A estas alturas el monstruoso huracán llamado Irma ya no existe; apenas un rastro de lluvia en Arkansas y Tennessee.

Pero antes de desaparecer en el centro de los Estados Unidos, dejó una estela de destrucción y dolor en el Caribe y en la Florida.

Como el huracán Harvey unos días antes en el sur de Texas, Irma se ensañó en los lugares por donde pasó, demorándose infinitamente en trasladarse, avanzando a paso endiabladamente lento, devastando todo en un amplio radio de vientos demoledores.

El Malecón de La Habana, antes una muralla que contenía perfectamente las arremetidas del mar, no pudo detener la irrupción de Irma, que cubrió el litoral habanero con sus aguas enfurecidas. Pero lo mismo pasó al otro lado del estrecho, en Miami, donde la marejada inundó Miami Beach y zonas de la tierra firme como el distrito de Brickell.

Entretanto, los Cayos de la Florida sufrieron un impacto espantoso que arrasó con la cuarta parte de las viviendas y destrozó edificios y embarcaciones. Los paradisíacos cayos que se extienden desde los Everglades hacia el Golfo de México tardarán en recuperar todo su esplendor. En la península, Naples, Tampa, St. Petersburg tampoco escaparon al azote del pavoroso ciclón.

Hay que reconocer que los meteorólogos no nos fallaron y predijeron con exactitud el paso de Irma y la magnitud de la catástrofe.

Sus avisos de evacuar las zonas en peligro no fueron exagerados; todo lo contrario, salvaron vidas. Los funcionarios públicos también indicaron a la población la necesidad de protegerse y de irse si era necesario.

Además hay que reconocer que no estamos preparados para afrontar fenómenos naturales como Irma o Harvey. Sí, es cierto que tras el aviso de políticos y expertos, y en cuanto el gobernador de la Florida, Rick Scott, decretó una emergencia en todo el estado, la gente salió corriendo a abastecerse de gasolina, agua y provisiones. En pocas horas vaciaron las gasolineras, llenando no solo los tanques de sus vehículos, sino también incontables bidones, en una afanosa carrera por acaparar gasolina que recordaba las películas de Mad Max. Y en idéntico tiempo arrasaron con los supermercados, donde pronto no quedaron más líquidos que unas pocas botellas de Perrier y, eso sí, abundante selección de vinos (al parecer, para enfrentar las catástrofes, la mayoría prefiere la cerveza). Los rezagados que llegaban a los mercados en busca de abastecerse, siguiendo las recomendaciones de los líderes, no encontraban nada. Entretanto, las filas en las pocas gasolineras que todavía despachaban combustible eran kilométricas.

En realidad, cuando los líderes y los comentaristas de los medios instan al público a prepararse para el huracán, lo que están diciendo es “sálvese quien pueda”. El gobierno no planifica para episodios de desastres como Irma o Harvey; no tiene reservas; no puede reabastecer a los negocios privados, arrasados por las multitudes ansiosas por prepararse para lo que viene.

Como en los recientes huracanes, y como en otras catástrofes del pasado reciente, toda la preparación de los habitantes se deja en manos del mercado, de la iniciativa privada, siempre bajo el dogma del neoliberalismo en boga desde la época de Ronald Reagan. Pero como señala Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, en un artículo publicado en The Guardian el 8 de septiembre, “los mercados por su cuenta son incapaces de proporcionar la protección que las sociedades necesitan. Cuando los mercados fallan, como sucede a menudo, la acción colectiva se hace imperativa”.

El gobierno llega a reparar el daño y salvar lo que puede después de la catástrofe, pero antes, su acción es por lo general poco previsora.

Los mercados por su cuenta tampoco tomarán las únicas medidas que en realidad pueden salvarnos de estos desastres: combatir decisivamente el cambio climático. El aumento de la temperatura del planeta y de las aguas de los océanos generará cada vez más fenómenos extremos como Irma y Harvey, apunta el consenso científico que los mercados y su representante en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump, se empeñan en ignorar. Pero cualquiera que haya vivido por un buen número de años en Miami o en los Cayos de la Florida –lugares azotados por la furia de Irma– sabe muy bien que el calentamiento global no es una patraña de los chinos, como Trump aseguró una vez. Es un peligro real y visible, provocado por las emanaciones de gases contaminantes que genera nuestra civilización industrial. Y los mercados no parecen capaces de conjurar esa amenaza.

© 2017, Andrés Hernández Alende. All rights reserved.

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Andrés Hernández Alende (La Habana, 1953) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas El ocaso (2013) yEl paraíso tenía un precio (2011). El ocaso quedó entre las cinco finalistas del Premio de Novela de Concurso Latino de 2013, y se presentó en la Feria Internacional del Libro de Miami de ese mismo año. Escribe una columna de temas sociales y políticos en El Nuevo Herald (Miami) y tiene un blog, llamado El Blog de Alende.