Aubrey Beardsley, trazos de un libertino sentimental

 

Aubrey Beardsley se desliza

como un silfo zahareño;
con carbón, nieve y ceniza
da carne y alma al ensueño.

Rubén Darío

 

“Sir:

No one more than myself welcomes frank, nay, hostile criticism, or enjoys more thoroughly a personal remark. But your art critic surely goes a little too far in last week’s issue of St. Paul’s, and I may be forgiven if I take up the pen of resentment. He says that I am “sexless and unclean.

As to my uncleanliness I do the best for it in my morning bath, and if he has really any doubts as to my sex, he may come and see me take it.”

A.B

 

En el breve obituario dedicado a Aubrey Beardsley, The New York Times es categórico sobre el trabajo del artista: “Fue una moda pasajera, un leve signo de decadencia, y nada más”. Pienso en lo irrisible que suelen ser las sentencias, aún aquellas dedicadas al arte, que el tiempo con sus divertimentos las coloca precisamente fuera de sentido. O para seguir con el Times, de temporada.

Tal vez sea necesario profundizar en el contexto social en el que Beardsley creció y posteriormente desarrolló su obra, para que la opinión del diario americano encuentre asidero. El último aliento de la era Victoriana produjo confrontaciones ideológicas y estéticas acerca de un mundo moderno que era inminente, profundarizaría en el siglo XX, lo hecho por la Segunda Revolución Industrial.

De esta manera, artistas y escritores afilaron sus dardos para satirizar los engranajes vetustos que la reina aún trataba de conservar. Estas señales, sign of the times, fueron entendidas por Beardsley quien simpatizó con el movimiento denominado Decadence e ulteriormente con el Art Noveau. Un espíritu libre de convenciones era el ideal para quien tan joven deseaba desarrollar una carrera artística. Ese espíritu es el que disfrutamos en su traso de curvas marcadas, que aun conceptual, logra desarmar las estructuras convencionales de la perspectiva y la proporción en el dibujo. Sobre grandes espacios en blanco Beardley desarrolla sus fantasías eróticas con criaturas grotescas, a veces macabras.

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Aubrey nació en el seno de una familia de clase alta venida a menos en la ciudad de Brighton. Su padre Vicent había gastado buena parte de la fortuna heredada antes de que conociera a su esposa Ellen Pitt. Desde muy temprana edad Aubrey como su hermana Mabel se revelaron sensibles para el arte, a la vez que se hacía evidente en el niño su frágil salud. A los nueve años sufrió su primer ataque de tuberculosis. La sombra de la enfermedad lo perseguiría toda su vida, padeciendo antes de su muerte a los 25 años, una larga convalecencia.

Luego de una breve educación en la Bristol Grammar School viajó por deseo de su familia a Londres para trabajar como empleado en la Guardian Fire Office. Si bien para sus 15 años ya había ilustrado en la intimidad sus libros favoritos como Madame Bovary y Manon Lescaut, lo primero que publicó en una revista Aubrey fue el poema The Valiant. En este sentido, la posteridad del artista suele omitir que escribió cuentos y artículos para revistas. De manera póstuma se editó el volumen con sus textos Under The Hill (1904).

Sus dibujos tuvieron que esperar dos años para ser impresos. Lo primero que vio Beardsley fue una serie de sketches titulados The Jubilee Cricket Analysis. Con cierta pesadumbre por su trabajo como oficinista y con el ímpetu que algunos de sus dibujos ya provocaban en un círculo íntimo, el joven decidió presentarse una noche en la casa del pintor Sir Edward Burne-Jones. Para esa oportunidad y como en tantas otras, al punto de atenderlo devotamente como una enfermera hasta su muerte, la fiel Mabel lo acompañó.

La leyenda cuenta que los adolescentes fueron echados como dos intrusos por la ama de llaves. Ya en la calle, el pintor encontró un bucle pelirrojo y preguntó de quién era. Así los dos jóvenes fueron traídos nuevamente a la casa. Beardsley le mostró su admiración y, lo que también era oportuno, un portafolio con sus dibujos. Impresionado por el trabajo del joven, Burne-Jones lo alentó a seguir dibujando y recomendó que se inscribiera en la Westminister School of Art. Ambos consejos fueron acatados con el rigor con que un discípulo escucha a su maestro.

Si embargo, Aubrey Beardsley no tardaría en toparse con otro artista capaz de contaminar de irreverencia y erotismo los límites de su imaginario, un hombre de genio encendiendo infiernos: Oscar Wilde.

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Hay quienes dicen que esta sociedad creativa fue tan prolífica como destructiva. Es en ese período que el trabajo del artista empieza a deambular con agrado entre el público londinense, tanto en libros como en revistas, entre ellas la prestigiosa The Studio. En su número debut se publicaba un dibujo del artista inspirado en la obra Salomé, editada hacía pocos meses en Francia. Wilde quedó impresionado por el arte y pidió que ilustrara la  versión inglesa de la pieza. El escritor irlandés le pagó 50 libras por el trabajo.

Paralelamente, Beardsely era elegido como director de arte de la publicación The Yellow Book. Junto con el norteamericano Henry Harland en el cargo de editor literario que, igual a Hernry James, vivía ese fin de siecle expatriado en Inglaterra, y las estrategias publicitarias de John Lane, la revista se convirtió en un suceso en el ambiente cultural londinense. Por sus irreverentes artículos e ilustraciones, muy pronto, The Yellow Book fue atacada por la censura victoriana que previsible dictó su final.

Una vez cerrada la publicación el artista tuvo otro desafío. Tratando de capturar al público de la revista, Leonard Smithers intentó abrir una nueva con parte del espíritu de la recién desaparecida. Así, la editorial del primer número de The Savoy escrita por Beardsley aseguraba: “ Tendremos que desilusionar a ciertos lectores que esperan de una nueva revista sólo nombres conocidos o muy oscuros. No tenemos nada en contra de la celebración de un artista que lo merece, ni contra algún otro, desconocido, a quien no se haya visto bastante como para reconocerlo al pasar. De nuestros colaboradores no pedimos nada más que un buen trabajo, y nada más que un buen trabajo ofrecemos a nuestros lectores. Hacemos esta oferta de buena fe”.

En esos días la sociedad británica se regodeaba con un festín inescrupuloso, el affair Wilde-Lord Alfred Douglas. Por orden de la justicia el escritor irlandés fue confinado a dos años de trabajo forzoso en la prisión de Reading. El caso sirvió de excusa para que los allegados a él estuvieran inmersos en una caza de brujas. Beardsley, irreverente con su pluma como con la palabra, enseguida fue atacado.

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Es notable que en tan sólo 7 años la sensibilidad e imaginería de Aubrey Beardsley hayan despertado por igual admiración, envidia y rechazo. El clima opresivo que se vivía en Londres no fue la sustancial causa, no obstante, que desplazó al artista hacia otras latitudes. Los fuertes dolores que le causaba la tuberculosis y que él trataba de calmar con extractos de cannabis o como le gustaba decir “mi alimento espiritual”, lo convencieron de elegir la apacible Menton, en Francia.

La certeza de que la muerte esperaba impaciente se hizo evidente cuando Beardsely no pudo levantarse más de su lecho. Esta situación no desalentó su trabajo y continúo diseñando carteles para publicidad, escribiendo textos y piezas breves de teatro e ilustrando obras como The Works of Edgar Allan Poe y Rape of the Lock, de Alexander Pope. 

“Todavía le veo sentado allí, la cabeza agachada, la cara seca, tan pálida como la gardenia de su solapa, y los rasgos angulosos salientes (…) la figura flaca, también angulosa y las largas manos, en las que había tanta fuerza”, es la postal que nos ha dejado de aquella época su amigo Max Beerbohn.

Paradójicamente, es en esos años que el artista condenado por libertino se convierte al Catolicismo. Algunos biógrafos aseguran que pensamientos de culpa lo perseguían sobre sus trabajos eróticos; otros que pasaba largas horas leyendo vidas de santos.

Otros sostienen la hipótesis de que Beardsley fue un moralista y que sus dibujos irreverentes describían la verguenza del vicio entre los hombres, la lucha por el poder y dinero. En este sentido, queda la palabra del artista: “a la gente le disgusta ver sus vicios dibujados pero el vicio es terrible y debería estar siempre expuesto”.

La Enciclopedia Católica considera su trabajo como “la travesura de un alma que no podía lidiar con su espíritu rebelde”. Lo último publicado que Beardsely vio en vida fue Lysistrata de Aristófanes. A poco de ser editado, el artista le envió una misiva a su editor en Londres bajo el título “Jesús es nuestro Señor y Juez” donde le imploraba quemar todas las copias de la obra.

Instalado junto a su familia en el Hotel Cosmopolitain, la mañana del 16 de marzo de 1898 Aubrey Beardsley fue encontrado muerto en la cama. Tenía en la mano su pluma de oro favorita.