaron mi sonrisa, una doctora venezolana en Ciudad del Carmen, que me puso frenos por dos años, cuando en realidad no los necesitaba, me respondió. Gracias por la información, le dije. Luego consulté a otros dentistas y me dijeron que buscara a la doctora o la demandara, porque me hizo un procedimiento en donde me tuvo que abrir el paladar, innecesario también, me contestó. Ve tú a ver los muebles, si quieres. Además, no sé para qué iríamos a la tienda si no vamos a comprar nada. Ya nos vamos a México en diciembre, le contesté. Qué nena eres Ollin, te quejas por unas cuántas caries, me dijo. Me quedé callado, y dos minutos más tarde, salí del auto sin despedirme. Valeria me decía frases que eran ininteligibles para mis oídos. Percibí el contraste entre su perfume de humedad fresca y el aroma ambiental a asfalto mojado del estacionamiento. Valeria no quiso quedarse a acompañarme y mejor se fue a la casa. Desconozco si se metió a la tienda de muebles.

***

Me vuelve a pinchar la encía la asistente del doctor Ritz, esta vez, después de asegurarse de que no me ahogaría con mi propia saliva, esto es, después de haberme dado un poco de agua para que me enjuagara la boca, la cual fue tragada por el aspirador dental que me puso debajo de la lengua. Con el pinchazo vienen las hormigas caminando por mi boca, por mis encías, sin control alguno. Cierro los ojos, intento poner la mente en blanco, busco algún lugar digno de recuerdo, ya no digo feliz, pero todos están extraviados en mis archivos cerebrales. Me da terror pensar que tal vez los lugares felices ya no existen o que tal vez nunca existieron.

Ahora mi mente se entretiene con la clase de las diez y media de la mañana. Aún debo llegar a terminar de ver un documental sobre el golpe de estado a Dilma Rousseff en el dos mil dieciséis, titulado O proceso/The Trial (2018). Mi profesora, Luciana Namorato, consiguió que la directora Maria Augusta Ramos asista a nuestra clase por Zoom, y necesito terminar de ver el documental y tomar notas y formular dos o tres preguntas críticas y relevantes para hacerle a la directora. No sé si me dará tiempo. Ya no siento la lengua. Después de que la asistente del doctor Ritz termina de ponerme toda la anestesia, aparece en la sala el doctor Ritz, quien se presenta a sí mismo. Doctor, le comento que el año pasado fui al dentista y me dijeron que tenía seis caries, aunque dudo mucho que tuviese seis caries, era técnicamente imposible, le digo. Es posible que no tuvieras seis caries, pero no te lo puedo asegurar, me responde. ¿Pero no puede ver usted algún indicio de que tuve picados los seis dientes o de la acumulación de sarro que tengo un año después de no ir al dentista?, le pregunto. Como te dije, no te lo puedo garantizar, no te puedo dar un diagnóstico equivocado por el momento, es la primera vez que te veo, me dice. ¿Pero doctor, no puede usted ver la acumulación de sarro que tengo en los dientes y sobre todo en la parte cercana a las encías o detectar algún otro indicio?, le pregunto. Como te dije, no quiero darte un diagnóstico errado, lo siento, me dice.

Me abre la boca con sus manos cubiertas por unos guantes de látex, me observa la dentadura, y siento como si mis labios fueran de caucho. Bonitos dientes, bellas piezas, me dice en inglés. Intento darle las gracias, pero no puedo coordinar bien los labios. Se me escurre un poco de saliva en el babero de papel que me puso la asistente del doctor Ritz. ¿De dónde eres?, me pregunta el doctor. De la Ciudad de México, le contesto. ¿Y qué te trajo a Bloomington?, me pregunta. Los inviernos fríos con nieve, le respondo y sonrío, con mis labios disparejos. Ya está por caer la primera nevada, a ver si te trata bien el frío, me dice. Fíjese que llevo más de diez años viviendo en el Midwest, le respondo. Ah, entonces ya estás acostumbrado, olvida lo que dije, me responde.

El doctor Ritz toma la turbina dental y solo puedo escuchar el tsssssssssssssssssssss de la broca de odontología y me sudan los pies, siento el sudor escurriéndome entre los dedos de los pies, mojando mis calcetines, mis tenis Adidas, muevo las piernas como si estuviese en la montaña rusa de la Feria de Chapultepec, como si viniera bajando el punto más alto del juego mecánico, cierro los ojos, pero los vuelvo a abrir inmediatamente, caray, no he terminado de ver O proceso, no le voy a poder formular una pregunta digna a la directora, no me pondrán una buena nota de participación, caray, pinche doctor Ritz, apúrese y hágame el relleno ya, se tarda eternidades, pienso.

El estómago de la asistente del doctor Ritz sigue de cantor y la chica me pide una disculpa para ir al baño, por lo que me deja encargado con una colega suya. Vamos a revisar el color de su diente, me dice. Me abre los labios de caucho derretido y me observa el diente por cuestión de segundos. Ajá, este, me dice. ¿Y cómo está tan segura?, le pregunto. Lo estoy viendo con mis propios ojos, pero déjame revisarlo otra vez, cariño, me dice. Por favor asegúrese de que el color es el mismo porque no quiero parecer un dálmata al sonreír, le contesto. Lo que sí, cariño, es que te van a tener que pulir las resinas de los rellenos que te hicieron en los dientes incisivos superiores centrales, porque tienes unos bordes que no te dejaron bien y es antiestético, me señala. Por favor, asegúrese de que el color de la resina para el relleno dental sea el mismo que el de mi diente, le contesto.

***

Ha llegado la enfermera por mí y me conduce en la camilla a la sala de procedimientos. Son las dos y cuarto de la tarde y aún no sé qué sedantes me pondrán. Mi madre se ha quedado en la sala de espera. Nos dijeron que a lo sumo el estudio tardaría entre treinta y cuarenta y cinco minutos. Aquí voy, por los laberintos del hospital. Veo a otros enfermos en sus respectivas camillas, en los pasillos, esperando a que los lleven a sus cuartos o esperando a que los ingresen a sus respectivas salas de procedimientos o intervenciones. Este no es un hospital COVID-19, así que ninguno de ellos puede tener el virus. O sí. Los pasillos del hospital huelen a cloro y el frío es miserable y me cala en el cuerpo. No llevo ropa interior, recuerdo, solo la bata y los calcetines con fondo pachoncito y una cobija encima que ahora ya está fría, igual que los pasillos. La enfermera empuja mi camilla y entramos a la sala ciento cuarenta y cuatro de la sección de gastroenterología.

Veo al doctor Pablo Dalí revisando unos documentos en una computadora de escritorio. La enfermera me estaciona al lado de dos monitores por donde se transmitirán, en vivo y a todo color, las tomas de mis intestinos, de mis adentros, sin que yo las pueda apreciar en tiempo real. El procedimiento consistirá en ver si no tienes pólipos o lesiones a lo largo de tu intestino, y ver la posible causa de sangrados que has presentado en los últimos días. De cualquier forma, vamos a tomar unas biopsias del tejido intestinal, me dice el doctor Pablo Dalí. ¿Qué podrá ser, doctor?, le pregunto. Eres joven, así que dudo mucho que hallemos algo de qué preocuparnos. Aún así, no te puedo garantizar nada, me dice. ¿Podrá ser cáncer, doctor?, le pregunto. De nueva cuenta, eres joven y las probabilidades de que encontremos algo maligno son bajas, me dice. No tengo historial de cáncer de colon en mi familia. ¿Pero qué tipo de sintomatología podría presentar un paciente con cáncer de colon o con algún tumor o pólipo maligno, doctor?, le insisto. Una de las enfermeras presentes en la sala de intervenciones me da indicaciones para que me acueste de lado, y me dice que están a punto de sedarme.

Vamos a verificar contigo que tus datos estén correctos. Si hay algo mal, por favor nos dices. Nombre, Garcia pliego, Ollin. Fecha de nacimiento, primero de junio de mil novecientos noventa. Dirección, 2666 E. Belano Ln., Bloomington, IN 47408. Contacto de emergencia, Helia Vidal y su teléfono, (281)-234-3490, me dice la enfermera. ¿Qué opioides me pondrán? ¿Me podrían por favor decir o escribir en un papelito el nombre de las sustancias y la cantidad en miligramos? Quiero recordar exactamente qué me inyectarán, le digo. No te preocupes, cuando estés en la sala de recuperación te lo entrego personalmente, me dice la enfermera.

Tengo reunión de Zoom a las cuatro de la tarde con los colegas de posgrado para reportar los avances de mi proyecto de investigación y para recibir las directrices sobre cómo formar mi comité de doctorado y no sé si aún estaré bajo los efectos del coctel de sustancias que están por ponerme en el intravenoso. Me pesan los párpados. Siento que la camilla se mueve. Siento que el vientre me habla. Se me cierra el ojo izquierdo. Cuestión de un segundo. Intento abrirlo, pero no puedo. Lentamente se me cierra el párpado derecho. Fentanyl, ciento cincuenta miligramos. Versed, siete miligramos. Iniciamos procedimiento. Escucho, lejos, los ecos de las voces de las enfermeras y del doctor Pablo Dalí. A metros, a kilómetros. Se desvanecen. Dejo de entender el inglés.

Me transporto al otoño del dos mil quince, la última vez que me escribió Clarissa, poco más de un año después de que nos dejamos de ver en la universidad. Recibo un mensaje por el Messenger de Facebook, con el enlace de un video de YouTube. Vi esto y pensé en ti y quise mandártelo, me pone. Es una parodia de las telenovelas latinoamericanas con palabras y frases básicas en español, en donde actúan comediantes estadounidenses que tienen un acento bastante fuerte, lo que resulta comiquísimo. Es el mismo video que nos hacía reír días enteros cuando estábamos juntos y cuando Clarissa era estudiante de español básico. Cuando le ayudaba con sus tareas. Le pregunto a Clarissa cómo está, dónde está, a qué se dedica, si ya es Physician Assistant. Me responde que se encuentra en la sala de recuperación, en un hospital de Washington D.C., porque le acaban de extraer un tumor del cuello. Me dice que está con sus padres y sus hermanos, y que mañana le darán de alta, que se encuentra bien y se acordó de mí. Me sonríe y sus mejillas blancas se ponen coloradas.

 

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