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Aarón, rabino y guía

Aarón me cuenta que al trasladarse a Jerusalén con su familia debió empezar de nuevo. Estudió para ser guía turístico. Cuando llegó el examen final tuvo que prepararse en todos los temas: historia, geografía, fauna, flora, política, economía, religiones. Como es rabino y entró a rendir con la kipá puesta en su cabeza, suponía que podían preguntarle por un tema vinculado con una religión que no fuera la judía. Y así fue: le pidieron que expusiera sobre las santidades y las fiestas religiosas de las distintas variantes del cristianismo: copto, ortodoxo, católico, protestante.

   Mientras narra las peripecias de su último examen nos lleva por las calles del barrio árabe. Los locales están cerrados por el Ramadán. Decenas de estrechas puertas de madera están clausuradas. Caminamos por la calle de la carne: las moscas y la roja podredumbre invade mis narices. Llegamos a la esquina en la que está el cartel de la Vía dolorosa. Subimos unas escaleras y accedemos a una de las etapas del Vía Crucis. En Jerusalén las cosas y los símbolos de las tres religiones monoteístas se cruzan como las aguas de unos ríos ubicuos.

   El recorrido sigue y entramos a un piso rústico y angosto. A los costados hay pequeñas casas hechas de cemento gastado y sin pintura. Los restos de construcciones diversas enmarcan las paredes como si fueran palimpsestos de vidas pasadas. Las puertas bajas y sucias tienen cruces metálicas. Unos hombres de piel oscura y vestidos de negro van de una casa a la otra, como si solo visitaran a sus amigos del barrio por cuestiones domésticas. En las zonas turísticas de la ciudad vieja vemos las versiones oficiales de los ritos y las creencias. En este rincón de la misma ciudad, en este piso con casas destruidas, los coptos se tocan la puerta y conversan como si fuera un conventillo de bajo fondo. La pulcritud de la teología oficial convive con la existencia indigente de unos religiosos escondidos en pocilgas. Uno de esos hombres es el dueño de un local de venta de recuerdos de viaje. El negocio está taponado de cajas vacías y de cachivaches. Imanes, cruces y pequeños objetos brillantes invaden la sala desordenada y anómala. Al salir del negocio metido en el corazón del barrio cristiano Aarón nos indica cómo entrar a la iglesia más pobre y oscura de Jerusalén, el templo de los cristianos coptos. Unas lumbres mínimas crean una penumbra difusa y elemental. Algunos fieles rezan en una lengua que no puedo descifrar. Aarón me ha dicho, antes de que entrara a la iglesia, que quizás los coptos fueran los más coherentes seguidores de Cristo. Desde el punto de vista de la exaltación de la pobreza se podría decir que esta iglesia sigue los preceptos de la oposición al lujo y la ostentación.

   Al regresar por una de las calles del barrio árabe, Aarón recupera la historia del examen final. Dice que en su exposición habló de las decenas de iglesias que se encuentran en Jerusalén. Rabino ecuménico, aprobó con creces y ganó su título.

   Caminamos por el barrio judío ortodoxo de Jerusalén. El auto de un taxista atraviesa la calle. El bus se frena y toca bocina varias veces hasta que se cansa. Empieza a gritar. El taxista también grita y se pelean con la boca abierta y llena de improperios. El chófer del bus saca la cabeza por la ventanilla y mueve los brazos. El taxista se queja desde su asiento mientras acomoda el vehículo hasta salir del embrollo. En una de las arterias, una casa de comercio ofrece kipás de los colores más insólitos. Aarón explica que el color indica el tipo de línea rabínica que sigue cada judío. Incluso, dentro de los matices del negro hay diferencias. Si la kipá es negra de tela es diferente a si es de cuero. Algunos ortodoxos sostienen que las de tela dejan escapar la judeidad por los agujeros del lienzo. Pasamos por una calle desierta, la que tiene casas pegadas como en un caserío. Las sogas para la ropa pasan de una vivienda a la otra. Las camisas blancas y los pantalones negros llenan los balcones. Aarón explica que los judíos no pueden hacer exhibición de las relaciones sexuales pero que no tienen prohibido el sexo. Su explicación viene a propósito del mito que surgió a partir de una prenda que tiene agujeros, una que a veces está colgada en una de las cuerdas de la calle desierta en el barrio ortodoxo. Algunos mal intencionados sugirieron que usaban esos agujeros para que los hombres tuvieran sexo sin siquiera rozar a la esposa.

   Un hombre vestido de manera antigua tiene en la mano un celular Nokia prehistórico. Está en medio de la calle y corre el riesgo de ser atropellado. Los ortodoxos no pueden ingresar a internet porque consideran que es una de las formas del demonio. ¿Qué estará viendo en su teléfono ínfimo y creado para alejar al diablo?

   Unas calles más abajo, Aarón me da la mano y se va. Un aroma a pena me invade. Ya no podré escuchar las historias narradas por el guía rabino que aprobó su examen hablando de la iglesia pobre y oscura de los coptos ubicada en el corazón caliente del barrio cristiano. Ya no saldrán de su boca los nombres de la urdimbre de creencias que configura la vieja ciudad de Jerusalén.

 

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