Actuar es un acto de fe

“Entre la pobreza o las drogas, yo siempre busqué la belleza”, son las palabras de una mujer que ha estado al borde del abismo, pero que al final ha decidido volar. Alguna vez, simbolizó el filo de la estética en los rincones más agrestes. Fue el piropo en el extrarradio, los adioses cotidianos de la frontera, las zapatillas de ballet en el fango oscuro, y una ilusión en un lugar minado que la obligaba a ser como las demás; justo ahí surgió la vocación de ser actriz… y la pantalla se encendió para ella.

Aurora Gil nació en Tijuana, Baja California. Actriz conocida por su trabajo en Las Aparicio (2015) con el papel de Mara, y por su coprotagónico en Señora Acero (2014—) como Josefina Aguilar. Aurora Gil es una melómana irrebatible, una lectora formal, una actriz portentosa y un poderoso símbolo sexual que puede doblegar incluso al acero más duro del mundo.

¿Qué es en el fondo actuar, sino mentir? ¿y qué es actuar bien, sino mentir convenciendo?, decía Laurence Olivier, director de El príncipe y la corista (1957). ¿Cuál es tu propio concepto de la actuación?

A lo largo de los años mi concepto de actuación ha ido cambiando, o se ha ido enriqueciendo. Y cuánto más añado a la ecuación, mas sencilla se vuelve. Conforme vas adquiriendo experiencia de vida te das cuenta de eso que dicen los grandes maestros: actuar es un acto de fe. Es esa mentira de la que habla Olivier, pero con la mayor honestidad posible. Honestidad porque es un autoengaño que tienes que creer para que la actuación suceda. Finalmente eres tú solo en el ruedo, no importa cuántas clases de actuación, cuántas técnicas te sabes, al final eres tú en un ruedo en condiciones que no puedes controlar, y solo te queda tener fe en lo aprendido y soltar. Dejar que suceda.

¿Actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, o arrepentirse de no haber hecho nada?

Siempre es una decisión en contra de otra. Así es esto. Arrepentirse sería salirse de la ficción y ahí se acabó el cuento. Cuando tomas una decisión como actor te entregas fielmente a ella aunque en el camino te des cuenta de que no era por ahí, lo asumes y sigues adelante o modificas si te es posible. Afortunadamente en el teatro lo puedes hacer, es un constante ejercicio de prueba y error. Cuando no haces nada o no haces suficiente, claro que puedes arrepentirte, a mí me ha pasado después de ver alguna escena, pero la lección aprendida queda y lo integras después.

¿Qué recuerdas de El corazón de Fanny (2004), el primer cortometraje en el que actuaste, dirigido por el también actor Omar Ynigo, y en el que una prostituta se enamora de su cliente?

Fue mi primer trabajo como actriz y no recuerdo más que estar ahí y hacer lo que el director me pedía. Yo no era actriz todavía, estaba estudiando y no sabía nada de actuación y para Omar era un experimento un poco extraño. La hicimos en el año 2000, cuando por fin había logrado entrar a la escuela de actuación y todo era nuevo para mí.

¿Cómo fue crecer en Tijuana, Baja California, qué recuerdas de tu infancia?

Recuerdo mi infancia alejada de todo, crecí en lo que en ese entonces se consideraba las afueras de la ciudad, una zona casi rural en donde no teníamos acceso a la modernidad, digamos. Vengo de una familia trabajadora, mi papá cruzaba todos los días la frontera para ir a trabajar y eso nos hacía un poco diferentes a los demás.

Y desde niña soñé con ser bailarina o actriz o cantante y nada de eso era accesible en ese entonces, por eso siempre se quedó en mi mente impregnado en todo lo que hacía. Mi sensibilidad era distinta a la de otras niñas. Jugábamos con tierra, corríamos con los chicos del barrio, convivíamos con todo tipo de personas entre la pobreza o las drogas, pero yo siempre busqué la belleza en todo eso, esa fue mi manera de subsistir en un medio que no alimentaba lo que yo era, sino que me obligaba a ser como el resto.

TJ es una ciudad que anochece con música, donde existe una particular mezcla cultural tanto de México como de EEUU, dando origen a un sincretismo sonoro. ¿Qué escuchabas en los años 80?

En los años 80 yo era una niña romántica. Escuchaba lo poco que llegaba de Estados Unidos, a México en ese sentido no lo volteábamos a ver. Nunca escuchamos a Timbiriche por ejemplo. Escuchábamos a U2, a The Cure, a Depeche Mode. Un poco después nos llegó Soda Stereo y me enamoré. Claro que de niña tuve mi crush con alguna boy band, cómo los New Kids on the Block. También me enamoré de George Michael, David Bowie y Billy Idol. Después me fui identificando con el rock y de ahí no me solté.

El Punk es un proceso de cuestionar y de comprometerse a la comprensión, que resulta en el progreso individual, y por extrapolación, nos guía hacia un progreso social. ¿Cuál es tu relación con este movimiento?

Nunca fui tan seguidora del Punk como ahora que lo puedo comprender y vivir con más detenimiento. A Television no lo hubiera podido entender de joven, me habría aburrido. Hoy los encuentro maravillosos. También The Clash. Siento envidia de no haber sabido que existían cuando yo era niña, me habría sentido identificada. The Clash me parece una de las mejores bandas de Inglaterra. A Joy División los agarré en la adolescencia, porque yo pasaba por una etapa oscura, me sentía totalmente inadaptada, no entendía la vida ni mi lugar en ella. Fue una etapa sombría de encerrarme a escuchar a Bauhaus, Tuxedomoon, Joy Division o Diamanda Galas (claro, siempre combinados con Soda Stereo, que me acompañaron en todas las etapas de mi vida hasta hoy).

Hoy en día me parece que la juventud no tiene esa pasión para identificarse con la música, que como bien dices, servía como emblema de algún movimiento. Ojala cambie, el reguetón los está volviendo idiotas. Por eso me emociono cuando escucho a Calle 13, ellos por lo menos ponen su granito de arena para apasionar a las multitudes por causas nobles.

¿Cómo fue trabajar en Las Aparicio (2010) en el papel de Mara; una serie de temática inusual, de humor negro y alta carga sexual?

Era completamente nuevo y polémico para esa época. Fue muy refrescante para mí porque por fin tenía un personaje de telenovela en mis manos que podía trabajar como si estuviera en el teatro. Muy inteligente, muy bien pensado, fue un proyecto que abrazamos para provocar algo en el televidente. Y nos demostró que el público mexicano es exigente, es inteligente y tiene buen gusto. Mi personaje era una mujer como muchas que ves en tu vida cotidiana, pero que nadie se había interesado en plasmar en una historia: una mujer guapa, inteligente, independiente, fuerte, pero sola, que busca el amor pero tiene que pagar un precio muy alto por ser autosuficiente y con carácter. Así conozco a muchas mujeres. Admirables.

Pedro Almodóvar dice que existen dos cosas en el cine que tienen un valor distinto dependiendo de si las hace un hombre o una mujer: los desnudos frontales y el hecho de llorar. ¿Qué representan para ti los desnudos —tus desnudos— en la pantalla?

Para mí, mi cuerpo está a disposición de mi trabajo. Es así. Un desnudo tiene que comunicar algo interesante, si no, es exhibicionismo, algo vulgar. No tengo ningún problema en hacerlos, ni cobraría más o menos por ellos puesto que son para embellecer la historia o para apretar algo absolutamente necesario. Si pones a tu cuerpo en función del salario entonces estás pensando como comerciante y no como artista.

Mi frase favorita sobre el erotismo es “darle al cuerpo los prestigios de la mente”, de Georges Perros. ¿Cuál es tu propia definición?

El erotismo es esa combinación que se da entre la mente, los sentidos y el cuerpo físico en una relación sexual. Y para que esto se de es necesario primero esa química inexplicable que sucede entre dos personas. En lo personal yo repelo las obviedades, me intriga más lo que está oculto, por eso para mí, el erotismo tiene que ver más con lo que no se dice, con lo que se imagina.

¿Te consideras una fetichista?

No realmente. Si acaso el fetiche lo llevo yo conmigo misma para sentirme atraída por el sexo opuesto. En la medida en que sé que tal o cual prenda es un estímulo para mi pareja, lo es en alguna medida para mí también.

¿Voyeur?

Voyeur no tanto como que me vean (risas).

¿Qué estás leyendo ahora?

El almuerzo desnudo de Burroughs, Fractura de Andrés Neuman y Silencio de Thich Nhat Hanh.

Háblame del cortometraje Suda (2012) de Carmen Martínez, recién culminado ahora.

Es una de esas fantasías ocultas de la directora (risas). Lo hice mientras hacía Las Aparicio. Para mí fue una locura de principio a fin, un despertar al miedo y a la avaricia en las relaciones humanas. Explorar la incapacidad de comunicarse, de amar libremente, pero sí de poseer por el sólo hecho de poder hacerlo, sin la capacidad de darle uso a esa posesión. Una historia de obsesión, creo yo. Muy, muy extraña.

¿Qué es lo más complicado de interpretar a Josefina Aguilar en Señora Acero (2014—) y en qué se asemeja este personaje a Aurora Gil.

Con Josefina tengo un arco muy grande de posibilidades. Es un personaje que llevo haciendo desde el 2014 y ha cambiado mucho a lo largo de los años. Al principio me costaba mucho su debilidad. Fue un reto para mí no juzgarla y dejar que mi lado sumiso alimentara al personaje. Después fue tomando forma, fue teniendo más poder y lo fui moldeando para que no pareciera que era otra persona sino la propia mujer dependiente y temerosa la que tomaba sus riesgos. En esta última temporada tendrá que enfrentar al cáncer y eso creo que ha sido lo más difícil de interpretar. Hacerlo con responsabilidad, respeto, con sentido de verdad porque sé que muchas mujeres (y hombres) se sentirán identificados, entonces no se puede tomar nada a la ligera. Cada palabra dicha, cada etapa por la que pasa el personaje tiene que ser fiel a lo que viven tantas personas que me estarán viendo y dirán: “así me sentí yo”, “por ahí transité yo”.

¿En qué nos parecemos Josefina y yo?: Las dos somos enamoradizas y apasionadas.