A medio siglo del asesinato de JFK

Por José Luis Muñoz

 

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Sin mirar el calendario me pongo a escribir este artículo a medio siglo exacto del asesinato de John Fitgerald Kennedy, y hasta quizá a la misma hora en que la vida del presidente escapaba de su cuerpo malherido. Un 22 de noviembre de hace cincuenta años, mientras circulaba en coche descubierto por una calle de Dallas, varios tiradores, desde diversos emplazamientos — uno de ellos, presumiblemente Lee Harvey Oswald, desde un almacén de libros, y otros, en número indeterminado, desde un montículo por si el primer tirador fallaba el blanco — tendieron una emboscada letal al joven y flamante presidente de Estados Unidos y le destrozaron el cráneo ante la mirada horrorizada de su esposa Jackie que terminó el día con el vestido empapado por la sangre de su marido. Un asesinato televisado como lo fue, dos días después, el de Lee Harvey Oswald, en dependencias policiales, a manos del mafioso Jack Ruby, aquejado de patriotismo, que lo silenció para siempre, por si acaso, descargando el cargador de su revólver en el vientre del detenido.

El tercer magnicidio de la historia de los Estados Unidos, el primero fue el de Abraham Lincoln y después le tocó a William McKinley, produjo una conmoción mundial por la popularidad de la víctima y tuvo todos los ingredientes que debe tener una novela negra y a día de hoy sigue siendo oscuro porque hay un buen montón de papeles clasificados como secretos por la CIA y el FBI, a quienes no pocos sitúan tras el crimen, que no han sido desclasificados. La teoría oficial del asesino solitario esgrimido por la comisión Warrem, y además marxista—buen cuidado tuvieron los que organizaron el atentado en escoger a Oswald, con desequilibrios emocionales, viajes a la URSS y simpatizante de Castro para desviar la atención — nunca se sostuvo frente a la más creíble de la conspiración y la pregunta que siempre me hice es porqué Robert Kennedy, el hermano, el Fiscal General, y su viuda Jackie optaron por el cómplice silencio. Ambos se llevaron su secreto a la tumba; Robert, siguiendo la maldición de la familia Kennedy, a manos de un pistolero palestino poco tiempo después.

A mí el magnicidio me cogió en el colegio. Era Kennedy, a la sazón, muy popular en España por el hecho de ser católico. Un presidente católico presidiendo la primera potencia del mundo era algo de lo que el régimen nacionalcatólico de Franco presumía como propio. Además JFK era joven, atractivo, simpático y tenía carisma, algo de lo que han carecido los siguientes presidentes de la nación hasta llegar a Barack Obama. Kennedy era un seductor nato, un aristócrata de la política, y se había casado, además, con una mujer de origen francés, Jacqueline Bouvier, que era todo glamour y elegancia. Como el Rey Arturo, Kennedy había creado su Camelot en Washington con una reina Ginebra, a la que le era constantemente infiel pero con la que componía una imagen de felicidad perfecta al lado de sus dos hijos pequeños, e insuflaba un cierto europeísmo a la política norteamericana acostumbrada a presidentes más populares y menos refinados. Kennedy, como Gorbachov, gustaba mucho más fuera de su país que dentro en donde su política decidida para acabar con la discriminación racial chocaba de frente con el conservadurismo a ultranza de los estados sureños para los que el presidente era un pijo despreciable. Pero Kennedy, objetivamente, tuvo durante su mandato muchas sombras que cubrieron su martirio ante las cámaras, muerte que hizo de él un mito. Su indecisión a la hora de apoyar la invasión de Bahía Cochinos, el intento más serio de derribar el régimen de Castro, convirtió esa descabellada operación en un revés que le concitó el odio de los anticastristas que se sintieron traicionados en su aventura. En Extremo Oriente, con su apoyo al presidente Ngo Dinh Diem, también católico, de Vietnam del Sur, y la tibia ayuda militar de sus inicios debió irritar al lobby militar estadounidense ansioso de entrar de lleno en esa guerra y probar con fuego real todo su arsenal, y a los estrategas del Pentágono que deseaban, en plena guerra fría, situarse en un territorio de influencia en disputa con la URSS y, en menor medida, China comunista. Con Johnson, su sucesor, Estados Unidos se embarcaría en su guerra más dramática y más impopular, pero fue Kennedy el que dio el primer paso, aunque tímido, precisamente porque era un presidente indeciso y no terminaba plegándose a los lobbies, los poderes fácticos que siempre han gobernado la nación. Y llegamos al tercer frente, la Mafia, a la que los Kennedy debían muchos favores —, malas lenguas hablan de la propia elección por la mínima de JFK frente a Nixon, y con la que el patriarca Joseph  siempre mantuvo una buena relación—, que Robert, el impulsivo hermano del presidente, como Fiscal General, pretendía arrinconar.

El tiempo ha ido poniendo a todos los personajes de esa gran tragedia griega que han sido los Kennedy —John, el hijo varón del presidente, otro atractivo adalid de la aristocrática saga, perdía la vida en un estúpido accidente aéreo —en su justo lugar, los ha bajado del pedestal del Olimpo a la tierra y los ha humanizado con más defectos que virtudes. Hoy en día, un personaje de vida disoluta como John Kennedy no habría llegado nunca a la jefatura del estado de la nación norteamericana. La adicción compulsiva al sexo del asesinado presidente, que ya se sabía pero sobre la que se corría un tupido velo, le habría llevado a un purgatorio como el que pasó Clinton a cuenta de la becaria Lewinsky. Las sombras sobre la honorabilidad del personaje se acentúan en relación al suicidio, o asesinato — me inclino por esto último por deformación profesional y siguiendo el refrán muy español de piensa mal y acertarás — de la actriz Marilyn Monroe, pública amante que el presidente compartía con su hermano Bob y algún destacado mafioso. Recientes revelaciones, que salen a la luz cuando todos sus protagonistas ya han muerto, dan por cierto que los hermanos Kennedy condenaron sin juicio a la pena capital a la rubia más deseada del planeta cuando ésta se convirtió en elemento molesto y peligroso, muy poco tiempo después de que entonara la orgásmica canción de cumpleaños al presidente con la que sellaba su suerte. Por todas esas penumbras, el mito Kennedy se desmoronaba y el presidente pasaba a ser, como buena parte de los políticos, un tipo sin escrúpulos morales y vida disoluta que tampoco brilló tanto como estadista y al que habría que agradecer, eso sí, que el mundo no saltara hecho pedazos con la crisis de los misiles de Cuba, un pulso en el que consiguió torcer la muñeca de Nikita Kruschev.

La novela negra sobre JFK sigue en el aire — James Ellroy se ha acercado con algunas de sus demoledoras novelas de la trilogía americana formada por América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda; Norman Mailer abordó el suceso en Oswald, un misterio americano, y Don DeLillo en Libra—, y, como casi siempre, es desde la ficción, y no desde la historia oficial, desde donde más próximos podemos estar a llegar a saber lo que sucedió ese 22 de noviembre de 1963. Las tesis del fiscal Jim Garrison, las que a día de hoy tienen más lógica y son las más plausibles, las puso en imágenes Oliver Stone en JFK, sin duda una de las películas por las que será recordado el director de Platoon y apuntan, como todo el mundo sabe, a una confluencia de intereses entre el lobby militar, frustrado porque el presidente era reacio a entrar de lleno en la guerra de Vietnam, los anticastristas que lo odiaban a muerte por haberlos abandonado a su suerte en Bahía Cochinos y la Mafia que se sentía agraviada y lo detestaba por no pararle los pies a su hermano Bob. Presumiblemente la CIA debió montar la operación y de ese modo se libraron de un presidente indeciso que no terminaba de plegarse a los poderes fácticos y cuyo estilo europeo le alejaba mucho del prototipo que necesitaba la nación, del Johnson granjero, por ejemplo, que le sucedió y metió al país en la guerra de Vietnam, o del Nixon que se enfangó en ella y la perdió.

El asesinato de JFK fue un crimen de estado que, como todos los asesinatos bien planificados por las esferas del poder, nunca se esclarecerá del todo porque quienes debían investigarlo fueron los que lo cometieron. Quizá cuando se cumplan cien años del magnicidio los documentos secretos que rodean el caso sean desclasificados, aunque me temo que eso no sucederá, y generaciones futuras seguirán haciendo cábalas sobre ese 22 de noviembre de 1963, el día que mataron a un presidente y el mundo entero se conmocionó con ese asesinato que la televisión dio en directo.

*José Luis Muñoz es escritor. Sus últimas novelas publicadas son La invasión de los fotofóbicos (Atanor Ediciones, 2013), La doble vida (Suburbano, 2013), El secreto del náufrago (Ediciones del Serbal, 2013) y Ciudad en llamas (Neverland, 2013)