Alicia no respondía. Solo quería dormir. Pasó las horas acostada en el suelo, cubierta solo con las telas que Marco le dejó antes de encerrarla, poniéndole el candado.

Dentro de su pequeño cubo de cemento, tenía una lámpara, una mesa de noche, un par de revistas y una fotografía que colgaba del concreto: ‘un campo oscuro, sin humanos, que se perdía entre la vía láctea.’ Marco nunca abandonó la tarea de llevarle comida dos veces al día; pero como Alicia ya no la tocaba, la dejó pasar hambre.

Aprendí a disfrutar de su cuerpo durante la noche. Me ponía de puntillas para verla a través de la ventanilla. Con el pasar de los meses la deseaba más, pero no me atrevía a abrir el candado. Debajo de la puerta de hierro, existía una separación en donde podía pegar mi boca al suelo y hablarle. No importaba cuanto yo le gritaba ahora, ella no respondía.

Hoy amaneció respirando con dificultad. Marco la dejaría pudrirse hasta morir. Empujé un puñado de mis antibióticos por el piso, pero ahí se quedaron. Estiró sus piernas y noté nuevos lunares formados entre sus muslos. Alicia solía tener la piel de porcelana.

*

La conocí cuando Marco me trajo inconsciente. Ninguno confesó cómo él la encontró a ella. Sospecho que sucedió justo antes de que impactaran los proyectiles. Cuando yo bajé, el sótano estaba equipado con dos recámaras de concreto, una pequeña sala que los dividía, una celda, y una cocina retirada. También existían unas bóvedas que, al principio, Marco nos prohibía visitar; pero con el pasar de los años, eventualmente nos permitió descubrir lo que guardaba allí adentro; detrás de las latas de comida, los filtros nuevos para el aire, los químicos para limpiar el agua; un sistema de espejos transportaban la luz del sol. Así podríamos sobrevivir una década entera si fuese necesario, protegidos del mundo que se descomponía sobre nuestros hombros, y del horizonte rebosado de cadáveres, calcinados por la radiación. Eso fue lo que Marco nos obligaba a repetir cada mañana al despertar. “Este contenedor debajo de la tierra es nuestro hogar, y nosotros los hijos de la extinción.”

Cuando Alicia y Marco comenzaron a formar una relación; al principio, la identidad de padre y amante al mismo tiempo me pareció asquerosa. Pero con el pasar del tiempo, entendí el tipo de amor que ambos se tenían. Una vez, mientras lavaba los platos, Marco descubrió una nota que Alicia me escondía debajo de la comida. La llevó a una de las bóvedas y la golpeó durante días. Cuando todo sucumbió a la calma, desamarró las cuerdas y lamió sus heridas. Ella no le quitaba las manos de encima. Lo besaba en el pecho, lamiéndole la boca y arrullaba su pequeño cuerpo entre sus brazos, desesperada. Meses después,cuando volvimos a ser familia, Marco me despertó metiéndome el cañón de su revolver en la boca… “Si vuelven a hacer algo como eso a mis espaldas, hijo mío, lo último que sentirás será el flash de esta bala recorriéndote el cráneo.” Se mantuvo inmóvil, beso mi frente acariciando mi rostro, y se retiró.

Meses atrás, Marco me imploró perdón por una golpiza innecesaria. Intentaba reconciliarse para celebrar otro cumpleaños. Sentados a la mesa, un tropiezo por arriba del techo nos llamó la atención. A menudo escuchábamos cosas, pero eso fue diferente. Del silencio, otro chasquido encendió lo que nos semejaba a turbinas envueltas en un clamor visceral, despavorido; como niños aterrados cayendo por un corredor vertical, devorados por una gigantesca motosierra homicida. Luego, el estruendo se tornó melódico, como un aparato dulce que gime; tierno, satisfecho. Los cimientos temblaronpor varios segundos hasta desistir. “Allá afuera,” susurraba Marco, “nos masticarían uno seguido del otro. Buscan fertilizar la tierra con la sangre goteando de sus bocas.” Nunca volvimos a escuchar ese lamento.

*  *

Desperté cuando la agonía de Marco se hizo evidente. Me sentí desorientado. Recobré el conocimiento por el dolor pulsante en mi espalda. Una de las barandas de la escalerase enterró detrás de mis costillas.

La explosión me lanzó a ella. Marco escondía detonadores en diferentes sitios. Su fin era protegernos de aquello que persistía con vida arriba, pero nunca reveló donde los había colocado.

Desperté de nuevo. Esta vez escuché a Marco chapoteando, y en el delirio, imaginé que deshacía sus pies, sus rodillas, sus palmas, y parte de su rostro en el ácido sulfúrico derramado detrás de la cocina. Marco tenía galones del líquido, y lo utilizaba para descomponer la basura y las eses; una tarea que disfrutaba desde antes del Apocalipsis. El barril no colapsó, solo vertió parte de su contenido. Más allá de desintegrarse, Marco se desgarraba suplicando.

Alicia brincó, volteando otro de los barriles corrosivos sobre la carne del deforme. Se detuvo un instante para verlo disolverse. Calmada, caminó haciendo equilibrio a la izquierda. Allí me encontró muriendo, en ese lugar que la llevaría a la salida.

Trepó encima mío y subió por la escalinata de metal. Vació sus pulmones dispuesta a aspirar las cenizas y la arena. Giró la rueda de base cuarenta grados y colgó su peso en la palanca. Abrió con torpeza la última escotilla que nos protegía de la radiación y tragó una bocanada de brisa helada, pura.

El viento descendió por el túnel. El aroma de los pinos me embriagó el paladar. No inhalaba un aire así en muchos años. Cuando la vi gatear a la superficie, el cielo estrellado la arropó.

Se volteó para verme una última vez. Su intención era dejarlo todo. Dejarme a mi. “¿Puedes subir?, preguntó. Asentí, sonriendo, mostrándole el candado. Su candado. Estaba sorprendida, desfigurada; pero mi confesión no la inspiró a bajar por mi. “La noche está hermosa,” exclamó llorando; dando, primero un paso, luego otro, hasta abandonar el borde de la escotilla. Apoyé mi cabeza del escalón. Ya no hedía a aquél ácido que llevaba consigo los restos de Marco.

Un fulgor incandescente recorrió el conducto trayendo consigo un alarido horrendo, familiar. Venía del cielo. Me arrastré trepando, enredando mis brazos para salir de la madriguera humana. Alicia se escondía detrás de los troncos. Corrió gritando con fuerza, pero el resplandor la alcanzaba. Su pequeña silueta titilaba entre los brillantes colores que emanaban de un prisma colosal. Esta inmensa cosa navegaba por encima de ella, por encima del bosque entero. Se detuvo cuando el centro se alineó sobre su cabeza. La madera, las palas, las señales, los postes; el tractor, los autos abandonados… mi piel, todo se sintió liviano.

Somnoliento, y aturdido por una corriente de cantos empíreos, los chasquidos percusivos de metal se escuchaban cada vez más cerca; como lo hacen las campanas tubulares cuando chocan con el viento, colgando bajo las ramas de los árboles.

La música de la máquina se derramaba desde el cielo. La voces parecían conversar con Alicia; al mismo tiempo en que ella, con sus brazos extendidos, y su cuello hacia atrás, como esperando un sacrificio, se desvanecía en aquel monstruoso arcoíris que flotaba bajo la penumbra… sin pronunciar un solo grito.

Fin.

*Inspirado en la película de ciencia ficción – 10 Cloverfield Lane.

© 2018, Pablo Erminy. All rights reserved.

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Nacido en Caracas, Venezuela.. y residenciado en los Estados Unidos; Pablo comenzó a desarrollar la pasión por relatar historias desde una edad muy temprana. Escritor, productor y cineasta, egresado de la 'Miami International University of Arts and Design' (BFA. Clase del 2000), con estudios en filosofia, letras y teatro; ha viajado constántemente al rededor del mundo, estudiando, explorando y trabajando en diversas áreas de construcción literaria y audio/visual, en busca de nuevos estilos de 'storytelling', manteniendo el género mutable, incentivando una rebelión constante contra las fórmulas y formas convencionales. Productor, escritor y director de cine, televisión y teatro; profesor de dirección, cinematografia y guión; y director de desarrollo de la compañia Ars Nova Revolution, Pablo dedica su carrera y talento al desarrollo de nuevos estilos de comunicación literaria y audiovisual, utilizando manifestos fuera del cuadro establecido.
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