brújula

Por ahí vino un amigo a decirme que le han dejado una marca. –¡La descubrí antes de ayer, en la playa, justo cuando me iba a tirar al agua para abandonar, de una vez, esta isla! –me ha dicho y se ha abierto la camisa. Y yo, que tanto odio los clichés, le he creído y hasta me he preocupado. Mi amigo se ha abierto la camisa y me ha enseñado el pecho abierto, las carnes separadas y un esternón fracturado dentro del que late un corazón con una cicatriz en forma de pájaro.

Después me ha mirado con ese ardor de los ojos de pánico, sus manos crispadas, sus dedos indecisos han tratado de tocarlo, sin llegar, sin querer llegar, y a comenzado a dar vueltas, a mirar por sobre mi hombro para mostrarse al primero que pase.

Yo le he dicho que no fuera loco, que no vaya por ahí enseñándolo todo con esa impúdica indecencia. Pero él insiste en que es importante que la gente sepa, por si les pasa, que tiene miedo, que no duerme pensando en que al corazón le crezcan alas y se le vaya la vida, volando.

Le he aconsejado a mi amigo que se cierre el pecho y siga adelante, le he contestado palabras sabias, le he dado mi erudita y sensible opinión sobre la no existencia de corazones volantes: pero hay algo extrañamente conocido en el músculo, algo familiar, como esas muertes lejanas que nos relacionan a los sufridos y a los románticos, que hace que mis oraciones suenen falsas, que mis brillantes soluciones suenen ridículas.

Me le he quedado mirando a mi amigo y le he dicho que, después de todo, tiene suerte, que ya no tiene que temerle al olvido o los desarraigos, que la única explicación es que su corazón sea esta isla, y que ya está preparado para marcharse a cualquier lugar y en cualquier momento.