Amor e higiene en la Pensión Tristante

Shower

En los doce años que llevaba viviendo en la Pensión Tristante, a Sotanovsky siempre le ocurría lo mismo cuando decidía tomar una ducha. Pese a que el establecimiento (sito en la intersección de las calles Juan Ramón Biedma y Pedro de Paz, ambas sin asfaltar), era el más barato de la ciudad, los ingresos de Sotanovsky nunca le permitieron aspirar a una habitación con baño privado. Y aunque disponía de un excusado compartido en la quinta planta, para las tareas relacionadas con la higiene debía subir hasta la azotea, que sólo albergaba un  cuarto de ducha en un extremo y la habitación 91 en el otro.

Y cada vez que decidía tomar una ducha, le ocurría lo mismo.

Encendía el calentador, se quemaba el dedo índice de la mano derecha con el mechero, insultaba a la madre que parió al inventor del artefacto, y  luego recordaba que no había traído consigo la llave del cuarto de la ducha. Y siempre le asaltaba la sospecha de que estos olvidos fueran jugadas del subconsciente para forzarlo a entablar conversación con la ocupante de la 91, una rubia de aspecto sensual cuyas curvas provocaban en Sotanovsky un curioso tartamudeo acompañado de un tic en la cintura que lo llevaba a impulsar la pelvis hacia adelante y hacia atrás, en tanto sus manos temblaban como las de un decadente bailarín de charlestón.

Siempre le ocurría lo mismo cuando decidía tomar una ducha. Porque una extraña costumbre adquirida en la niñez lo llevaba a realizar el intento de noche, como lo había hecho desde que contaba con diez años. Y como vestía la misma bata que entonces, Sotanovsky creía que resultaría poco formal presentarse en casa de su vecina ataviado de esa guisa. Pero acababa llamando a su puerta a las 23.45 de la noche, con una bata que parecía una minifalda indecente y las partes pudendas recibiendo las corrientes de aire debajo de la ya gastada tela de toalla. La puerta se abría y detrás de la luz sugestiva brotaba ella, desvestida con un camisón cuyo color no alcanzaba a definir debido a su transparencia total que dejaba al descubierto, al mismo tiempo, los encantos de la tentadora vecina, y las vergüenzas de Sotanovsky, que se erguían bajo la sufrida tela de toalla, hasta formar una suerte de repisa irregular sobre la que él apoyaba el pequeño jarrón de cerámica repleto de violetas que llevaba consigo a la azotea cada vez que decidía tomar una ducha.

Ella sonreía ante la incomodidad de su vecino, salía a recibir alborozada el regalo de las flores y le preguntaba que qué se le ofrecía. En ese momento un golpe de viento cerraba la puerta de la habitación 91 y ambos quedaban aislados del mundo, a las 23.47 de la noche y sin vestimentas adecuadas para sobrellevar una velada a la intemperie.

Entonces Sotanovsky, caballero al fin, le ofrecía su bata para que Belisaria, (que así se llamaba la vecina y a pesar de ello era deseable y sensual), mitigara en parte el frío que provocaba la brisa proveniente del Norte a una velocidad estimada de 22 kilómetros por hora si uno se tomaba el trabajo de correr a su lado con un cronómetro u otro dispositivo similar.

Y Belisaria, que dentro de su voluptuoso cuerpo ocultaba una secreta pasión por la danza, agradecía gentilmente el ofrecimiento, pero exclamaba que la noche era propicia, la ocasión inmejorable y el azar, un pícaro manipulador de vidas humanas.

Sotanovsky se limitaba a responder que sí, por no llevarle la contraria, y tampoco hacía comentario alguno cuando ella  volvía a depositar sobre el sexo de sotanovsky el florero poblado de violetas, se despojaba del camisón y empezaba a girar por la azotea, desnuda como la luna, pero sin cráteres. Belisaria saltaba desde una barandilla hasta la caseta de calentador y desde allí a la cuerda del tendedero, para luego girar en el aire y caer sobre la cuerda siguiente con gracia inigualable y apoyando el peso de su cuerpo turgente en la punta del pie derecho. Alentaba a Sotanovsky a imitarla, pero él, menos dotado para las artes, se limitaba a un discreto zapateado de calqué, digno de mención, sino por la elegancia de los movimientos de sus pies, sí al menos por llevarlo a cabo sin que el florero cayera de la repisa de su sexo enhiesto. Siempre le ocurría lo mismo cuando decidía tomar una ducha, y Sotanovsky se preguntaba cada vez si no habría cierta premeditación por parte de su vecina, ya que la presencia en la azotea de una orquesta de dieciséis profesores (también huéspedas habituales de la Pensión Tristante) le provocaba algunas sospechas, en especial porque algunos de ellos cuchicheaban en voz baja y le señalaban con algo que definiría como burla, de no mediar la certeza de que los profesores de los conjuntos música de cámara son personas de lo más serias. Pero Belisaria aprovechaba siempre esa distracción para tirar del endeble cinturón de su bata de toalla y hacía girar a Sotanovsky cual si de una peonza se tratara. Esta práctica le resultaba un tanto desagradable, pero su fastidio nunca llegaba a igualar al del sufrido maestro de la tuba, contra cuya cabeza calva iba a dar siempre el coqueto jarrón de cerámica repleto de violetas como consecuencia de la acción de las fuerzas centrípetas.

Ya desnudo, Sotanovsky se mostraba cohibido por su situación, e intentaba cubrir sus partes nobles reemplazando el jarrón por un  gran tiesto con geranios, momento en el que el de la tuba dejaba de soplar para expresar su más enérgica protesta. Al girar para justificar su acción ante el abnegado músico, Sotanovsky tropezaba siempre con el pie del contrabajista y caía de espaldas. Belisaria realizaba un séxtuple salto mortal desde el cordel, y caía con gracia no exenta de puntería, sobre el órgano inflamado de Sotanovsky, ante el aplauso generalizado de los maestros y el nutrido grupo de curiosos que siempre le sorprendía descubrir, en ese preciso momento, cada vez que decidía tomar una ducha.

Abochornado por lo equívoco de la posición, y temeroso de que su amada interpretase que intentaba aprovecharse de su inocencia, Sotanovsky trataba de dejar patente la bondad de sus sentimientos recitando un poema de Amado Nervo, al tiempo que empujaba a la muchacha para liberarla de la ultrajante situación ; pero ella, en su candor, sufría unas profundas convulsiones y saltaba sobre él, sin percatarse de que esos imprudentes movimientos evasivos no hacían más que profundizar la incómoda situación.

Y cómo ocurría cada vez que Sotanovsky decidía darse una ducha, su empeño por evitar a Belisaria una deshonra involuntaria se veía frustrado por la distracción en que caía al comprobar la presencia, en el cielo, de tres helicópteros de las cadenas de televisión con sus correspondientes operadores de cámara suspendidos de cables y arneses. Por eso, cada vez, Sotanovsky era presa del pánico y arrojaba a la muchacha de espaldas, para saltar luego por el muro de la azotea, buscando el merecido fin que acabara con su infortunada situación; y quedaba colgado de la cornisa, desnudo y  azorado, ante los múltiples insultos de los profesores, las quejas de la muchacha y la repulsa de los curiosos, que -siempre lo recordaba en ese instante- debían dejar las cómodas gradas en las que estaban sentados, para asomarse al borde de la azotea, con gran riesgo para sus integridades, al tiempo que le reclamaban la devolución del importe de sus entradas.

En los doce años que llevaba viviendo en la Pensión Tristante, a Sotanovsky siempre le ocurría lo mismo cada vez que decidía darse una ducha, y esperaba a que se retirasen los indignados vecinos, los equipos de televisión y los dieciséis profesores del conjunto de cámara, profiriendo insultos poco recomendables para personas de su rango y sensibilidad artística; y esquivaba no sin gracia los proyectiles que éstos le lanzaban, operación que alcanzaba las vecindades del virtuosismo cuando el agresor era el contrabajista que arrojaba su instrumento con verdadera saña -en esos momentos Sotanovsky agradecía secretamente que el conjunto no incluyera un piano- ; para luego descolgarse penosamente por las cañerías de desagüe, acceder a la cornisa de la quinta planta y verificar que, una vez más, había dejado la ventana de su habitación cerrada por dentro, por lo que no le quedaba otro camino que molestar -como cada vez que decidía darse una ducha- a su vecina de la 54, una mujer oronda y francamente horrible, pero que consentía en ayudarlo con solícita muestra de urbanidad; gesto que en cada ocasión enternecía a Sotanovsky, hasta el punto de obsequiarla con el tiesto de geranios que reposaba sobre la repisa de su sexo -y que le hacía reflexionar sobre las dificultades que había tenido para bajar por los desagües-, para desde ese domicilio reclamar la ayuda del portero que acudía con una llave maestra y murmurando algo sobre la gilipollez de algunos gilipollas, enfado que Sotanovsky no recriminaba al venerable anciano, al comprender el fastidio que le provocaba cuando debía subir, a las 00.18 horas de la noche, cada vez que él decidía darse una ducha.

Y ya en su habitación, sudoroso y abrumado, Sotanovsky meditaba sobre los riesgos de la higiene aplicados a la vida moderna y sobre la posibilidas de abandonar para siempre la Pensión Tristante. No le preocupaba tanto la repetición de la infortunada peripecia, como el hecho de que nunca conseguía consumar la ducha, al tiempo que debía luego gastar parte de sus menguados ahorros en sobornar al portero para que recuperase su bata de la azotea, y soportar las miradas de justa ira que Belisaria le dirigía cuando al día siguiente se cruzaban en el comedor, o las risitas malintencionadas de los demás huéspedes, que suponían sentimientos impuros donde sólo había amor platónico y romanticismo.

Debía acabar con esa situación, se dijo una noche oliéndose las axilas con desagrado. Y después de mucho pensar, halló la solución. Al día siguiente se casó con la gorda de la 54 y se mudó a su habitación. Ella seguía siendo horrible, pero al menos tenía baño privado y unos sólidos ingresos que le producía una cadena de floristerías en las que sólo vendía tiestos de geranios.

En cuanto a Belisaria, estuvo a punto de perder la fe en su integridad moral al sorprenderla en posición verdaderamente comprometida una tarde  en que subió a la azotea a tender la colada. Hallarla desnuda y enredada en complicadas contorsiones con los dieciséis profesores también desprovistos de ropas, despertó en él sospechas inquietantes, que se volvieron angustiosas cuando su amada le preguntó qué miraba y le exigió que «por una puñetera vez» hiciera lo que tenía que hacer.

Sotanovsky, con gran pesar, se dirigió a la caseta del calentador, encendió el artefacto, y comenzó a ducharse sin quitarse la ropa.

Entonces estalló el calentador, el edificio y toda la manzana.

Cuando el fragor de la explosión se escurrió en ecos apagados y la tierra se asentó, los curiosos que se acercaron pudieron ver, en lo alto de la montaña de escombros, junto a los restos del letrero de la Pensión Tristante, un tiesto de geranios.

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