Azul

Desnudé tu cuerpo dormido, lo coloqué sobre un pedestal y procedí a deconstruirte. Separé las carnes, el esternón, traté de no dañarte los sueños ni los órganos. Agarré tu cuerpo por los bordes, lo viré hacia afuera como un bolsillo enseñado y no me causó asombro descubrir que había construido una casa.

Abrí la puerta y entré. El interior me era familiar, como si hubiera vivido allí toda una vida. En lo alto de la sala tus ojos alumbraban una luz azul tenue montados en una araña art nouveau. Las alfombras mostraban escenas de nuestra infancia, sonidos tenues de tus orgasmos densos y taciturnos, olores a pan tostado y a tortilla de patatas con cebollas. Oí un clavicordio tocar Claro de Luna con acento ruso. No había otro mueble que una silla de piano en medio de la sala desierta.

Me subí a ella y giré como una peonza de carne para ganar altura, desenrosqué tus ojos de la lámpara y los cambié por dos bombillas ahorradoras blanco suave. Después me los metí en el bolsillo no fuera a ser que se derramaran y tu luz lo volviera todo azul cuando abriera la puerta para marcharme de ti.