Carrión y la membrana del futuro.

Cabe reconocer que de la extensa obra de Jorge Carrión (Tarragona, 1976) de la que hemos hablado en esta revista en otras ocasiones, especialmente conocido por su trabajo ensayístico, gracias al éxito de Librerías (Anagrama, 2013), merece una mención especial su propuesta de ficción que, por su carácter arriesgado, difícil, valiente y, sobre todo, original, no siempre ha tenido la recepción adecuada. Sin ir más lejos, aún recuerdo mi primer encuentro con esa forma de construir la ficción, tras la lectura de Los muertos (Mondadori, 2010), la primera entrega de una trilogía (tetralogía, si añadimos la novela gráfica Los difuntos [Aristas Martínez, 2015], ilustrada por Celsius Pictor) que completaron Los huérfanos (Galaxia Gutenberg, 2014) y Los turistas (Galaxia Gutenberg, 2015). Fue una lectura chocante, un texto complejo, que ponía en diálogo a la ciencia ficción, muy del gusto del autor, con el ensayo y las series de TV, que tan bien conoce. Aquella experiencia lectora, que me dejó por momentos sin aliento, sin palabras, como quien termina una carrera de fondo, sin capacidad para asimilar tras el recorrido, se convirtió en una de aquellas que, como ocurre otras veces, acaban creciendo entre los recuerdos del sujeto lector, hasta dialogar con otras, previas, posteriores, y que estalló años después con la derrota de Hillary Clinton en las presidenciales estadounidenses de 2016 y que, en parte, la novela vaticinaba con el cambio de paradigma tecnológico. Es por eso que la publicación de Membrana (Galaxia Gutenberg, 2021), Premio Ciudad de Barbastro de Novela Corta 2021, su más reciente obra de ficción es una buena excusa para repensar esa propuesta.

       Como ocurriera con su trilogía, una vez más, Carrión apuesta por una ambiciosa pieza de ciencia ficción. La sinopsis de Membrana es fácil: si la inteligencia artificial es capaz de adquirir el lenguaje por sí misma, cosa que, en la novela ocurre gracias a la artista Karla Spinoza y su aplicación informática para la escritura, Rewrite, entonces se convierte en una entidad al mismo nivel que un ser humano, y en esa paradoja y las consecuencias para el futuro de la humanidad navega el texto. Otra cosa es la apuesta formal que conlleva la historia, altamente elaborada a partir de las voces queer de esas inteligencias artificiales, que se expresan en los límites del lenguaje, por lo que hace a los géneros, tan discutidos en estos momentos por distintos académicos, voces que utilizan una sintaxis muy particular (“Nadie sabe cuándo un siglo comienza” [p. 29]), que hacen uso de técnicas que recuerdan al cut up de William Burroughs, y que siempre se disculpan “por el estilo”, hasta el punto que bien se podría considerar que esta novela esconde un ensayo sobre el futuro del lenguaje y de la escritura, y la influencia de la tecnología en ambos.

       En el todo que compone la obra, es destacable la estructura del texto, que se articula en torno a un museo que el lector ha estado visitando en cada uno de los capítulos, donde en el encabezamiento se detallan las piezas que el visitante puede observar, indicando el formato y el año de realización, junto al relato, la narración de la novela, que es la historia que cuenta el museo a continuación. Este guiño al Modernismo esconde una de las estrategias que Carrión suele utilizar con asiduidad. Si en el relato “Búsquedas (para un viaje futuro a Andalucía)”, incluido en la antología Mutantes (Berenice, 2007), copia la estrategia vanguardista de la metáfora de la máquina para a continuación desubicarla dándole otra significación, contemporaneizándola, aquí hace lo mismo con el catálogo, tan modernista, porque este esconde un relato distópico de la eterna lucha entre la máquina y lo humano, por el dominio, por el control del mundo, que contiene el grueso de la narración.

      En este proceso, a través de la narración se aprecian los sólidos conocimientos humanísticos del autor; a fin de cuentas, el escritor es licenciado en humanidades. Además, con los años ha extendido notablemente sus intereses culturales a la ciencia y la tecnología, como se aprecia en el trabajo que Carrión viene desarrollando en formato podcast con la serie Solaris: Ensayos sonoros. Sin embargo, es la apuesta estética la que le lleva a la más arriesgada estrategia con el elemento clave de la narración humanística: el personaje. En esta narración, el autor deja clara la importancia de los personajes. Son, concretamente, dos los personajes principales: Karla Spinoza y Ben Grossman. En referencia a uno de ellos, a Karla, “sin ella no hay trama” (p. 237). Spinoza refiere al filósofo que mejor entendió las emociones, la relación del cuerpo con la mente, y Grossman puede estar refiriéndose a uno de los escritores de cabecera de Carrión, el israelí David Grossman (Jerusalén, 1954). Ambos simbólicos, ambos siguiendo las prerrogativas humanísticas. Pero sus vidas pasan por las páginas de Membrana como trasuntos, de forma rápida, sin ningún diálogo. El verdadero protagonista de la novela son las voces, esas voces, que, en formato de resumen, cuentan la historia, subyacen. Lógico, es una narración que anuncia la llegada de lo posthumano en este siglo y que espera del lector el esfuerzo acorde a esa estética. Membrana es una novela que anuncia una nueva escala, una nueva medida de las cosas, una novela valiente. Léanla.

Carlos Gámez

Carlos Gámez (Barcelona, 1969) es licenciado en Ciencias Físicas. Cursó el Programa de Doctorado en Historia de las Ciencias por la Universitat Autònoma de Barcelona, y el Máster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra. Ha disfrutado de una estancia en las intituciones penitenciarias de Nicaragua, de donde salió su primer libro, un diario titulado 'Managua seis'. Ha sido galardonado con el IX Premio Café Mòn por la novela 'Artefactos'. Colabora con las revistas Sub-Urbano, Culturamas y La bolsa de pipas. En su bitácora personal, "El blog de Carlos Gámez", estudia las relaciones entre ciencia y literatura. Actualmente está peleándose con una novela corta.