Apuntes sobre Alice Munro

Por Hugo Fontana

Canadian author Alice Munro holds one of

En una entrevista que le realizara el también canadiense Geoff Hancock, Alice Munro declaró que le gustaba contemplar la vida de la gente “a lo largo de una serie de años sin continuidad. Como si los captara en instantáneas. Y me gusta la forma en que la gente guarda relación o no con quien era anteriormente”. Esa forma de mirar, que es clave central de sus historias, es la que también le ayuda a explicarse por qué no ha escrito novelas: “no veo a la gente en un desarrollo que llega hasta algún lugar. Solo veo a la gente viviendo a fogonazos. Entre un momento y otro”.

Dueña de una extensa producción que da inicio en 1968 con la publicación de su primer libro de cuentos, ganadora de los premios más importantes de su país y recientemente del Man Booker por la totalidad de su obra, también es considerada una narradora de poderosa impronta en las nuevas generaciones de escritores de habla inglesa. Admirada, entre otros, por Joyce Carol Oates, John Updike y Richard Ford, Johnatan Franzen, autor de la novela Las correcciones, ha sabido sintetizar en pocas líneas el espíritu general de sus relatos: “Esta es la historia que Munro cuenta una y otra vez: hay una muchacha brillante, sexualmente voraz, que ha crecido en el Ontario rural sin mucho dinero, con una madre enferma o que ha muerto y un padre maestro de escuela cuya segunda mujer es problemática. La chica, en cuanto puede, escapa de ese entorno gracias a una beca o mediante alguna decidida acción en su propio interés. Se casa joven, se muda a la Columbia Británica, cría a sus hijos y está lejos de ser del todo inocente de la ruptura de su matrimonio. Puede haber tenido éxito como actriz, como escritora o como celebridad televisiva; goza de aventuras románticas. Cuando, inevitablemente, acaba por regresar a Ontario, se encuentra con el paisaje de su juventud inquietantemente alterado. Aunque fue ella la que se marchó del lugar, es un golpe duro para su narcisismo no verse cálidamente recibida de nuevo y comprobar que el mundo de su juventud, con sus anticuadas maneras y costumbres, ahora se dispone a juzgar las opciones modernas por las que se decidió. Al intentar sencillamente sobrevivir como persona independiente y plena, ha incurrido en dolorosas pérdidas y dislocaciones; ha hecho daño.”

Los detalles

La estructura de los cuentos de Munro, si bien decididamente ajustados a un realismo severo pero nada fotográfico, parece despreciar ciertas secuencias de los relatos clásicos. En sus cuentos el tiempo puede caber en un puñado de oraciones, haciendo trágica la comprobación de que una vida entera ha pasado con solo dar vuelta una página. Pero esta circunstancia aterradora, que atañe a todo ser humano, puede resultar también la excusa para la construcción de una alegoría formidable en la que, a golpes de flashback, es el pasado el que ilumina toda posibilidad de futuro, la instancia que las más de las veces cierra la progresión de una historia.

En ese mismo sentido, es acaso improbable definir a sus personajes, generalmente mujeres que narran desde una suerte de diacronía capaz de abarcar un siglo entero, la sucesión de varias generaciones, los cambios familiares y urbanos, la frágil permanencia de las cosas. Sus historias se desarrollan una y otra vez en Castairs, una pequeña población cercana a Ontario que sabe difuminar los límites entre una granja y un centro comercial, entre un arroyo y una carretera, y que cobija algunos apellidos que se reiteran de un relato a otro, como si se tratara de las dinastías ciudadanas inventadas por Faulkner, García Márquez u Onetti.

Mónica Carbajosa, profesora de la Universidad Complutense de Madrid, en un excelente trabajo que puede encontrarse en Internet (“Alice Munro. El dominio del cuento”), ha detectado con máximo acierto la especial atención y detenimiento que la canadiense brinda a los detalles en la elaboración de su escritura, apuntando que se trata “de elementos que ayudan a crear profundidad en las escenas, soportando de esta manera parte de la verticalidad, y, curiosamente, parte también de la horizontalidad, ya que lo iterativo llega a producir la sensación de continuidad y progresión temporal”. Y unas líneas más adelante agrega que “los detalles facilitan la labor asociativa y de reordenamiento que tiene que llevar a cabo el lector. La autora no sigue un recorrido biográfico sino que se concentra en un número reducido de momentos de vida singulares” o, en su defecto, en una minúscula miríada de datos que en un principio pueden parecer triviales a la marcha del cuento pero que en determinado instante adquieren un valor mayúsculo, avasallante a veces, desolador otras.

Dulces, amargos

Capítulo aparte –y también central- merecen las mujeres de Munro. Es obvio que ninguno de estos cuentos hubiera podido ser escrito por un hombre, aunque nunca se nos coloca ante manifiesto alguno. La ya citada Carbajosa sostiene que en estos relatos “no hay actividad ideológica o misionera alguna, no hay actitud combativa, no hay lección, ni deben ser leídos como denuncia, tampoco hay convenientes discursos ni maquilladas declaraciones”, más allá de que las heroínas de Munro pueden considerarse “deseosas del porvenir y temerosas del porvenir. Mujeres en tránsito, entre una etapa y otra, que temen que nada cambie o que cambie. Mujeres que se niegan a creer que su destino ya está decidido, que ya no hay más que la realidad cotidiana, que lo que tienen es todo lo que hay, que en su vida no quede nada que ella o cualquier persona razonable no pueda prever”.

Lo propio inasible del carácter femenino también puede trasladarse a la esencia del amor, tal como le ocurre a la protagonista del cuento “Vándalos”: “…sus amores eran lo principal para ella, y sabía que cuando les restaba importancia no era sincera. Fueron dulces, amargos; ella fue feliz, desgraciada. Sabía lo que suponía esperar en un bar a un hombre y que no apareciese. Esperar cartas, llorar en público y, por otra parte, que insistiera un hombre al que ya no deseaba.”

Y seguramente estas perspectivas tan circunstanciales y a la vez tan perentorias no podrían funcionar de otra manera, tratándose Munro de una mujer que debía esperar a que sus hijas se acostaran a dormir la siesta para escribir una de las mejores obras de nuestro tiempo.